CAFAYATE
06/07/22
Ay Cafayate Cafayate. Llegué y no me gustaste, me voy feliz de haberte conocido y sabiendo que no hay que prejuzgarte.
Siempre me molesta un poco que me cambien los precios sobre la marcha y me mastiquen las costillas de turista. Pero bueno, un primer día con hambre y a cerrar los ojos y comer, ya, ahora, nunca más.
La iglesia de la plaza es de un amarillo llamativo y sus cúpulas se ven desde la lejanía. Sus empanadas son empanaditas y las sierras se ven a toda la vuelta.
Famoso, el pueblo, por su vino torrontés, ha sabido cultivar la uva oscura, y el malbec, el cabernet y el Tannat corren como en un baile en mi paladar y en el de Nyx y en el de tantos otros que han venido a disfrutar un ratito de alcohol en éstas mañanas fulgurantes de Cafayate. La Vasija Secreta se llama la bodega, que nos dicen es gratuita y te invitan a probar. Y encima cerquita de Lo de Chichí, el hostel donde vamos a dormir en estos días.
Así que allá vamos.
Alcohol en ayunas y tres sorbos son suficientes para extraviarme entre los troncos de las parras, los nogales y el canto de los pájaros. Una bandada de loros corta el aire y los cerros y recuerdo por qué me gusta tanto perderme.
Un espasmo de sinestesia y ese cielo azul que sabe a arándanos con crema. Que lindo día.
A los tumbos y al calor, a caminar 1km hasta Utama, bodega artesanal que nos han recomendado.
Nace en 1988 de los pies de Emilio Haro Galli un vino patero patero para disfrutar con los vecinos. Hoy uno de sus hijos la continúa, recolectando la fruta con las manos, echando a las hormigas con vinagre y ahuyentando a las aves con espantapájaros. Aquí nadie muere años más tarde por el envenenamiento llovido en sus cuerpos durante un control de plagas. Ni llega a tu boca la agriedad del agroquímico encubriendo las impurezas de tu vino. Aquí ya no se pisa la uva con las patas, sino que se utiliza una máquina que se van prestando entre los socios del pueblo para así garantizar la prosperidad a los pequeños productores que ya no caen en los dientes de la usura de las grandes bodegas de la zona.
El otro (de sus hijos), el que nos recibe, ha heredado otra de las pasiones de su padre, la cerámica.
Su casa es de arcilla y salen cabezas de las paredes. Rostros narizones, cuerpos que se mezclan, manos que abrazan y amenazan, esta casa es poesía.
Abajo el taller y afuera el horno, con un diablito que lo custodia al que se le llena la copa en agradecimiento después de cada horneada.
- Una vez no le serví nada. – Me cuenta Huayra. – Yo estaba medio en pedo. Hubo asado y fuego durante toda la horneada y cuando saqué las piezas me olvidé. Me fui a dormir. – Hace una pausa dramática y sus ojos buscan los míos. Los encuentran babeantes, voraces, con hambre de hirstoria, y continúa – Al otro día me levanté y el horno estaba roto. Partido a la mitad. Este que ves es el nuevo. Algunos dirán que el fuego era mucho, muy azul, pero las piezas no se fundieron. Otros que el calor de tantos años finalmente lo quebró. Yo sé que fue el diablito. Desde ese día no me olvidé más. Siempre hay vinito para el diablito.
Birrita en la plaza y a dormir, que mañana se viene excursión.
Siete Cascadas
- Ustedes digan que van al río y pasen como si supieran. – Nos advierte Manu el encargado del hostel, al enterarnos de que nos van a querer cobrar una guiada. $1.000.- hasta la tercer cascada, $2.000.- hasta la última. – Y fijate la fotito que está ahí. Esa es la última. Asegurate de llegar a esa, porque a veces no te llevan hasta el final.
Y con toda esa información salimos para allá. 6 km hasta el camping, donde arranca el sendero. Hacemos dedo y nos levanta un viejito muy viejito que nos lleva hasta la puerta.
- Vamos al río. – digo con mi mejor cara de perro cuando se me acerca uno de los guías y no volteamos a escuchar su respuesta.
Y arrancamos a caminar. Costeando el río que nos han dicho que nos lleva hasta allá. Aunque el río está seco seguimos igual, contentos por sabernos andinistas y felices por no habernos dejado estafar.
Después de una hora de exponer nuestra piel al sol abrasante y las espinas punzantes que laceran cada centímetro de nuestra carne, nos damos cuenta de que el río que estamos siguiendo debería estar un poco mojado aunque sea, y que en vez de ir hacia la derecha, estamos yendo hacia la izquierda y laputaqueloparió, nos confundimos.
