SALINAS GRANDES
17/07/22
- ¿A que te ganamos? – me dice un gil al pasarme por al lado.
Estaba haciendo dedo adelante nuestro y se va persiguiendo una lógica extraña hacia atrás de nosotros.
Inmediatamente nos levantan y saludamos con una sonrisa al loco ese desde lo alto del camión. Nos injuria y nos hace fakiu mientras nosotros nos alejamos desde arriba hacia arriba. Vamos a Salinas Grandes.
El camionero es un desquiciado, encerrando a los coches en cada curva, obligándolos a frenar para no morir mientras recibe bocinazos cada vez que dobla.
Nyx pregunta, para poder distraerse de la ruta, si en sus años arriba del camión ha visto algo extraño, paranormal. José, que venía muy animado contándonos sus historias amorosas cambia de expresión repentinamente y hace un silencio que nos obliga a tomarlo en serio.
- Hace cosa de un año, iba para Santa Cruz. Llevaba cajones de pollos de una granja en Buenos Aires para allá. Cruzaba La Pampa de punta a punta, pero había un tramo en el que me desviaba y no pasaba por la ruta más directa, la que pasa por Santa Rosa, porque ahí está lleno de gitanos, y ya tuve problemas con ellos. Lo que hacen es cortar la ruta de noche con un barril o un tronco y cuando uno frena lo asaltan. Entonces es o ir armado y dispararle a uno que otro gitano cuando se te cruzan, o directamente desviarse y hacer unos kilómetros de más, para evitar problemas. Eso hacía yo, me desviaba para ir más tranquilo.
Una noche sin luna; me acuerdo porque no se veía niputa, veo al costado de la ruta, cuando ya la tengo cerquita, a una piba, rubia, blanca blanca, con unos bolsos y una cara de triste que ni te cuento, haciendo dedo. Nosé, creo que me dio pena y frené. Le pregunté a donde iba y me dijo que ahí nomás, pasando Santa Rosa, masomenos dónde yo empalmaba con la ruta más directa, la que me llevaba a Neuquén. La piba era hermosa, rubia rubia, como sabe haber en Posadas y con unos ojasos verdes que resplandecían en la noche como los de un gato. Era un bombón. Pero no la subí por eso, en serio, no se rían che; la subí porque me dio pena, estaba sola ahí, y sus ojos a pesar de ser hermosos, eran muy tristes.
Fuimos hablando, bah, yo hablaba, ella solo asentía y miraba hacia adelante. Y yo le charlaba; a mi me gusta hablar, y la jodía, quería hacerla reír. Pero ella nada, seria, solo asentía con los ojos quietos, tristes, fijos en el parabrisas.
Hubo un momento, algo me puse a buscar. No sé si la yerba o los lentes. Estiré la mano para abrir la guantera y sin querer le miré los pies. – Ahí José calló y nos miró a nosotros. Primero a Nyx que me apretaba el brazo y después a mí, que sudaba frío. Sus ojos negros se oscurecieron en la cabina del camión. Y José, con una expresión que mezclaba angustia y terror, continuó. – No tenía pies. –
Un silencio demasiado largo me hizo preguntar:
- ¿Qué tenía, prótesis? – José negó con la cabeza.
- ¿Eran solo los muñones? – Aventuró Nyx y José volvió a negar.
- ¿Entonces? –
José permaneció en silencio y al cabo de unos segundos habló:
- Patas de gallo. La piba tenía patas de gallo.
Un silencio más largo nos mantuvo alertas, eléctricos, como a punto de descargar al mínimo roce. Un temblor antiguo se apoderó de mis piernas y tuve que hacer un buen esfuerzo para disimularlo y aún así mi pantalón vibraba. Un silencio que esta vez rompió José.
- No volví a mirar y no volví a hablar. Me quedé mudo, sumido en un terror de niño, hasta que llegamos al lugar donde se tenía que bajar. Bajó y no le miré los pies de nuevo. Cerré la puerta y arranqué. Desde ese día soy cristiano – y acaricia el rosario hecho de caracolitos que cuelga del techo del camión – y nunca más levanto a nadie de noche. Sea hombre, mujer o niño. Y mucho menos le miro los pies. –
Toma un trago de agua y frena.
- Aquí los dejo chicos, Salinas Grandes. Disfruten de la tarde. – Y se va, dejándonos mudos al costado de la ruta.
Cuando por fin recuperamos el habla prometemos nunca más pedir historias a los camioneros y hacemos chistes para calentar el cuerpo que se ha congelado después de la anécdota.
Salinas es fabuloso! Un tour a $1.200.- que va hasta el ojo del salar nos parece excesivo sobre todo al escuchar que solo se puede estar un ratito allí, para la foto y ya está. Así que no lo pagamos y nos quedamos por ahí, haciendo lo que todos hacen. Una colonia de turistas que mueven los brazos, saltan y corren. Grupos que se separan y se alejan mientras los que han quedado cerca de la cámara apuntan sus palmas hacia el cielo y simulan sostener a sus compañeros sobre ellas. Gente que devora gente. Niños que salen de sombreros y zapatos. Madres diminutas a punto de ser pisadas por sus hijos que son gigantes. Lo que cuento pareciera ser un cuadro de Goya, pero no es más que un par de humanos jugando con la perspectiva. Y así nos pasamos toda la tarde. Acomodando la cámara, gritando ¡quedate quieta!, corriendo mientras el temporizador se prepara para el disparo.
Cuando queremos arrancar a hacer un sendero siguiendo el camino negro de los autos en la sal, a pesar de los carteles que indican su prohibición, nos damos cuenta que ya es demasiado tarde y no nos da el tiempo si es que queremos conseguir un auto que nos lleve de vuelta a lo de Luis. Pero por favor esta vez, nada de camiones, eso sí.
Disfrutamos de los últimos rayitos de sol del atardecer que dibuja sombras y siluetas hermosas en el suelo salado y arrancamos porque ya es tarde. A la ruta, donde por suerte tres docentes de historia nos levantan justo antes de que anochezca y nos llevan de vuelta a casa, donde espera Melo, mi gran amiga Melo, que llegó hace un rato y está amasando una pizzas. Un abrazo gigante, a reír, a charlar y a contar historias de terror junto al fuego. No aprendemos más.

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