QORICANCHA
Es un día nublado, oscuro como pocos. Quizás tanto como el que fuimos al gran santuario. Un día un tanto oscuro para disfrutarlo al aire libre. Por eso decidimos ir a visitar el Qoricancha.
El convento de Santo Domingo se erigió sobre las antiguas bases del Qoricancha, el más importante templo Inca, situado justo en el centro del imperio. Iremos allí, pagaremos la entrada, una de las pocas sino la única en este viaje, luego de la estafa de Machu Picchu, para ingresar al templo sagrado.
España se sostiene con bases americanas. Nunca mejor expuesto. No solo por la cantidad de oro que se chorearon de nuestras tierras, que sirvió de impulso, tanto al país que nos heredó el idioma a nosotros hijos de la conquista, como a toda Europa, para su revolución industrial y su futura potencialidad económica, sino literalmente para construir sus decadentes obras edilicias sobre los cimientos y antiguos muros del impresionante imperio Inca.
Pagamos la entrada y cruzamos las puertas. Canasta de pan en mano, nuestro nuevo laburo en la ciudad, recorremos los muros del templo. Todos los guías a los que intentamos robarle un poquito de información hablan en inglés por lo que pronto nos rendimos y observamos sin entender la maravillosa arquitectura del templo. Las voces en inglés que conversan a nuestros costados resuenan entre los pasillos y me tapo los oídos para apreciar mejor lo que veo, que, si bien no necesito escuchar para mirar, tanto bullicio empieza a molestarme. La cantidad de gente que transita las salas del templo es abrumadora. Aprieto mis manos fuerte contra mis orejas y escucho solo la voz de mis pensamientos, que despotrica enfadada. De pronto el sonido cesa. Puedo destaparme los oídos. Estoy frente a la placa de oro que cuenta la historia del mundo.
El sol, la luna, la cruz del sur, el lucero diurno y nocturno: venus. Un hombre, una mujer. Trece estrellas aglomeradas, siete bolas. No entiendo nada de lo que veo pero me maravilla sobremanera. Las nubes negras en el cielo cuzqueño se corren, el sol entra en el templo. Entonces la escena se transfigura. Veo fuego y muerte. Un hombre corre de la mano de una joven mujer. Pizarro pinta de rojo el oro del templo. Sangre. Siento curiosidad por el hombre que corre por los pasillos del templo y lo sigo hasta un gran salón. Allí un disco de oro enorme refulge en las alturas. Con un movimiento de sus manos en el aire el disco se despega del muro, desciende suave hasta el hombre que lo envuelve en un manto blanco. Como a un niño en un aguayo, lo carga sobre su espalda, y otra vez corre tirando de la joven mujer que luce asustada.
Fuego. Pizarro cruza el fuego, es el fuego, es el diablo. Sangre sobre los dorados muros, sobre el suelo de piedra, hasta en el humo y en el fuego, sangre. Sigo al Inca, como en un sueño, flotando omnisciente en toda la escena. El Inca desciende por unas escaleras de piedra hacia las profundidades del templo. Un muro le cierra el paso. El Inca cierra los ojos, levanta su mano y pronuncia unas palabras en quechua. La pared se vuelve arena y se desploma ante sus ojos. La mujer no parece sorprendida, pero si asustada. Un arroyo oscuro, de sangre, baja por los escalones. El Inca atraviesa la arena y escapa en un túnel de piedra. El camino se extiende kilómetros por debajo de la tierra. Pero solo corre tan solo unos cuantos metros y en voz bien alta pronuncia las siguientes palabras (puedo recordarlas porque las dijo muchas veces): ¡Puñuq machaqway rikchariy! ¡Puñuq machaqway rikchariy! ¡Puñuq machaqway rikchariy!
Del fondo del túnel una serpiente gigante, como una anaconda pero con un rostro angélico, se acerca zigzagueando. El hombre calla y espera. La serpiente se yergue, pone sus ojos a la altura de los del Inca, saborea el aire con la lengua. El Inca por primera vez suelta la mano de la mujer, desanuda el manto blanco, enseña el disco de oro al reptil. La lengua bífida roza suavemente el metal. Rápidamente el cuerpo de aquel animal sagrado envuelve a la pareja. Por lo que veo siento que va a contraerse, a romperle los huesos, a devorarlos. Pero no, solamente gira a su alrededor, cubriéndolos por un instante. Luego apunta su cabeza en dirección opuesta y vuelve al suelo. Espera paciente. El Inca y la joven mujer se suben a su lomo, y el reptil, zigzagueante se escabulle por el túnel. Los veo doblar allá adelante hasta que desaparecen.
La sangre desciende por las escaleras e inunda todo. Me ahogo. Me ahogo en ese río turbio. El diablo se acerca y me preguntan dónde está. Dónde mierda está el Inca. Me río y no le contesto.
- Pizarro, tú no tienes poder aquí. Todos los Incas se ríen de vos. Sos polvo y vergüenza. –
El diablo me ahorca con su cola. Y en aquella extraña visión muero en uno de los túneles del templo.
Despierto en los jardines. Nyx camina por un sendero que tiene un cartel que prohíbe caminar por ahí. Nos sentamos lejos del bullicio, a observar las flores y el sol rojo del Cuzco.
Quizás como metáfora, un extraño obsequio ilumina la última hora de aquel día. El disco de oro en el cielo está rojo por la sangre que derramó el diablo en este pueblo. Todo América llora al gran imperio Inca. Toda América desprecia al infame Pizarro. Y entre las flores, frente al disco de oro ensangrentado en el oscuro cielo, nosotros también lloramos.

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