LA QUIACA
03/08/22
Llegamos a la Quiaca ayer, escuchando a León, en taxi desde Abra Pampa, sitio donde cada año se organiza un torneo de SandBoard en su cerro de arena. El taxi paró aunque estuviéramos haciendo dedo y no nos cobró, por suerte. El que sí le cobró a él fue un cana, antes de llegar a la Quiaca, mil pesitos, por no tener pago el seguro de agosto.
Aquí no hay mucho para ver, salvo el cartel que nos cuenta que Ushuaia está a 5121 Km, y el cruce de frontera, donde Bolivianos desesperados cruzan mercaderías, tanto de manera legal como ilegal desde Argentina, que, usando las palabras de ellos, está regalada.
De no ser porque conocimos a Iván, Juli y a Bélico, este lugar no hubiera merecido dos días de nuestro tiempo. Coincidimos con ellos el hospedaje donde nos estamos quedando y proponemos una cena. Guiso de porotos rojos. Madre santa, pobre baño.
Ellos viajan en una Land Rover, que acaban de chocar volviendo de Iruya, y por eso deben quedarse diez días en La Quiaca. Viajan junto a Bélico, su perro y son artistas circenses, además de artesanos. El choque fue una pavada por suerte, teniendo en cuenta que bajaban por el camino de Iruya, de noche, que ya de día es complicado. Conocerán Sudamérica en la chata, así que seguro los volveremos a ver.
Los porotos rojos son dinamita, y a las 3.33 de la madrugada despierto y corro al baño. No hay luz, parece que aquí la cortan después de las doce. Por lo que llevo una vela y abro la ventana para que no explote todo. En el baño, frente al espejo, me veo, y la luz tenue que me ilumina desde abajo me hace pensar.
Mañana dejaré Argentina, cruzaré a Bolivia, y creo que este viaje hasta aquí, merece una reflexión.
¿Cuántas cosas hemos vivido? ¿Cuántas cosas han pasado? Rememorando vuelvo a Uquía y a esa bruja en la piedra roja, y en mis ojos veo el miedo que sentí hace unos días. La puerta 666 en el camping, las inscripciones en el túnel de Tilcara, la casa abandonada de San Lorenzo, los ojos en la penumbra, las arañas, las pesadillas. Hay algo raro en este viaje, algo hermoso y algo oscuro. Lo hermoso no me llama la atención, porque lo sospechaba; pero sí lo oscuro. Hay algo negro que se acerca y nos acecha, que nos toca y nos pervierte, que grita nuestro nombre cuando el sol se escapa. ¿Qué querrá de mí? ¿Qué querrá de nosotros?
Arranqué este viaje buscando un camino hacia mí mismo, hacia el centro, hasta el fondo, el principio. Y pensé que todo sería hermoso, magnífico. Pero no. Ciertas fuerzas que no conozco ni controlo tiran de mí hacia lo hondo, hacia el vacío. Me obligan a cubrirme, a defenderme, me obligan a arrodillarme. Cuánto más busco a dios, más seguido me encuentro con el diablo. Y en cada flor que me acerco a oler vive un escorpión que amenaza con picarme.
Esto, no es, ni de cerca, lo que esperaba cuando soñaba con este viaje. Aún así no termina de desagradarme. Hay notas dulces en el sabor del alquitrán puedo asegurar ahora que lo he probado. Y algo sagrado y bello en el fuego que todo lo destruye.
Ahora entiendo que quien va por todo va por todo, y la senda de la luz proyecta sí o sí una sombra a su costado. Y es necesario caminar las dos para llegar hasta el final, hasta el fondo, hasta el principio. Desde que nací que miro al sol que me ciega y no volteo a ver mi sombra. Crecí mirando al cielo por eso nunca vi (no quise ver) la silueta negra que crecía a mis espaldas. Y ahí mandé todo aquello que no quise, todo lo que no me gustó, todo lo que no servía. Pero no se fue, ahí quedó, cada vez más grande, cada vez más negro, en la sombra, mi propia sombra.
Y quizás, porque ahora viajo hacia mí, que la mierda que tapé durante tanto tiempo, sale a flote y surge tan cerca, tan mía, desde atrás y me devora y me posee. Quizás dios no viva afuera ni arriba, sino adentro, en una cajita cerrada amurallada de palabras. Una cajita que en silencio, sé que voy a romper.
Y ahora, frente al espejo, me veo, con la luz que me alumbra desde abajo, tan distinto y nuevo, un extraño en este cuerpo. Yo, finalmente yo. Respiro hondo, juntando aire para apagar la vela, y en el reflejo junto a mí veo a la niña del tren que me mira con sus profundos ojos negros, me sonríe y la apaga por mí.
Ahora, en la oscuridad de la noche, frente al espejo, sin luces y sin fuego, me veo por primera vez. Y ya no tengo miedo.

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