PURMAMARCA
16/07/07
Luis, que es una masa, vamos descubriendo poco a poco, nos alcanza hasta Yala, el pueblo siguiente para hacer dedo en un punto estratégico con destino a Purmamarca. Un señor en su camioneta se niega a llevarnos pero nos recomienda que caminemos hasta la comisaría donde algún policía seguramente nos ayude a frenar un auto y pedirle que nos lleve hasta donde vamos.
Raro, pero lo intentamos.
Caminamos hasta allá, con Nyx y Renata. Renata se va para Humahuaca, nosotros para Purma. Entro a la comisaría y le solicito al poli lo que aquel señor me había recomendado. El poli se ríe y me cuenta que una vez hicieron eso y resultó ser que ayudaron a un ladrón a hacer dedo y el pobre tipo al que frenaron fue afanado a los pocos kilómetros, por lo que entre risas se niegan a ayudarme. Es lógico.
Al salir a la ruta nuevamente Renata ya no está, un auto se la ha llevado hasta la Quiaca donde conocerá Bolivia cruzando el río por el costado de la aduana. Algo muy común en la frontera y que quizás experimentemos en las próximas semanas.
Nosotros volvemos al sitio original dónde nos había dejado Luis y una chica que va para Tilcara nos levanta y nos lleva entre las nubes hasta Purmamarca. Nos cuenta, aprovechando que no se ve nada, que en Jujuy existen cuatro tipos de climas y ecosistemas, con fauna y flora muy diversa. Entre ellos la Yunga por donde pasamos, dónde todo está nublado y garúa finito, pero que pronto pasaremos eso para dar lugar a un nuevo paisaje, la puna, donde el cielo se despeja, se vuelve azul y sin nubes, y llamas y vicuñas pastan libres entre los cerros.
A la entrada dos niños con correa sostienen dos llamitas con correa. Sus padres no están y los padres de las llamas tampoco. Son infantes en busca de dinero que los turistas sueltan por una foto y una caricia, que usarán para alimentar sus estómagos, el de las llamitas, el de las llamas y el de sus padres, si los tienen.
Tortilla rellena de choclo y queso para Nyx, de Caprese para mí, y a caminar entre los cerros, por el sendero de Los Colorados. Los colores son tan fuertes que parecen resaltados con photoshop. El verde y el rojo se superponen una y otra vez como en la bandera de Chacarita, y andamos, sin poder parar de sacar fotos a cada instante.
El agua que corroe la piedra débil forma los surcos característicos de los cerros calchaquíes y en todos lados puntas de flecha que apuntan al cielo permanecen tensas para el disparo. Algún día los cerros las soltarán y matarán al Dios que ha creado tanta belleza en la tierra y tanta miseria en el hombre. Así es el norte, lleno de color y dolor, de grietas como heridas que abren la tierra y sangran coplas y agua contaminada. Contaminada por el hombre que se odia a sí mismo y envenena y mata y pudre todo a su alrededor. Así es mi rebaño, un puñado de idiotas y artistas, de madres y niños, de turistas y locales montados a caballo y a 4x4.
De ahí a un sendero del otro lado de la ruta que nos deja ver el cerro Los Siete Colores sin pagar unos módicos 50 pesos que el dueño de un cerrito nos ha querido cobrar luego de enrejarlo y poner una alcancía en la puerta. El chanchito engorda y las púas que lo alambran crecen sin mesura. Así que no, nos vamos para en frente. Así que sí, a subir y a soltar, entre las nubes que nos pasan cerquita y el cerro que es una preciosura a la vista. A subir y a soltar, que también soy parte de este mundo, uno más de este rebaño de artistas y turistas y gente que viene y va, que anda sin rumbo y sin razón, que busca, conoce y se abraza, se besa y se despide, y sigue el rumbo de su destino, para llegar a ser aquel que somos y todavía no sabemos. La eterna búsqueda, sí, hacia allá vamos.
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