SALTA
11/07/22 – Mirador Oeste y Dedo a Salta
Subimos al mirador Oeste para no perder la costumbre de ir hacia lo alto y nos vamos para Salta.
A la salida del puente nos levantan y nos llevan hasta Payogasta, y de ahí a esperar unas horas hasta que unos franceses frenan y se ofrecen a acompañarnos hasta Salta, o mejor dicho, nos permiten acompañarlos a ellos. Vamos por la ruta 33, hacia la Cuesta del Obispo. Rozamos los 2500msm y nos detenemos a ver el panorama, la ruta enroscada que baja bordea las montañas.
- En Europa, solo en Irlanda existen cerros pelados sin árboles. Esto para nosotros es nuevo y asombroso. – Dice uno de nuestros compañeros de viaje.
- Para nosotros también. – Respondo mientras no puedo dejar de observar la grieta negra que rompe el cerro verde que tenemos enfrente nuestro.
La verdad, esto es asombroso.
El camino es largo y enroscado, como una serpiente indecisa que no sabe a donde va. Nosotros sí, vamos a Salta, aunque no tenemos Couch que nos hospede, ni cama reservada en algún hostel, y mucho menos sabemos aún que Salta está todo lleno por las vacaciones de invierno y que nos va a costar un resfrío en la plaza mientras la noche se avecina, y que tendremos que hacer un montón de llamadas para escuchar del otro lado que ya no hay disponibilidad.
Así nos recibe Salta, apretada y linda, rebalsante de turistas. La suerte nos acompaña y Nyx consigue un Hostel en una casa señorial y antigua a una cuadra de la plaza. Sol Huasi. A cocinar una tartita y a dormir, que esto, ya sabemos, sigue y seguirá.
12/07/22 – Salta La Linda
El museo del Norte Argentino, frente a la plaza de Salta es una belleza. Nos quedamos hasta que nos echan. Por la tarde visitamos el museo de Antropología al pie del Cerro San Bernardo y nos encanta. Hay piedras que al golpearlas suenan a campanas y tocamos las 12 una y otra vez hasta que nos vuelven a echar. En esta ocasión no por cierre sino por hinchapelotas. De ahí para arriba, a subir al San Bernardo.
El atardecer tiñe de dorado la ciudad y de gris el humo de un incendio que arde por el centro. Los bomberos tardarán un rato en apagarlo y las llamas nos mostrarán desde lo lejos su furia y su persistencia de dios antiguo, ardiendo y devorando lo que mañana será cenizas. Un teleférico cargado de turistas no para de subir gente y siguen llegando también los que prefieren las escaleras. El cerro es un kilombo. Un kilombo hermoso.
Nos vamos de noche, bajando a oscuras los escalones irregulares que de vez en vez se iluminan por algún farol en el camino.
Alan, el alemán que colecciona condimentos, ha puesto a remojar unas lentejas. Nosotros compramos unas cuantas verduras y nos ponemos a cocinar. Cocinamos como para veinte, y menos mal porque a la medianoche, cuando estamos cenando, llega una pareja de españoles con hambre y los sentamos a la mesa.
Reímos y compartimos historias. Y nos cuentas que vienen haciendo Couchsurfing desde Tucumán, que han pasado por Tafí del Valle, y que sí, se han alojado con Naty también, nuestra anfitriona en Tafí del Valle.
- No! Pará! Ustedes son los chicos de los ñoquis!! – Grita Aurora de repente.
- Sí! La pareja patagónica. – Confirma Raúl tomándose la cabeza con las manos.
No lo pueden creer. Nosotros tampoco.
Aurora y Raúl, los chicos que acaban de llegar al mismo hostel donde estamos nosotros, y que están cenando el guiso que preparamos nosotros, se han quedado con Naty en la misma cama que dormimos nosotros, y han comido los ñoquis que sí, habíamos preparado nosotros. La vida es un entretejido de acciones y reacciones que mueve gente, trenza y conecta, y aquí ellos volviendo a probar un plato de comida hecho por nuestras manos.
¿Nos habremos visto antes, sin vernos, en alguna esquina en algún lugar? ¿O nos conocemos de otro tiempo, de otra era, de otra vida? ¿Nos volveremos a ver? Quizá después, cuando todos seamos estrellas. Pensar en el tiempo que no entiendo y que no existe me fatiga. O quizás es el guiso que nos da modorra. A lavarnos los dientes y a dormir, que hoy es hoy y estamos aquí.