Consultando el mapa vemos que podemos empalmar a la mitad de otro sendero que también lleva a la cascada. Más sol, más sangre en nuestras piernas y brazos arañados, y más obstinación que nunca. A cortar camino. Vamos que se puede.
- Pero chicos, ustedes están haciendo el camino al revés. – Nos dice una guía que viene bajando por donde nosotros vamos subiendo. – Se están perdiendo todos lo miradores.
- A nosotros nos gusta así. – Respondo con una sonrisa que miente orgullo.
Y seguimos subiendo. Esto no nos va a ganar. Y no nos gana. Finalmente llegamos a la primer cascada (que es la última) y es realmente hermosa. Valió la pena el esfuerzo.
Estamos solos. Nadie llega en toda la tarde hasta allí.
El agua cae con fuerza, un chapuzón en agua helada y la cabeza debajo de la cascada a que se lleve el maltrato del sendero.
El camino de vuelta es un sueño, siempre al costado del arroyo. Volvemos extasiados y vencedores.
- ¿Quién necesita al estúpido guía? – pregunta Nyx enseñándome sus piernas rasguñadas.
- Nosotros seguro que no. – Respondo mientras me miro todos los brazos arañados.
Reímos, nos ponemos pervinox y nos vamos. De vuelta al hostel. Mañana será nuestro último día!
Quebrada de las Conchas
Si Marte existe y no es solo otra fake news, entonces debe ser muy parecido a esto. Enormes formaciones de roca colorada gustan de jugar con la imaginación humana, que pobre, limitada de nacimiento, encuentra con agudeza figuras conocidas. Un sapo, un monje, un obelisco; castillos y edificios llenos de ventanas, son algunos de los nombres que les han puesto a las rocas rojas que aparecen todo el tiempo a los costados de la 68. Pero de las que ellos no hablan y aun así logré identificar escondidos en la roca son: el caballo sin patas, la mesada, el narigón dormido, los ladrillos, la casita de Mercurio, entre un montón más.
El bondi nos lleva hasta la Garganta del Diablo, por $200.-, un cuarto del pasaje a Salta. La grieta es imponente. Surcada por el agua que fue atravesando los poros de la piedra, rompiéndola con inercia, desde siempre para siempre, afuera del tiempo.
Señor visitante, el ingreso hasta el final es bajo su propia responsabilidad, por lo que si se rompe una pierna intentando subir o se resbala y muere de un golpe en la cabeza, no le eche la culpa a Mefistófeles, sepa que fue solo culpa suya. Así dice un cartel al costado de una piedra empinada que algunos intentan subir, otros bajar, y muchos otros solo observar. Nos miramos con Nyx y empezamos a trepar. La subida es fácil, la bajada no creo, pero eso es cosa de después.
Arrancamos por el esófago, seguimos por tráquea y pasamos por la laringe, hasta que finalmente llegamos a la garganta. Cómo todo lo fantástico aquí las líneas desafían la geometría. Un pedazo de cielo nos orienta y podemos asegurar que estamos al derecho. La curvatura confunde y por un momento creímos haber cruzado la puerta al inframundo. Pero ese pedacito de cielo que siempre está, nos sosiega y nos permite disfrutar de la aspereza y quietud de este sitio maravilloso.
Bajamos, sin rompernos ni un hueso. Una piedra a la apacheta y un gracias a la pacha, y a patear hasta el Anfiteatro, que está cerquita.
El anfi es otra historia. Si lo otro era escenario del diablo, aquí los ángeles en coro cantan a la creación divina. Aún así un cartel avisa que estamos en una de las puertas al supramundo, sitio sagrado y patrimonio cultural de la comunidad indígena Suri Diaguita Kalchaki. Acá la geometría no confunde, sino que evidencia nuestras minúsculas proporciones. Imponentes, se alzan hacia lo alto, muros de piedra en semicírculo lo que provoca inevitablemente una acústica perfecta. Y nos lo hace notar un músico que allí toca a la gorra su guitarra y su flauta. Así se debe haber sentido aquel soldado que engañó a los diablos y a la muerte y por eso vagó por la tierra para siempre. Quién conoce la historia sabrá por lo que estamos pasando.
Porque de allí nos vamos a la ruta otra vez, a hacer dedo, hasta el cerro Las Tres Cruces, a morfar y a observar la quebrada que no para de maravillarnos. Somos polvo, ahora entiendo esa frase. El viento nos lo recuerda a cada mordisco que damos al sanguche, de espalda a la ruta.
Otro dedo a Cafayate y a relajar que esto sigue.
Sin prisa, pero sin pausa.


Comentarios
Publicar un comentario