CUZCO Y LA POLICÍA

Hablar a la distancia, desde otro lado, en otro lugar, no solo dilata el espacio entre la historia y el hecho acontecido; lo transforma. Característica fundamental de la memoria, su pilar indiscutible, que tiende siempre hacia la fábula. La mutación es inevitable y se ve influenciada por los pasados más remotos o ayeres inmediatos. Sobre todo por estos últimos, los más cercanos.

Por eso me es imposible no pensar en la yuta represora pegándole a la gente a la salida del congreso. O en los infantes con uniforme y casco, apostados en la entrada de Lewis, en la Patagonia, custodiando la puerta, y tras ella el césped recién cortado del extranjero, del invasor. O la cantidad de abusos que se viven a diario por parte del aparato represor que utiliza el Estado, para mantenernos al margen, del otro lado de la valla, que con provocadora malicia van corriendo, centímetro a centímetro, metro a metro, mientras nos acorralan al precipicio. Los palasos por parte de los uniformados, los gases lacrimógenos, y entonces, la primera piedra. Como siempre, la cámara filma el recorrido del concreto, el del micrófono dice lo que le dicen que diga, y señala a un jubilado. La policía empieza a disparar. Siempre es igual. Siempre.

Pero esto no es aquello, esta es otra historia. La de siempre, la que estamos acostumbrados a que nos cuenten. Esa que vemos por la tele exaltada por precisas palabras en los titulares. Y el vulgo, defendiendo a la poli. Y la gente, encerrada en sus hogares. Y los sin techo, los que tienen hambre, los indigentes que cobran jubilación, en la calle, cagados a palos por la policía. Con suerte no serán desaparecidos o víctimas del gatillo fácil. Con suerte.

Como recordar aquello sin la violencia que siento cuando nombro la palabra policía.

Íbamos, tranquilos, caminando por el Cuzco, a abastecernos de comida, ya que al siguiente día iniciaríamos nuestro treking hacia el Machu Picchu. Momento ideal para prenderse un porro, pensé, e instantáneamente ejecuté la acción.

-          No sé si corresponda fumar en la calle en este país que todavía no conocemos. – Advierte Nyx.

-          No pasa nada, es solo un porrito. – Contesto y le doy la primer pitada. - ¿Querés? –

-          No, acá no, me da secuencia. – Responde Nyx y aprovecho para darle una segunda calada.

Un coche detrás nuestro avanza despacio, sospechoso. Nyx hace la observación, e instantáneamente, al darnos vuelta, el auto se detiene. El conductor silba y el otro busca, ventanilla mediante, algo en el cielo. Suceso extraño, nos alerta pero no nos asusta. Seguimos.

El auto arranca y avanza lento, muy lento detrás nuestro. Como en el juego que jugábamos cuando éramos chicos, Un, Dos, Tres, Cigarrillo Cuarenta y Tres, me doy vuelta y el auto, como si siempre hubiera estado estacionado ahí, se detiene. Los conductores estáticos. Pensarán que si no se mueven no los vemos. Raro. Todo muy raro.

-          Crucemos. - digo mientras guardo el porro en el bolsillo.

Y entonces…

-          ¡Al suelo! ¡Al suelo! ¡Policía antidrogas! -

Atino a salir corriendo, pero el policía me pone la traba y caigo, lijándome toda la cara con el asfalto. La rodilla del poli en el cuello. La brutalidad policíaca a la orden del día.

-          A dónde te crees que ibas pedazo de mierda. Escoria social. – Me grita y me escupe al hacerlo.

-          Soltame la concha de tu madre. – digo, y veo de reojo como el otro baja su cachiporra directamente hasta mi nuca.

Me desmayo.

Cuando despierto me encuentro con que estoy arriba del auto, que no es un patrullero. Nyx a mi derecha. Y los polis que vuelven a hablar.

-          ¿Tenías sueño, pe? ¿O es por la Marihuana que venías fumando que te dieron ganas de dormir? – Dice el que maneja y me mira por el espejo retrovisor.

-          ¿Cuánto traes pe? – Dice el otro y agrega - ¿Cuánto andas traficando? –

La miro a Nyx sin entender absolutamente nada. Nyx abre los ojos dándome a entender que ella tampoco.

-          Vamos pe, cuánto traes. – Insiste. –

-          ¿Cuánto traigo de qué? – Digo todavía un poco atontado por el golpe.

-          Marihuana pe, vamos, no juegues con nosotros.

-          Una tuca amigo, es todo lo que tengo. –

-          ¿Una qué? –

-          Una tuca, lo último de un cigarro. – explico.

-          No mientas pe, no nos mientas. –

-          Sabemos que en tu casa tienes más. –

-          No tengo más. –

El diálogo se repite un aproximado de hora y media, mientras damos vueltas con el coche, por la ciudad, con dos policías de civil, que nos amenazan con la cárcel, los años en prisión y la brutalidad sexual que suelen tener los convictos con los argentinos. Por suerte a Nyx no se la acusa de nada. El jodido soy yo.

Intento explicar que solo fue un porrito, que no le hace mal a nadie, que tiene que haber otra manera de solucionarlo, que no sean así, que no fue nada.

Y ellos que sí, que este no es tu país, que no se allá pero acá no se jode, que vaya abriendo el culito porque en una horas ya voy a estar en prisión.

Que no, que por favor, que arreglémoslo de otra manera, que tiene que haber otro camino, que por favor, que cuánto es!

No no, no hay manera. Lo tuyo flaco es perpetua.

Y así pasa una hora, una hora y media. Entre vuelta y vuelta y el jueguito psicológico de la policía antidroga. Y no sé, si fue mi resignación cuando les dije que está bien, que obren como tengan que obrar, que ya me tenían las pelotas llenas; o fue el olor a caca que emanaba de mis pantalones, que hizo que el auto se detenga. Uno bajó con Nyx, el otro se quedó conmigo.

-          Bueno pe, hay dos caminos. – Empieza y se da la vuelta para mirarme. – O te vas a la cárcel, a que te violen el culo como bienvenida. Con suerte vas a llegar a lograr que eso no se extienda demasiado y puedas irte a tu casa deportado. O lo arreglamos económicamente.

-          Y si hermano, hace hora y media que te vengo proponiendo eso, pero será posible. Hora y media la recalcada concha de tu madre. Hora y media haciéndome el jueguito para que me cague en los putos pantalones mientras imagino todas las atrocidades que me venís relatando. Me cago en tu puta madre. – le grito bien fuerte a la cara.

Aunque eso solo lo pensé me gusta relatarlo así acá. Que lo contado confunda a la memoria, que sobreviva la rebelión del personaje. Que no te llegue a ti, lector, el olor a caca que se filtraba desde las ventanillas del coche.

Enojo, frustración, alivio, felicidad, mi cara transitó todos los estados. Entonces abrí la billetera, conté la plata, 300 soles, un montón de guita, la puta madre, la cerré y se la di completa.

El tipo la abrió, contó los billetes, 300 soles, se agarró 50 y la cerró de vuelta.

-          La corrupción es mala. – dijo y me la devolvió.

-          La marihuana también. – agregué.

Asintió y me pidió amablemente que bajara del auto y que caminara en opuesta dirección hacia dónde él se iba. Me bajé, el otro se subió y arando a toda velocidad se escabulleron en la avenida.

Un poco asustados, un poco desconcertados, nos fuimos al mercado, a comprar todo lo necesario para el viaje que nos espera.

No me acuerdo bien si lo dije o lo pensé. Pero ahora que lo pienso tengo ganas de decirlo:

Yuta, la concha de tu madre.

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