Tren a Tucumán
23/06/22
Retiro, la 31, arranca el viaje a Tucumán.
El tren sale 21.30, una vieja reclina el asiento y le tira el termo y el mate al de atrás.
- Vieja de mierda – se escucha enseguida.
- Disculpe mijo – y el guarda, con su mejor cara de orto viene a limpiar.
32 horas nos aguardan, en un asiento de $700.-
Allá nos espera María Victoria, nuestra anfitriona en CouchSurfing, la aplicación de hospedaje gratuito y casero que decidimos utilizar para arrancar este viaje.
El tren va y se pierde en la oscuridad de la noche, entre los pueblos que oyen dormidos el chirriar de las vías y sueñan con trenes fabulosos que atraviesan la niebla y se dirigen a quién sabe que lugares fantásticos que la memoria trae y transforma, con estaciones donde esperan aquellos que ya no están, que se han ido o se han quedado allí, para siempre, saludándonos, entre sonrisas y lágrimas, para siempre, esperando a que los soñemos.
El tren va, y allí los veo. A todos. Sonríen y saludan. Y el tren va. Quizás yo también esté dormido.
Despierto a mediodía, con dolor de espalda y la nuca transpirada. El tren que antes iba para allá ahora va para atrás, o eso parece. Los árboles que antes veía venir ahora los veo llegar, aparecer de pronto entre tanta tierra sola. Sola sin nosotros, pero con vacas que pastan mansas, caranchos que vigilan desde las ramas más altas.
En algún momento de la noche el tren cambió y el primer vagón ahora es el último vagón. El tren que arrancó por el taco de Santa Fe, ya va por la pantorrilla y cruza por tibia y peroné, llegando a Santiago del Estero.
Y la noche que se había ido, vuelve una vez más, como ayer, y antes de ayer. Acaso, también, mañana.
Y una niña, pequeña, que corrió por el pasillo a la tarde, incansable, viene, ahora, a despertarme. Su manito chiquitita aprieta uno de los dedos de mi mano que cuelga dormida del asiento y un escalofrío me corre por la espalda que no deja de dolerme.
Sus ojos negros brillan en lo oscuro y ella corre por el pasillo mientras todos duermen. La luz del baño la ilumina tenue y veo su manito que se agita, llamándome, invitándome. ¿Necesitará algo? ¿Necesitará mi ayuda? ¿Y sus padres? Me paro y los huesos me truenan. Mi novia hace un ruido gutural y se acomoda, girando el cuerpo para la ventanilla. Voy hasta el baño y veo a la niña que corre por el pasillo del vagón siguiente, hasta el próximo baño, donde parece esperarme.
Ya con más intriga que preguntas atravieso el tren, vagón tras vagón, hasta llegar a uno donde la oscuridad es casi absoluta. Casi, porque se llega a distinguir una luz, al final, como bajando. Camino hasta allí y una escalera que desciende me invita con sus escalones de piedra a bajar.
Escucho una vocecita decir Ven, no tengas miedo, y al pisar el primer escalón que baja, una voz que es la mía me alerta desde adentro ¿Acaso, los trenes, tienen escaleras?
Por los altoparlantes se escucha metálica la voz del guarda:
- Cevil Pozo, Tucumán, última parada. –
Nyx, mi novia, me mira sonriendo.
- Llegamos. – dice y me besa, recordándome que estoy despierto.



Una mente brillante y una luna puesta alservicio de la comunidad
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