SAN ISIDRO

26/07/22

Siguiendo el río, cruzándolo, bordeándolo, saltándolo, se llega a San Isidro. Dejamos las mochis en Iruya y emprendemos el camino. Renacuajos negros se amontonan en los charcos de agua helada. ¿Cuántos príncipes oscuros nacerán de estas vertientes? 

Cincuenta y cuatro escalones hasta el pueblo y un burro que nos mira y se acerca y nos pide morfi. Lo acaricio y me muerde la mano. Burro maleducado. A subir pasito a pasito, step by step, late que late corazoncito que quiere huir y volver al sillón a mirar la tele, como antes, cuando no cargaba mochilas y andaba en el llano, cuando latía despacio cerca del mar. No como ahora que está sufriendo conmigo a 3000 de altura.

El pueblo tiene diez u once casas, una iglesia pues claro, algunos comedores, un montón de burros y dos hospedajes: el de Teresa, el más conocido, y el de Yuli, que queda enfrente. Por el precio vamos al de enfrente. $1.200.- la piecita con cama de dos plazas, $500.- la docena de empanaditas fritas, preparadas por Elvira y marche una docena ahora mismo que pica el bagre. Miles, millones de diplomas empapelan las paredes del comedor, las mesas, los muebles. Todos a nombre de Ricardo, que al ratito viene, se nos sienta cerquita y nos cuenta.

Nos cuenta que él junto a su mujer, Elvira, han asistido a más de cien partos. Nos cuenta también que han salvado a cuatro mujeres en esos partos que tenían ya, el feto muerto dentro. Nos cuenta que el médico visita el pueblo una vez cada dos meses, y que ha tenido que salir disparado en medio de la oscuridad de la noche cuando han venido a buscarlo para que asista a un enfermo de otro pueblo, lejos, allá, cruzando el monte. Y que luego de cuatro horas de atravesar bosques y esquivar peñas, alumbrado por media luna en el horizonte, ha llegado y ha salvado al enfermo. Ricardo cuenta, las empanadas se enfrían y las sillas que antes apuntaban a la mesa ahora miran a Ricardo que cuenta, sigue contando. Y nosotros callados, escuchando. No solo oyendo; escuchando.

Y nos cuenta que ha venido un turista, un cirujano de Jujuy que le ha dicho, después de mirarlo a los ojos y conocerle el alma, (porque los ojos de Ricardo son un camino directo hacia su alma); que si alguna vez necesita de su ayuda, que lo llame, que lo busque y que lo encuentre, sea sábado, domingo o feriado. Y que así tuvo que ser, cuando una niña de cinco años cayó, a mitad de la noche, por la peña, más de cincuenta metros. Y en el piso, viva, con la cabeza abierta en dos, médula asomando, con brazos y piernas destrozados, las costillas rompiendo la carne, pero viva, sin cara, sin forma, viva; esperando las manos de Ricardo que se acercan, la encuentran, la acarician, la abrazan, la cargan, con cuidado para que no se desarme, para llevarla a Iruya, de Iruya a Humahuaca, de Humahuaca a San Salvador, y dos golpes a la puerta del cirujano y un montón de horas en el quirófano, y la niña viva, que vive, que hoy es médica.

Y nosotros en silencio, oyendo no, escuchando, aprendiendo en silencio, de Ricardo que es todo voz, todo verdad, todo vida, todo realidad. Y pensando en las veces que fui al hospital por un dolor de panza. Y cuando putié a los gritos porque no andaba el wifi. Y cuando me quejé porque las empanadas traían aceitunas. O el café estaba frío, o canté mal el envido, o se pinchó la bici. Y todo parece chiquito y tonto. Y Ricardo, que no debe medir más de metro y medio, se me figura gigante, no como un titán, sino como un Dios. No como un Dios, sino como un hombre. Un hombre y punto. Sin corbata, ni argumentos, ni excusas ni demasiadas palabras. Un hombre que ha vivido y ha sabido vivir. Un hombre nada más.

Y porque no podemos parar de escucharlo es que nos cuenta del León.

Nos cuenta que ha podido verlo, una sola vez. Que no sabe que hace un león por aquellos lados. Que su papá le ha dicho que quizás se escapó de un circo o de alguien que ha sabido tener. Y que su hija lo ha visto también.