13/07/22 – San Lorenzo
El 7 es el bondi que va hasta San Lorenzo, una localidad cercana, entremedio de la yunga. Pero primero al museo de Bellas Artes. Es el primero de este estilo que visitamos. En la sala de abajo hay una exposición de Alberto Klix, “El Fiaca”, artista Salteño, que está tremenda! Caminamos y nos perdemos en las historias que El Fiaca nos presenta a trazo limpio y a color. Personajes como María Dólar, el carnicero, el prócer, el tanguero de alas rotas, nos detienen un buen rato hablándonos sin palabras.
Arriba una fotografía de Güemes creada a partir de lo que ha contado su familia, de dibujos y de datos históricos nos lo muestra juvenil, decidido, con una mirada romántica que conmueve. Y nos vamos.
- ¿Les ha gustado? – Nos pregunta un hombre a la salida del museo.
- Sí, y mucho. – Respondemos antes de irnos y su sonrisa se muestra melancólica al contarnos que no hay mucha gente que lo visite. – No saben de lo que se pierden. –
Ahora sí, el 7 a San Lorenzo. Un río hermoso y el inicio de un sendero que nos lleva hasta un mirador. O eso creímos. Porque en realidad al único lugar a donde nos conduce es a un cerco con alambre de púas. El sendero ahora es de alguien, el mirador también, y ese tramo de río tan bello también. María Dólar ¿hasta cuándo beberemos de tu leche podrida?
Preguntamos y nos cuentan de otro sendero al que no han cercado. Es pasando el castillo. Seguimos las indicaciones y vemos desde afuera el castillo que ahora es hotel y no entramos al ver la opulencia de los clientes. Pero al pasar por la casa abandonada que está al lado, nos tentamos y metemos.
- Esa casa está embrujada. – Grita una niña desde afuera y su padre repite a viva voz.
- ¡Esa casa está embrujada! – Y revolea una piedra a los arbustos para asustarnos.
Nos reímos y nos adentramos. La casa está en pedazos. Hay subsuelo y múltiples habitaciones. Las primeras sin techo llenas de grafitis. Pero las últimas están a oscuras y hace falta una linterna para inspeccionarlas. Y entonces vemos o sentimos lo que nos han gritado. “Esa casa está embrujada”. Palabras en latín que no desciframos escritas con tinta roja en las paredes, restos de velas alrededor de un círculo en el piso, con figuras geométricas de triángulos invertidos y círculos internos que se entrecruzan. Olor a azufre y a bicho muerto. Y una estatuilla pequeña y gris en un rincón a la que no nos acercamos por las dudas, por el temblor que empieza a recorrer nuestros cuerpos. Una mirada basta para que nos vayamos a paso urgido. A veces un vistazo basta. Y a nosotros nos bastó.
Al costado de la casa está el sendero y hablamos para olvidar lo que hemos visto. Subimos y subimos. Algunas flechas marcan el camino hacia la cima del cerro El Elefante. Buen nombre, porque la verdad es que nos cuesta bastante llegar hasta arriba. En el camino, cerca del atardecer, un guía que viene bajando nos consulta si ya conocemos. Le decimos que no y nos alerta de que no colguemos porque a la noche no se va a ver nada y que podemos confundirnos, caernos al abismo y morir en agonía. Pero que falta poco.
Llegamos y el esfuerzo vale la pena. Un claro de grama verde nos espera en la punta de El Elefante para que nos sentemos a tomar mate. La ciudad se ve minúscula desde la altura y el cerro San Bernardo es un puntito pequeño que nos cuesta identificar. El sol se ha ido y en el horizonte vemos un fulgor naranja que confundimos con nubes. Con nubes que crecen de a poquito hasta que nos damos cuenta que es la luna que está saliendo en el horizonte. La luna llena, gigante, en Capricornio, naciendo para nosotros, que fuimos sin saberlo, movidos por su energía milenaria, a recibirla a lo alto del cerro. La vemos hasta entrada la noche y bajamos el cerro a oscuras, como nos gusta, desobedeciendo a la autoridad.








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