SALAR DE UYUNI
07/08/22
Acá, la verdad, no hay mucho para hacer, más que acostumbrarse a la cultura de a poquito. Las panaderías, son historia. Así como los supermercados, las verdulerías, las tiendas de ropa, los restaurantes. Existir, sí, existen. Pero no convienen. Todo, exactamente todo lo que uno necesite, se vende en la calle. El mismo producto que se vende en un local, está en la calle a mitad de precio. Por lo que las únicas puertas que cruzamos son las del hostel y las de las habitaciones del hostel. Porque afuera, en el mundo, en Bolivia, no hay puertas. Hay sombrillas y cholas que repiten ¿Qué le vendo Case qué le vendo? o Pase, siéntese, coma Case coma.
Compramos agua embotellada porque nos han dicho que el agua aquí no se bebe. Pero para el mate preferimos hervirla y probarla y esperar la diarrea que no llega, para ver si nos acostumbramos, de a poquito, al agua nueva, que aseguran es potable.
Pero vamos a lo que importa, que es a lo que vinimos a Uyuni, que no tiene más nada (para el paladar hambriento del turista) que el salar. Así que vamos agencia por agencia preguntando y nos enteramos que hay tours de uno, dos y tres días. El primero a 150Bs. es solo la excursión al salar. El segundo ya se sigue el recorrido para el sur, pasando y conociendo algunas lagunas. Tentador pero sale 500Bs. Y el tercero a 750Bs, ni lo escuchamos: nuestros bolsillos nos tapan los oídos. Regateamos y contratamos el de un solo día, al salar y ya, por 140Bs. No mucho pero sirve. Sale a las diez de la mañana.
Nos levantamos, desayunamos nuestro primer desayuno boliviano, café con huevo frito, hervimos (que sacrilegio) el agua para el mate y salimos. Protector solar y gafas, piluso y sonrisa, que hoy señores y señoras, llegó el día de conocer el tan nombrado Salar de Uyuni, que es el más grande du mundo, con 10.500 km cuadrados de extensión.
En la chata que nos lleva de paseo nos acompañan dos brasileros que viajan en moto por Sudamérica, Jona, youtuber en ascenso, y su tío Foster, fotógrafo paceño.
La primer parada es el cementerio de trenes, y ya nos volvemos locos. Decenas de trenes oxidados, torcidos, que se han caído del camino y han quedado ahí, abandonados a las inclemencias del clima y del tiempo que es implacable. Pero es un cementerio lleno de flores, porque la gente no se cansa de visitarlos. Cientos de cámaras fotográficas disparan de frente, desde abajo, desde arriba, en el techo, verticales y horizontales, buscando resaltar entre tantas, una imagen más linda que la otra, más loca, más chévere. Los y las recientes modelos improvisan poses en las circunferencias oxidadas de los trenes. Pasajeros sin rumbo abarrotan los vagones oscuros y se cruzan y se chocan como si fueran las 6 en plaza once. Alguien grita permiso, soy discapacitado, tengo prioridad y otro por allá a ver si algún caballero le da el asiento a la señora. Señorita, que todavía no piso los cincuenta che. Suena el silbato y el guarda que no está cierra las puertas del vagón sin puertas. Un maquinista que no existe arranca, y la locomotora truena y escupe humo transparente. Café, café. Café con leche, café cortado, café, se oye a un vendedor ambulante y los brasileros se dan vuelta desesperados para comprarle. Pero es un eco. Tan solo un eco de mi memoria en el Sarmiento. Desconcertados vuelven a la combi. A nosotros nos vienen a buscar, para que sigamos y paremos, de una vez por todas, de sacar fotos. Próxima estación, Salar de Uyuni. Nos bajamos del tren, hay que hacer combinación.
Pero antes del salar, un ratito a la feria de artesanos, para el que quiera un recuerdito. Los brasileros contentos, hay café. Preguntamos por el baño y nos piden 2Bs. Es un exceso. Nyx prefiere esperar, yo me voy a la vueltita donde no hay nadie que nos cobre.
Y finalmente, ahora sí, el salar.