- Ella fue a carnear un corderito, para traer carne aquí. Y bueno lo pelaron todo al cordero. Estaba pelao ya todo para cargarlo. Se retira un poco, hace como cien metros, y cuando se da la vuelta a mirarlo, el león se lo ha echado al lomo. Todo así, completo el cordero de treinta kilos, se lo echó al lomo y se fue. Han querido pedriarlo, corretearlo, pero nada…

- Es feo tenerlo al bicho ahí cerquita. Tiene un rugir muy muy fuerte. Es como que tiembla ve, el lugar a donde él… Asusta un poco.

- Mi papá me ha contado, ve. Vos nunca trates de disparar, no corras. No disparés porque él se siente más fuerte, más furioso. Si lo ves, pará, miralo, tranquilizate, recula despacio. Entonces de esa forma uno hace que el León empiece a relajarse. Si uno empieza a disparar o a querer pedriarlo, él se pone más…

- Bueno yo he visto que él me decía, mi papá ve, y logré salir bien.

- Después otro señor lo enfrentó así ve, como supongamos que ahí estaba la barranca ve, una peña así, grande. El bajaba como para Iruya y el León subía. Entre medio de la roca había un camino, por donde transitaba la gente. El señor bajaba y el león subía. Y bueno el león cuando se ve atropellado ataca. Entonces lo que hizo el león fue brincarlo a la persona. Bueno, el señor ve que la única oportunidad de salvarse era meterle un puñetazo. Bueno, le pega la piña, logra tocarlo, y el león cayó al precipicio.

Sin más, Ricardo nos deja, con la boca abierta y las empanadas frías, contento, según nos dice, de haberle hecho conocer un poco más al turista, su historia, su pueblo, la vida por aquellos lados.


El cielo, a la noche, como era de esperarse, se nos cae en la cara. Andamos apuntando al suelo con las linternas para no caernos al vacío, por los caminos que bordean el abismo, hasta llegar al río. El cielo está prendido y no nos alcanzan los deseos para tantas estrellas fugaces que vemos pasar. La noche está fría pero hermosa, y avanzamos, costeando el río, en medio de lo oscuro. Temiendo sí que aparezca un felino y nos destroce las entrañas, pero ávidos de atravesar el misterio que lo oscuro nos propone.

Unos ojos nos vigilan, los vemos fulgurar en la negrura cuando disparamos nuestras linternas. ¿Será un gato grande, un burro, una lechuza? ¿Será un ser conocido o alguno de otro plano? ¿Será un ángel de alas rotas, o un reptil que avanza erguido? En la sombra las formas son todas las formas, y lo que fue silueta ahora es espesura, noche, pavura. Lo que no ves no es. O es otra cosa, otro algo, pura sombra en lo oscuro. 

Avanzamos tomados de las manos hasta llegar a un puente que vemos desde abajo. El puente es un camino que une este extremo y el de enfrente, derecha e izquierda, un deste lado y un deste otro. Un allá después y un aquí ahora. Pero debajo del puente se forma un túnel que lo atraviesa, lo desarma, lo rompe todo. Por ahí cruzamos con Nyx, por el de abajo. Por donde pasa el río.

Los ojos nos siguen acechando pero ya no tememos. La oscuridad nos cubre como un poncho, como un manto negro y apagamos las linternas. En lo oscuro nosotros también nos perdemos, no hay espejos que reflejen nuestros rostros, nuestros cuerpos, nuestra forma conocida. Ahora también somos noche, somos esos ojos que nos miran; somos la bestia y la presa y las pesadillas más antiguas. Somos la sombra que lo cubre todo y somos todo. Somos el recuerdo de lo que fuimos y no pronunciamos sonido alguno, para permanecer así, extraviados, confundidos, amalgamados en el mundo con el mundo. Aquí, en la noche que lo cubre todo, somos ausencia.

El amanecer nos devuelve la voz y la memoria reconstruye la realidad de a poquito, fotón a fotón. Los huesos de un cadáver de animal resplandecen cerca nuestro. Un fémur, la mandíbula, un montón de vértebras. ¿Acaso lo habremos devorado nosotros? ¿O fue la noche, o fue la bestia? ¿Qué bestia? ¿Quizás, yo? El sol me obliga a creer que no y nos vamos, de vuelta a lo de Yuli, a dormir y a olvidar una noche fuera del tiempo de la cual no nos acordamos nada.


Despertamos después del mediodía y bajamos de vuelta al río. Nos desnudamos y nos bañamos en el agua helada. El frío nos recuerda quiénes somos y el calor del sol nos cura las heridas que la oscuridad nos ha dejado por dentro. Somos luz, somos ella y yo en el río que corre, somos un beso tibio y hermoso, somos seres humanos. Tenemos nuestro lugar y es aquí. Tenemos, también, tan solo un momento, y es ahora.

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