LAGUNAS DE YALA
18/07/22
Sueño, como es de esperarse, con la historia del camión. Aunque el chofer soy yo, y quién está junto a mí no es la piba rubia de ojos tristes, sino la niña de pelo oscuro y ojos negros, que ríe. Me mira y se ríe. Recuerdo que en el sueño mientras la miraba a los ojos pensaba: a donde irán esas pupilas oscuras, ese negro sin fondo, esos hoyos en la cara. Hacia dónde, hacia qué abismos. Como en la historia del camionero, estiro la mano para agarrar algo del lado de ella, y sin querer le miro los pies. Y sus zapatitos me dan ternura. La niña, en el sueño, me marca el camino, me indica dónde doblar y hacia donde ir, y me hace frenar frente a una casa abandonada, igual a la que visitamos con Nyx en San Lorenzo. Esa casa está embrujada le aviso, pero la niña se sigue riendo y entra al lugar. El camión ya no está, es de día aún y la sigo. Me lleva, como Nyx hace unos días, hasta el último cuartito de la casa. Una estatua enorme en el centro de la habitación, un ídolo de piedra. A su alrededor círculos de tiza que se entrecruzan y lo sobrepasan desde abajo. En todos lados velas, decenas de velas negras encendidas. La niña se arrodilla y extiende el brazo hacia la figura de piedra. Y en el sueño sé que debo hacer lo mismo. Pero al mismo tiempo sé que esa acción involucra peligro, y dudo, permaneciendo de pie, de cara al ídolo de piedra.
- ¡Arrodíllate! – grita una voz del fondo del cuarto y los pelos se me erizan en el sueño y en la cama.
- Despiértate. – escucho a Nyx que pide con dulzura aunque en realidad está diciendo ¡Despertate boludo, despertate! y me despierto por los sacudones.
Nyx se larga a llorar y me abraza. Luego me da un beso y me invita a desayunar.
Hoy vamos a ir a Yala y no a hacer dedo. Vamos a ir a las lagunas, que quedan a 11 km de la ruta, en subida y con un sol que sacude. Un bondi nos acerca 3 km y la caminata se empieza a sentir. Breves atajos nos salvan de las largas curvas del camino que solo sabe traer autos con familias o amigos, que van repletos y que se niegan a llevarnos cada vez que levantamos el dedo.
Un atajo no tan breve y erróneo nos vence el ánimo y nos cambia el humor. Al querer evitar una larga vuelta innecesaria cortamos camino por un sendero que no lleva a ningún lado. O mejor dicho sí, a un cerco de alambre que decidimos saltar para descubrir otro cerco de alambre esta vez con púas y del otro lado una puerta al precipicio. Al volver, ofuscados y rendidos, nos cruzamos con una pareja que viene cortando camino como nosotros y con una niña de tres años en los brazos.
- ¿El camino es por ahí no? – me pregunta el padre y me recuerda a mí hace un rato mientras subía.
- No, caminamos media hora al pedo. – Y quiero sentir y elijo pensar que fui por ese camino a equivocarme para que ellos no se equivoquen. Pero de todas formas no puedo evitar la bronca por haberme equivocado. ¿Será el ego que se siente humillado una vez más? ¿O será el sol que me rompe la piel a cada paso que sigo dando?
No sé, pero a seguir. Con cara de ogete hasta Rodeo, la segunda laguna; porque la primera está enrejada y la tercera, hoy, queda muy lejos.
Las vacas me miran y no me saludan. Los patos ni siquiera me ven. Un espejo en el agua duplica las montañas. Y un silencio sin sol mitiga mis ardores y mis penas.
Más tarde una familia sacándose fotos no me pide pero le ofrezco igual, retratarlos con su camarita, a orillas de la laguna. Esa misma familia me agradece y nos ofrece llevarnos hasta lo de Luisito, a comer guisito de lentejas, con papa andina de mil colores. Pero no tantos como Melo que cocina, que sonríe y que festeja.
La lluvia vista por un prisma tiene nombre y es mi amiga.
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