AURORA Y RAÚL, UNA VEZ MÁS

30/07/22 

Cómo era de esperarse, nos volvemos a ver. Raúl y Aurora nos han escrito avisándonos que venían para Humahuaca, y aquí llegan, una vez más, a cruzarse con nosotros, y a dormir en el mismo camping, que es baratito, y a comer guisito de lentejas, otra vez.

Lentejas rojas canadienses, calabaza, cuatros tipos de papas diferentes, batata, choclo, cebolla, zanahoria, morrón, ajo, boñato. Un guiso al fuego bien cargado para calentar el pecho que las noches de Humahuaca congelan sin piedad. Música, risas e historias. Su compañía nos agrada y parece que es recíproco, nada de cuentos de la cripta por esta noche, que la habitación que nos tocó es la 666, y ya con eso y con lo de ayer, tenemos demasiado.

Pero como no podemos parar de hablar y de sorprendernos con tanta historia que tenemos adentro, guardada, nuestra, porque somos eso, tan solo un puñado de historias; por eso es que cuento de mi prima, la medium, y de su instrucción en distintas ramas de la metafísica. Cuento de Fiorentina, mi prima, que habla con los muertos. Que ha visto el mundo desde lejos en un sueño y le costó reconocerlo por la cantidad de basura espacial que lo cubría. Que se entiende con las mantis, no las pequeñitas del jardín, sino con las de dos metros que visten túnicas blancas y vienen de cielos oscuros, de mundos sin soles. Hablo de Fiorentina y de su reciente estudio en Constelaciones Familiares, un nuevo método que la ciencia seguro niega, para tratar pacientes que necesiten sanar el alma, dónde el Amplax y el Rivo no funcionan. Es cuando los ojos de Raulito, que estaba oyendo con atención, se abren y nos cuenta su propia experiencia participando en Constelaciones.

Nos cuenta que había ido un par de veces y había flipado, pero que nunca nunca, como la última vez que fue, la que lo hizo dejar de ir. Raulito estaba en Salamanca, y asistía con entusiasmo a las sesiones porque tenía curiosidad, quería entender. Y así fue, cómo le tocó constelar a un tipo, a un argentino, él, y unas cuantas personas más. El tipo no quiso decir qué era lo que iba a constelar, qué era lo que quería sanar, soltar de una vez por todas.

- Empecé a sentir calor, mucho calor. Me tuve que sacar la remera. Las gotas de sudor me corrían por la frente, por la espalda, tenía las manos empapadas. Dos de las chicas que estaban alrededor empezaron a toser. Una se tiró al suelo y no podía parar la tos. Se agarraba la garganta, se tiraba de los pelos. Yo las veía y me daban calor, todo me daba calor. Así que me saqué las zapatillas, las medias. Si era por mí me sacaba el pantalón, te juro. El tipo se largó a llorar y ahí, el que coordinaba ese día la sesión, cortó y dijo que era suficiente. El Argentino, secándose las lágrimas con el buzo, agradeció y se fue. Yo me vestí y salí a fumar un cigarrito. Mientras fumaba, pensaba, ¿qué carajos pasó ahí? De todas las sesiones que había participado, nunca ninguna fue tan intensa. Estaba en eso cuando se me acercó un chaval y me pidió fuego. Era el Argentino. Se rió cuando terminó de pronunciar las palabras. Justo yo pidiendo fuego, como si no tuviera suficiente. Permanecí callado, a mí que me encanta hablar, me quedé en silencio. Y el tipo, después de darle una calada larguísima al cigarro, me dijo yo, flaco, estuve en cromañón. Después tiró lo que quedaba del cigarro al piso y se fue. Nunca más lo vi. Nunca más volví. En ese momento no sabía nada de lo de Callejeros yo. Ese día me enteré.

No pude decir nada. Ni Aurora, tampoco Nyx. Permanecimos los cuatro, de cara al fuego, observándolo en silencio, preguntándole por qué.


Al día siguiente vamos al Hornocal, una vez más, a pasar la tarde. El viento está fuerte y frío, pero por suerte los mates abrigan bastante. Nos quedamos hasta que el sol se va y volvemos como fuimos y como vamos a todos lados, a dedo.

Pizzas a la parri que salen deliciosas y redonditos de ricota. Un trago pa la pacha cuando se hacen las doce y agradecer por tanta abundancia y tanta belleza. Pan y flores. Nada más, con eso basta.


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