Vamos por la ruta y a la izquierda ya se empieza a ver el desierto blanco, el laberinto más antiguo, el inmenso Salar de Uyuni. La chata entra y nos acerca a los ojos del salar, donde vemos las burbujas brotar en pequeños charcos de agua desde el fondo, desde debajo de todo, desde andaasaberdónde, hasta la superficie. ¿Quién respira allá abajo? ¿Qué monstruo antiguo se refugia en lo profundo? Lo único que te pido es que, si estás cerca del fondo, donde está el litio, tengas cuidado, porque en cualquier momento vienen a matarte para llevarse tu tesoro milenario. Son humanos, no lo entenderías.
Un volcán dormido se anuncia a lo lejos y camino como hipnotizado. Siento que algo desde allá me llama. Algo que vive en el fuego dormido y que ansía despertar. Algo que quema, antiguo como el principio, furioso como el final. Y camino siguiendo la voz hacia el volcán. Los ojos me arden por tanta luz que el suelo refleja. Y voy, ciego, persiguiendo la voz que me llama desde lo profundo de la montaña de fuego.
- ¡¡Ey, argentino!! – Escucho a lo lejos. Me doy vuelta y un puntito negro que agita las manos me llama. – ¡¡Argentino, volvé!! – Y Nyx que viene corriendo.
- ¿A dónde vas boludo? Dale que nos tenemos que ir. – Y me toma del brazo devolviéndome a la combi, donde todos esperan, sentados, mi llegada.
Nadie rezonga, ya rezongaron. Pero me miran con mala onda. Pido perdón y subo. En el camino, nuestro guía, Yoshua, me cuenta, que la semana pasada se perdió uno.
- Los que vienen solos no saben. Se bajan y es muy fácil desorientarse. Caminás un rato y te perdés. No ves el auto, no sabes donde lo dejaste y fuiste. -
- ¿Y que pasó, tuvieron que rescatarlo? –
- No, murió congelado. Esto es un desierto, gaucho. No hay segunda vuelta. –
¿Habrá escuchado, él también, la voz en el volcán?
Como si fuera Robert Plant quien maneja, llegamos a la escalera al cielo. No es Robert, es Yoshua. No es una canción, es un homenaje a un trabajador, que falleció ahí, en un accidente mientras laburaba. Una escalera hecha completamente de sal en el medio de la nada que no lleva a ningún lado, pero que te acerca un poquito más al cielo. A su costado la sombra inevitable como un serrucho que abre la sal forma otra escalera, opuesta, negra al lado de la blanca. Si la escalera que subimos recién va hacia el cielo, ésta otra ¿hacia dónde va?
Las cámaras disparan, Jona graba sus videos, los brasileros esperan un café. Yoshua grita vamos y vamos, ahora, hacia el monumento del Dakar, dónde están las banderas, a morfar en el primer hotel de sal.
El almuerzo se sirve sobre una mesa de sal y nos sentamos en bancos de sal a comer el almuerzo que está calentito. Arranco un cacho de mesa y se lo echo a la ensalada, rompo un pedazo de silla y lo esparzo sobre el arroz. Foster nos recomienda que vayamos a la Ruta de la Muerte cuando andemos por La Paz, un antiguo camino que une la ciudad con Coroico. Él lo hizo más de cien veces, asegura. Pero hubo una que no se olvida. Lo agarró la noche y las luces de su auto estaban rotas. Y hay una parte, donde se está tan alto, que hay mucha niebla, por las nubes mismas que uno va atravesando. Por lo que la única solución que se le ocurrió fue prender las balizas e ir despacito, por el camino zigzagueante que contornea el abismo. En eso una camionetita, viendo que no avanzaba, decide pasarlo y él, aprovechando la oportunidad, apaga las balizas y se pega, bien cerquita, a la camioneta que hace de guía, adelante, alumbrando con sus luces la oscuridad circundante. Iba bien pegadito para no perderla pero la pierde. De pronto la camionetita desaparece. Y él recuerda, o cree recordar, que en esa parte había una curva muy pronunciada, y frena, en seco, y se baja de su auto. Prende la linterna para ver dónde carajo está y ve como la mitad de las ruedas de adelante están en el aire y comprueba que ha frenado al borde del precipicio.
