EL GRAN SANTUARIO

El Gran Santuario

El día de ayer lo dejamos para descansar. El día de hoy nos levantamos temprano. Tenemos entradas para las seis de la mañana. La información por internet es buena, ayuda, pero no es absoluta. Habíamos leído que la mejor hora era la de la madrugada, para poder ver el amanecer. Habíamos leído que las entradas al parque se agotaban con meses de anticipación, y por eso las compramos desesperados hace ya tanto tiempo. Habíamos leído que no podíamos retrasarnos a la hora pactada porque perderíamos el derecho a ingresar. Mentira, mentira, mentira. Marquitos y Guille, los volvimos a cruzar, estuvieron pelando arvejas para una chola en el mercado a cambio de comida y alojamiento, no tenían entradas y consiguieron acá, y entrarán, yo sé, a la hora que decidan oportuna, y no habrá ningún problema.

Aprendimos que siempre nos van a querer asustar, aprovecharse de nuestro desconocimiento para poder, así, robarnos un poco más. De ahora en adelante seguiremos nuestras propias reglas y no las que nos vienen a cantar. Nunca más nos arrodillaremos ante las cláusulas de los amedrentadores de siempre.

 

Pero eso todavía no lo sabemos. Así que nos levantamos a las cuatro, por miedo a perder nuestra posibilidad a entrar. La lluvia cae. No tenemos piloto, solo unas bolsas de consorcio que agujereamos mal. Caminamos hasta el puente previo a la escalera que nos llevará a las puertas del santuario. Pero el puente está cerrado. Abre a las seis.

-        Pero cómo puede ser, si tenemos entradas, queremos subir. –

-      No no. – Nos dicen y no nos abren. Nos piden nuestros pasaportes y nos hacen esperar debajo de un techito pequeñito, todos amontonados, mientras se acerca el amanecer.

Finalmente abren las compuertas y desesperados corremos a las escaleras. Somos un montón. Todos gringuitos con piloto y nosotros de negro, con nuestras bolsas de basura atadas al cogote.

La escalera es eterna y los escalones hechos para gigantes. Por suerte nuestras ansias de llegar nos hacen subir a buen ritmo. Y en 45 min estamos ahí. Exhaustos sí, pero felices. La lluvia no amaina, no va a amainar.

Entramos. 

Machu Picchu aquí estás. Tantos años soñándote, tanto tiempo esperándote. Te vi frente a mis ojos mientras dormía muchísimas veces, y en los cuadros de mi casa desde que nací. Escuché increíbles historias sucedidas entre tus muros y ansié este día con furor. Aquí estás. Tantos años, tantas bellas anécdotas, tanta magia, tanto amor hacia tus puertas. Aquí estás. Finalmente el día llegó y aquí estás. Pero no puedo verte.

Un manto de niebla cubre todo el valle. No se ve nada. La lluvia incesante no para de caer. Nos empapa. Se cuela entre los agujeros de nuestras bolsas, atraviesa nuestra ropa, nos congela el cuerpo. Y nosotros aquí, frente a un manto gris, viendo tan solo una cortina de niebla. Gris claro, gris oscuro, negro. Un poco de blanco donde se supone que está el sol.

Y la lluvia que no amaina. Esperamos un rato al lado de unos chinitos con camperas anti todo, abajo de un arbolito. Pero la lluvia traspasa todo.

De pronto un silbato ensordecedor nos quiebra el tímpano.

-          Avancen, avancen. –

Un guardia del parque nos empuja. A nosotros y a los chinitos, que sonríen y se reverencian. Caminamos bajo la lluvia. Frenamos un momento a mirar un muro y otro silbato más.

-          Avancen, avancen. –

Hordas de gringos con sus pilotines de colores corren al sonido de los árbitros del parque. Llevan sus teléfonos protegidos que no paran de disparar foto tras foto tras foto. Ellos miran para abajo. No importa, tienen ya todo registrado.

Freno un segundo para sacarle una foto a Nyx y uno de los réferis me saca amarilla.

-          Avancen, avancen. Ya están amonestados. Una más y se van. –

Los gringos se ríen y corren y sacan fotos.

-          You need to run. – Dice uno.

-          You must to run. – Dice otro.

Y todos corren y sacan fotos.

La niebla se disipa, pero no podemos volver a ver el templo. En el parque no se puede retroceder.

El sendero se bifurca. Nuestras entradas incluyen los dos caminos. Pero en una astucia más de los organizadores, solamente se puede elegir uno de los dos. Y claro está, no se puede retroceder.

-          Avancen, avancen. –

Y avanzamos y avanzamos.

Y cuando ya estoy hasta el carajo de estos hijos de puta y digo basta, se acabó. Sáquenme roja, váyanse a la mierda, yo no corro más, yo voy a ver el parque como corresponde, detenidamente y sin hacer caso a sus silbatos. Me planto esperando el pitido destrozándome los tímpanos, pero nada suena. Entonces me percato; estoy afuera, el recorrido terminó, Machu Picchu ya es pasado.

Y así nos vamos. Contentos por haber cumplido el sueño de haber llegado.

Y punto.

Voy a terminar este capítulo así.

Contento.

A pesar de los silbatazos y las censuras.

Contentos.

A pesar de la mala onda de todos estos usureros.

Contentos, porque es nuestra decisión y así queremos que sea.

Punto final.

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