IRUYA, MIRADOR LOS CÓNDORES

25/07/22

Emprendemos con Nyx, el camino hacia arriba, como nos gusta. Cruzamos el puente, pasamos las casitas de adobe y subimos por el sendero hasta lo alto. Inevitablemente la pendiente nos obliga a frenar cada dos pasos y nos sentimos como ancianos con asma. Los cóndores se dejan ver entre las cuatro y las seis de la tarde, nos habían avisado. Y allí estamos, cámara en mano y ojos al cielo, en busca de los patriarcas de lo alto. El mirador está cargado, y se oyen los gritos y risas de la gente desde lo lejos. Por lo que al ver, del lado de enfrente, otro mirador solitario, al cual lleva un sendero cercano, no lo dudamos y nos vamos hacia allí, dejando el tumulto y el bullicio atrás, mientras avanzamos rodeando la montaña.

Andamos y comemos mandarina, y todo es risas hasta que llegamos a una parte donde el camino se estrecha, a la derecha el abismo, a la izquierda también, solo espacio para un cuerpo delgado y un pie adelante del otro, y dejamos de reir. Avanzamos, con un vértigo que nos alienta al suicidio, y Nyx prudentemente se detiene casi antes de llegar, alegando cordura. Yo no. Yo sigo. Y es la decisión más estúpida e innecesaria que tuve hasta el momento. Las fauces de lo profundo susurran mientras avanzo: tirate, tirate. Mis ojos rebeldes asoman al precipicio y mis pies se confunden y se cruzan y caigo, como obedeciendo a las fauces que ahora escucho gritar: ¡Tirate! ¡Tirate! De cara al abismo siento la hipnosis y el frío de la muerte que se acerca y que estoy a punto de acatar. Pero una ráfaga de viento me despierta y comprendo que todavía no es el momento, que estoy vivo y que Nyx aguarda, espera mi regreso. La ráfaga me ha despertado y me ayuda a levantarme. No llego hasta el final. No hace falta. Esto es una trampa. Y vuelvo con el ánimo vencido por no haber continuado, a los brazos de Nyx que están abiertos y me contienen, sabios y urgentes. Vuelvo y aprendo que a veces volver es vencer, y que también hay que saber entender cuando es tiempo de desistir.


Las pizzas a la parri de Fede salen tremendas! Exquisitas! Adictivas! 

La conversación avanza hasta coincidir en que no es casual tanta coincidencia y aprovecho para contar la historia de los ñoquis, de Raúl y Aurora, y de esa energía que se llama sin voz y se encuentra sin querer. 

- Cómo el otro día en Tilcara – agrego como para potenciar aún más el argumento metafísico que no deja de sorprenderme. – que me crucé a un loco de mi barrio, en Buenos Aires, y le grité, en medio de la plaza ¡Fer! ¡Fer! hasta que se dio vuelta y me reconoció. ¿Cómo puede ser, que entre tanta gente, entre tantos lugares, entre tantos momentos, existan estas coincidencias? – Suelto la pregunta al aire, como esperando que la noche me conteste, me de, finalmente, una respuesta.

Pero no es la noche quién responde, sino Mati, que saca el celu y mostrándome una foto me pregunta:

- ¿Es él? –

Y en la foto que me muestra está Fer, serio, mirándome a los ojos.

Me quedo en silencio un rato y asiento con la cabeza sin entender absolutamente nada. Mati agrega:

- Nos quedamos la semana pasada en su casa en Tilcara. No lo conocíamos. Una amiga de una amiga nos hizo la gauchada y el loco nos bancó unos días.

Y nosotros empecinados en explicar el mundo con palabras. Un mundo que no entendemos con las palabras que nos fueron dadas. Un mundo que se ríe de nosotros y desbarata toda sintaxis. Un mundo lleno de misterios y de bichitos de luz.

A dormir con la panza llena, a abrazar con fuerza, a entregarse sin miedo que estamos hechos de magia y polvo de estrellas.

Comentarios

Entradas populares