Amaicha del Valle - Ciudad Sagrada de los Quilmes - Dique los Zazos
01-07-22
¿Cuántos cielos hacen falta para conmover a un mundo entero?
Uno solo. El de Amaicha.
Llegamos ayer. La casa queda enfrente al altar del gauchito gil nos había avisado Marcos.
Cuando llegamos hacemos referencia al gauchito guardián que protege su morada, y Marcos sonríe. Pero cuando nombro a San La Muerte, otro de los santos a los que la gente suele ofrendar con frecuencia, Marcos abandona la sonrisa, los ojos se oscurecen, y nos advierte que con ese no se jode. Luego se va a trabajar y nosotros para el río, a matear y a descansar.
Al día siguiente, es decir hoy, nos levantamos tempranito y arrancamos a hacer dedo. Después de un rato frena una camionetita, un cura Santiagueño que se hace llamar Tata, que está yendo a Cafayate a casar a su amigo.
- Nosotros vamos hasta Quilmes, a ver las ruinas. – Le decimos casi al unísono sin poder ocultar la emoción.
- Suban atrás y no me arruguen el saco.
Vamos charlando de su querido Santiago hasta llegar a la entrada del camino que nos conducirá a la Ciudad Sagrada de los Quilmes. 5Km a pie desde ahí pero el tata nos hace la gauchada y nos llevá hasta las puertas mismas de la Ciudad. Gracias Tata por el tirón.
Bajamos y la ciudad se nos presenta magnificente sobre la ladera de la montaña, entre cardones y más cardones.
Los Quilmes aguantaron 130 años la invasión de los españoles, desde 1534 a 1665. Cuentan que tenían el poder de desaparecer. Su ciudad sobre la ladera de la montaña contaba con dos atalayas en los extremos sur y norte, para protegerse de los invasores. Y dos ciudades: la ciudad de guerra, fortificada y laberíntica, la que se deja ver, y la ciudad de la paz al sur, donde cultivaban la tierra en eficientes terrazas y convivían en armonía con ella, tomando solo lo necesario.
Se ha construído en la entrada de la ciudad un centro de interpretación, sin él, solo veríamos piedras.
Hemos llegado a dedo y a dedo tendremos que volver, y si no somos estrictos con los tiempos la noche puede tragarnos de un momento a otro, por lo que contamos con un tiempo determinado para recorrer el lugar si no queremos ser presas de la luna negra en la ciudad de guerra.
Pero queremos subir, así que hay que meterle. Una ciudad construida hacia arriba exige de todo nuestro esfuerzo si queremos ver lo que vio el cacique. Subimos. Nyx va adelante, las piernas no le pesan, me deja atrás enseguida. La pierdo de vista y doblo y subo y doblo una y otra vez en un laberinto de pierda. ¡Nyx¡ grito un poco asustado, pero solo se escucha el eco de las cabras. Intento no desesperarme y sigo subiendo y doblando y subiendo. Veo una silueta y sonrío. Me acerco agitado y cuando estoy a tan solo unos metros me doy cuenta que no es Nyx sino un hombre morocho de pelo negro lasio adornado con algunas plumas y lleva una túnica larga sin mangas que le llega hasta los tobillos y una faja que le aprieta la cintura. Sus ojos graves como agujeros negros en el cielo me congelan y la electricidad corre de pronto por toda mi columna vertebral. No habla, solo me mira, y eso basta para llenarme de pavura. Nunca nadie me ha mirado así. Nunca nadie ha traspasado mi carne con una sola mirada. Aun así no puedo dejar de mirarlo. Y sin dejar de mirarlo veo como aquel hombre me quita los ojos de encima, mira al cielo y ahora su expresión es de dolor. Dolor de espíritu. Y se va, desapareciendo tras un cardón.
Corro con la poca energía que me queda y encuentro a Nyx, sonriendo, esperándome sentada sobre un cuarzo enorme, blanco casi transparente.
- ¿Dónde estabas? – me pregunta sin dejar de mostrarme esa boca hermosa en medialuna que tanto me gusta.
- Conversando en Kakán, con un Quilmeño. – digo y la miro todavía en sopor por la sensación que dejó aquel hombre al irse.
- El Kakán se extinguió. – Asegura Nyx.
- Eso dicen. – contesto, y agrego - ¿Morfamos? – y saco los sanguchitos de la mochila.
A las 4 emprendemos la vuelta. A caminar: 5km hasta la ruta para hacer dedo. Es un montón protesta Nyx, no tanto como lo que hicieron caminar a los Quilmes que una vez conquistados los llevaron en castigo desde su hogar, la Ciudad Sagrada, hasta Quilmes, en Buenos Aires, que por ellos lleva su nombre.
Por suerte nos levanta una pareja en una camioneta estallada de bártulos y apretujados nos llevan hasta la ruta. Nos cuentan que andan viajando con un proyecto gastronómico: un dejo de ajo. Les pregunto los nombres antes de bajarnos.
- Joaco. – Me dice él y levanta la mano.
- Yokeila. – sigue ella.
- ¿Yokeila? – pregunto extrañado.
- No, yo, Keila. – contesta, y los dos reímos y revoleamos los ojos.
Un dedo más hasta Amaicha, y auroras boreales coloreando los cielos australes.




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