- Grité y grité, pero ahí, la caída es de más de 300 metros. Volví a mi auto, prendí las balizas, y mas lentito que antes, llegué a Coroico. Ahí avisé a la policía y les marqué en el mapa dónde fue que la camioneta había desaparecido -
- Ahí abajo hay montañas de autos. Ahí caen y ahí quedan. No tiene sentido ir a buscarlos. No se puede – Agrega Jona, su sobrino, mientras saborea el último bocado del plato.
Yoshua avisa que nos vamos y Nyx encara para el baño, pero vuelve pronto, cuando le piden 5Bs. para entrar.
Salimos y afuera, en las paredes del hotel, carteles de prohibido orinar se superponen uno adelante del otro, y uno que otro se salpica con algunas gotitas mías que rebotan en el suelo y los manchan de amarillo.
Ahora toca la isla. Un rataso en la combi y algunos aprovechan para dormir la siesta. El sol va bajando, de a poquito, y aunque el sueñito nos seduce, la emoción nos mantiene despiertos. Sosegados pero con los ojos abiertos, observando el laberinto blanco que se extiende al borde de la ventanilla.
La isla Incahuasi es una belleza. Situada en el medio del salar, desborda de cardones y de turistas. Se piden 30Bs. para escalarla, pero ninguno decide pagarlo, así que nos dispersamos por las periferias, deslumbrados por tanta belleza exótica. La lunita asoma de a ratitos y se esconde tras un cardón a medida que caminamos. El cielo azul, el suelo blanco, la isla marrón oscuro y el verde de los cardones, nos despiertan las ganas de ser pintores, y sacamos todos nuestros pinceles que son las cámaras y dibujamos, de disparo en disparo, todo lo que nuestro ojo ve. Y a pesar que todos vemos lo mismo, nadie dibuja lo mismo, y cada uno de los lienzos manchados es diferente. Algunos apuntan al piso y siguen las líneas de la sal, otros a la luna entre cardón y cardón, hay quién da la espalda a la isla y sigue con el ojo negro de la cámara a una camioneta roja que se va, y quien se mira a sí mismo y se retrata en lo alto de una piedra, erguido, general entre los conquistadores del desierto.
Que linda es la subjetividad, que seres grises seríamos sin ella.
Último destino, el agüita, y a apurarse porque queda lejos y la idea es ver el atardecer allá. Yoshua trajo botas para todos y acelera antes de que el sol se escape. Antes de llegar, nos descalzamos y nos calzamos, y avanzamos, con la camio por el agua, hasta llegar a un lugar donde solo estamos nosotros. Y al bajar la magia ocurre.
Pero primero la quietud, como siempre requiere lo fantástico antes de manifestarse. Un breve momento de silencio, calma y espera. Y zaz, funciona. Nos duplicamos. Aparecemos abajo, invertidos, dados vuelta. Como Alicia, me agacho y toco el espejo, y de pronto todo se da vuelta. Como arriba es abajo, dicen. Y así es. Traspaso mi reflejo y me veo, desde abajo y atrás el cielo, que también está en el suelo, y me confundo y no se quién soy ni donde estoy, ni si al derecho ni al revés. Pero da lo mismo porque son iguales. Dos alas de mariposa, con dos ojos a cada costado, y en el medio la oruga que soy yo, que dejé mi crisálida en La Quiaca, y aquí estoy, en el medio, entre aquí y allá, sosteniendo mis alas que son el mundo para que no se caiga el mundo ni me caiga yo. Para poder seguir volando. Solo por hoy, que es lo que dura la vida de una mariposa. Solo un hoy.
Y el sol se va y son dos soles en el horizonte, dos medios soles, ninguno. Se fue. Y nosotros también. A la combi que este día se terminó y hay que salir del cuento, cruzar de vuelta el espejo, volver al hostel.
En la penumbra de la habitación se ve una sonrisa en medialuna. Alicia hubiese creído que es la del gato, pero yo se que es tan solo la mía.


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