IRUYA
24/07/22
Vayan a Iruya; pasen por Iruya; tienen que conocer Iruya. Esto nos vienen diciendo desde que contamos que vamos al norte, y bueno, hacemos caso. Tomamos un bondi, porque nos han dicho que el camino es enroscado y al borde del precipicio, y preferimos dejar nuestras vidas en manos de alguien que hace ese recorrido a diario y no en manos de un turista aventurero. El camino dura tres horas, tres horas y media. Nyx ha reservado cama en el hospedaje de Palmira y al bajar del bondi entendemos por qué tanta, pero tanta gente ha insistido en que vengamos para acá.
Un pueblo al borde de la montaña, con un río que lo atraviesa y los cóndores que revolotean a nuestro alrededor, como si fueran Calandrias en Buenos Aires o Bandurrias en Bariloche. Los montes desgarrados, fluorecentes, enormes, rodean al pueblo, conteniéndolo. Burros en la plaza, tortilla rellena y empanaditas. Y nosotros felices de haber hecho caso a todos aquellos que nos dijeron que vayásemos para ahí.
Un mirador cerquita, que en la cima tiene (seguramente adivinen) una cruz, nos ofrece el último pedacito de sol. Desde arriba se ve el pueblo, la iglesia, los montes rasguñados enfrente. Una parejita nos conversa, nos invita un juego de mesa, The Mind. Un juego de cartas dónde todos somos aliados y no competimos. Un juego de telepatía.
Las reglas son simples, comunicarse sin hablar, sin gestos ni señas, y ordenar, de menor a mayor las cartas que tenemos en las manos. De a una por vez las cartas van al centro de la mesa. Si alguien tira una carta elevada, por ejemplo el 66, antes de que otro tire una carta menor, por ejemplo el 33, el grupo pierde una vida.
La miro a Nyx y le cuento mis cartas sin hablar: el nueve, el setenta, el ochenta y ocho. Nyx sonríe y me pasa las suyas con palabras que no pronuncia: el diecisiete, el veintiuno, el cincuenta y cuatro. Si tan solo pudiéramos leer todas las mentes, ganaríamos el juego en un santiamén. Pero las cartas de Quimey y de Fede nos son ajenas. Y por sus rostros sabemos que entre ellos tampoco saben sus cartas. La legeremancia es un arte que se agudiza con los años. Con Nyx la practicamos desde los comienzos y el correr del tiempo la ha normalizado. Solo basta cerrar los ojos y conectarse. A veces falla, el estrés, el cansancio y el hambre son bloqueadores naturales. Pero ahora, estando de viaje, lejos de la ciudad, con el estómago lleno de mandarinas y la mente limpia, nos resulta fácil. Pero Fede y Quimey se nos complican, ellos están simplemente de vacaciones. Así que por más que sabemos nuestras cartas, perdemos, al no poder conocer, de antemano, las de ellos.
Refresca y bajamos, a merendar al hostel. Otro termo de mate y pancito con mermelada de mandarina casera que preparó la abuela de Fede. Mari y Mati se suman a la mesa, y se prenden a las discusiones literarias que nos tienen entretenidos. Historias de terror y fideos con salsa, y un juego de mesa más, que los chicos sacan de un bolso sin fondo, como el de Félix. Tienen un emprendimiento de juegos de mesa a la gorra, por eso tantos naipes y tableros y dados y fichitas de colores salen de ese bolso interminable. Brujuludens es el nombre que han elegido para representarlos. Antes de irse prometen unas pizzas a la parri al día siguiente y nos ofrecen una bolsa que llaman La Bolsa de los Tiempos, y nos instan a meter la mano.
Nyx va primero y de ella saca un papelito que dice Tiempo de abrazar. La miro y la abrazo. El que elijo yo, sin ver, es un poco menos amiguero; dice Tiempo de desistir. Lo leo con ganas de romperlo, de hacerlo trizas y quemarlo. Pero no, lo guardo. Tiempo de desistir, ¿qué me querrá decir?

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