MIRADOR PEÑA BLANCA

01/08/22 

Raulito y Aurora se van pa Bolivia, a hacer los pelpa para extender su visa en Argentina, y volverán a la noche. Nosotros al centro a ver si hay festejos. 

Humita en chala y tamal con charki, a $200.- cada uno, y a morfar a la plaza. Los turistas se reúnen alrededor de un árbol con los celulares en alto. Y como nosotros somos turistas, o así creo que es acertado calificarnos, vamos a ver qué pasa. Dos mujeres hacen un pozo en la poca tierra de la plaza, para ofrendar a la pacha alcohol y tabaco. Nos resulta un poco raro que en su día entierren nicotina, pero nuestra palabra aquí no vale. Así que nos vamos a repetir el almuerzo que estaba muy rico y baratito, y a mirar a Humahuaca desde lo alto, al mirador Peña Blanca.

Cruzamos el puente y subimos, no mucho, hasta llegar hasta allí. Una siesta sobre la piedra porque la panza lo pide. Despertamos al atardecer, con el sol naranja allá lejitos, escapándose de a poco del pueblo que canta a su madre y bebe en ronda alrededor de los árboles.

Los turistas son ajenos a la fiesta que se hace en casas particulares, en los patios de las abuelas, en cerros alejados. Pero los cantos llegan hasta acá y los vemos ofrendar, beber y aullar a la madre tierra que recibe los vicios que nos tienen presos. Como si ella tuviera la culpa, como si ella quisiera fumar, o beber chicha hasta vomitar.

¿Qué mejor que la paz y el silencio para honrarla? Después de tantos años de envenenarla con nuestras minas, nuestros plásticos, nuestro desprecio estúpido de seres capitalistas. Hace unos días leí que ya agotamos el “presupuesto ecológico” de este año y que estamos utilizando ya los recursos del siguiente. Y que venimos en éste déficit hace bastante, y que el tiempo se acaba, y que pronto, pronto, prontito, la abundancia se terminará y la escasez vendrá, ya llega, está en la puerta.

Y mientras tanto bebemos y fumamos y cantamos. Cantamos para no oír lo que la tierra dice. Y lo que dice es: ¡Basta, ya no hay tiempo! Pero estamos sordos, y seguimos cantando, cada vez más fuerte, hasta aturdirnos, y venga otro trago, que ya no importa.

Todos nuestros ríos están envenenados. Hay microplásticos en todos los océanos, en cada uno de los peces, en las vacas, en los cerdos, en las llamas. Y ahora el litio, oro blanco, que alimenta todos nuestros aparatos. De Salinas Grandes vienen a sacarlo, la Toyota, y se lo lleva, en camiones custodiados por japoneses armados hasta los dientes hasta el aeropuerto, directo a la isla, a sus fábricas asiáticas. Y de allá, de Oriente, vienen también algunos, los Israelitas, pero ellos no vienen al norte, ellos van directo al sur, a la Patagonia, nueva tierra prometida. Financiados por el estado de Israel, jóvenes llegan en manadas, a estudiar la zona y a escribir proyectos de cómo vivir en el sur de América, dónde las vertientes de agua dulce abundan, puesto que en el resto del mundo ya escasean. Y ya hay algunos, como bien se sabe, que se han avivado con tiempo y han comprado con papelitos de colores enormes cantidades de la pacha, incluidos los lagos, incluida la gente. Y ojalá esto fuera ficción. Ojalá fuera tan solo otro cuento de Edgar Allan Poe. Pero no. Mientras nosotros cantamos y bebemos y fumamos, un pedacito de nuestra madre es vendida, un trocito de pacha envenenada, un cachito de vida que se va, que se muere, que se olvida. Dinosaurios somos, pero esta vez no habrá nueva raza que recuerde a los primates extintos por ellos mismos, porque no habrá casa que hospede un nuevo milagro. Se acaba el tiempo. Ya es tarde. Ya está. Perdimos.


Volvemos a prender un fuego para calentar un poco nuestro corazón de piedra. Asar unas verduras que seguro son transgénitas y a esperar a los chicos que probablemente ya están volviendo. Y así es, llegan con una pizza en las manos y nosotros servimos el asado vegano.

Madre hermosa, te amo, y hoy más que nunca te pido perdón.




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