CAMINO A MACHU PICCHU - SALKANTAY TREK - Día 3

Me encantaría estar escribiendo ya el día tres. Me encantaría haber terminado el día 2 con el Salkantay a mi costado. Unos cuantos pasos más y listo, a descansar, a dormir que mañana hay que seguir. Pero no. El día dos no termina. No termina nunca. Todavía seguimos caminando. El Salkantay se va, la cordillera desciende. El camino cuesta abajo continúa. La selva aparece. Y se va pronto cuando la noche llega, y nosotros seguimos caminando. El dolor de espalda es insoportable. Caminamos y caminamos y seguimos caminando. Queremos llegar a Chaullay como sea. Esa es nuestra meta. Pero es una meta insalubre, un objetivo demasiado rudo para nuestros cuerpos cansados, nunca tan aleccionados por el camino como en este día dos del camino a Machu Picchu. ¿Por qué? Porque tenemos las entradas compradas. Porque vimos que se puede. Porque somos testarudos. Nyx no puede más, hace un esfuerzo sobrehumano para seguir caminando, a costa de su espalda, de sus piernas cansadas, de su ánimo derrotado. Si ella sigue yo no puedo parar. Cuento en la oscuridad cantidades infinitas de pasos, todo sea para no pensar en el dolor de mis pies llagados. Uno, dos, tres; mil dos, mil tres, mil cuatro; seis mil siete, ocho, nueve. Millares de ojitos nos observan andar. Son arañas de todos los tamaños. Nyx me advierte, prefiero no escucharla. Me siento más cómodo contando pasos más que arañas. Doce mil, quince mil, dieciséis. Una luz a lo lejos se asoma. Miro el mapa por centésima vez. Llegamos. Por fin llegamos: Chaullay.

Nos permiten acampar gratis. Nos ofrecen una ducha calentita a 10 solcitos por persona. Merecidísimo. Le decimos que después de este camino ya no nos consideramos personas, si nos hace precio. Dice que no. Le pregunto entonces si nos bañamos juntos, si nos cobra uno solo. Se apiada y acepta, pero nos pide que no la colguemos, que nos bañemos rapidito. Nos abrazamos bajo la lluvia caliente de la ducha. Nuestros cuerpos agradecen, y nosotros, como siempre, también.

Al día siguiente, ahora sí, el día tres, nos levantamos despacio. No nos interesa madrugar, no queremos abandonar nuestra bolsa de dormir. Son las nueve, ya se han ido todos. No nos importa. Desayunamos, levantamos campamento y arrancamos. Disfrutamos la primera hora. La segunda ya se empieza a sentir. Y esto, una vez más, recién arranca. Hoy caminaremos junto al río Santa Teresa, hasta Lucmabamba. Las termas que tienen por nombre el mismo que el río, quedarán para otra oportunidad. Nuestros pensamientos se agotan, no hay palabras para este tercer día. Solo llegar. Pensar en una ducha, con suerte, en un acampe gratuito, en un poco de guisito de verduras.

El día pasa, la noche se acerca, pero por suerte, esta vez, llegamos justo para el ocaso. No caminamos en la oscuridad. El día nos ha recompensado. Las nubes van y vienen pero la lluvia ni llega. Rezamos que siga así, que aguante, que no se largue hasta después de haber visitado el Gran Santuario, la increíble ciudad de Machu Picchu. Ojalá nuestras plegarias sean escuchadas.

En Lucmabamba conocemos a Marcos y a Guille, dos cicloviajeros que se conocieron en la ruta y decidieron encarar este camino juntos. Uno argentino y el otro brasilero. Dos sonrisas caminando. Tienen una energía impresionante. Vienen caminando desde el mismo lugar de dónde venimos nosotros y parecen no estar tan agotados como sí lo estamos nosotros. Y encima, felices porque salió un picadito y se van a jugar a la pelota. Están locos. Pero de esa locura que lo llena a uno de energía. En Lucmabamba nos permiten acampar y ducharnos gratis, solo que esta vez el agua está fría. No importa, lavarme el cuerpo, tratarlo bien después de otro día intenso es lo único que quiero. Sopita de fideos chinos y a dormir. No queda mucho más para contar.

Comentarios

Entradas populares