UQUÍA, QUEBRADA DE LAS SEÑORITAS
29/07/22
Nos levantamos, calentamos la pava al fuego y arrancamos. Empanaditas a $50.-, de charki para mí, de quínoa para Nyx, y a hacer dedo para la Inca Cueva que queda en Azul Pampa. Cuentan que la empezaron a proteger en 2017, por lo que no pudieron evitar que algún aburrido con aerosol haya escrito las paredes de la cueva donde están dibujados petroglifos de antaño. Más de dos horas bajo el sol y nadie nos levanta, por lo que cuando vemos un micro que para en una esquina nos subimos. Pero el chófer dobla para el otro lado así que cambiamos de destino y la Inca Cueva quedará para otro día, y hoy será La Quebrada de las Señoritas, en Uquía.
$80.- hasta allá y llegamos en 10 minutos. El sendero sale de ahí nomás y nos lleva hasta la puerta donde nos cobran $100.- para ingresar. Y nos comentan que una parte es gratuita, la del anfiteatro, pero la otra es paga, con guíada OBLIGATORIA. Así, en mayúscula. Levantamos los hombros y arrancamos a caminar.
La piedra es colorada como en la Quebrada de las Conchas, en Cafayate, y nuevamente las rocas dibujan en nuestra psiquis figuras conocidas. Gente gorda haciendo el amor, cíclopes ciegos y enojados, narices chuecas, animales fantásticos, nubes rechonchas de piedra roja. Cuántas formas se presentan en este camino singular.
Cuando el camino se bifurca, tomamos el de la derecha, el gratuito, el que va al anfiteatro. No tenemos idea de a donde vamos pero vamos, siguiendo el sendero hacia delante, en esto que nos parece un laberinto colorado. Los muros altos nos atrapan, sinuosos, y nos obligan a doblar a cada rato. De a poco vamos adentrándonos en la grieta, cada vez más lejos, cada paso más al fondo. La cámara no para de gatillar, viciosa, adicta de tanta figura extraña. Y nos separamos, cada uno deseoso de retratar este mundo nuevo y sus rincones ocultos.
Ha pasado un rato y Nyx, otra vez, no aparece. He seguido hasta adelante, hasta chocar con la pared de piedra, hasta el punto donde dicen es el anfiteatro. Y nada, no hay más nada. Ni camino ni salida. Me pongo nervioso. No me gusta separarme y menos después de lo que pasó en Tilcara. ¿Nyx a dónde fuiste? Quizás ha trepado y me espera del otro lado. O quizás ha vuelto y no la vi por estar sacando fotos. No sé, ya no sé que pensar. Tanta vuelta en este laberinto me marea y vuelvo, a paso urgido, al inicio del sendero. Tal vez Nyx aburrida allí me espera. La imagino ofuscada sentada en la tierra esperando a que regrese. Pienso en sus ojos furiosos y el ceño fruncido y la imagen me alivia un tanto y sonrío, entregándome al espejismo.
Cuando de pronto escucho un ruido y me doy vuelta. Lo que veo me paraliza y el terror me inunda la carne. Algo (me gustaría decir que fue una mujer lo que vi. Una mujer trastornada y loca, pero no, aquello no era humano) susurra y se enrosca como enfermo, como sufriendo un dolor insoportable, arriba, en un hueco en la piedra. Aquel ser está cubierto por un montón de pelo y manos que se retuercen, y oigo un clamor en lengua extraña que me recuerda al Parcel, el lenguaje de las serpientes. Aquella cosa se retuerce y se enrosca y pronuncia palabras prohibidas. Lo sé, aquello, sea lo que sea, está maldito. Como un relámpago siento la sangre que reactiva mis músculos y no dudo un solo segundo y empiezo a correr, tan rápido como me lo permiten los pulmones, que aquí, en la altura, no suelen acompañarme demasiado. Seguramente sea el terror de lo que he visto pero corro como liebre que no quiere ser cena, y de un momento a otro estoy de vuelta afuera, lejos de los muros, del laberinto rojo, de aquella mujer maldita.
Me siento en el suelo y me largo a llorar. Por la adrenalina, por el terror que no se va. Cierro los ojos para olvidar, para refugiarme en algún lugar muy mío, pero lo único que veo son esos pelos, esos brazos que se enroscan. Me tapo los oídos para dejar de escuchar ese lenguaje antiguo, ese crujir de huesos que se rompen, el susurro del maleficio. No puedo parar de llorar, hecho un bollito en la tierra colorada, solo, asustado como un niño muy chiquito, temblando como un bebé.
Siento unas manos que me acarician el pelo mientras me revuelco en la tierra. Primero grito por el contacto, pero luego me sosiego al abrir los ojos y ver a Nyx, a mi lado, como un ángel, como la mujer que el destino puso a mi lado para guiarme, cuidarme, abrazarme, protegerme. Abro los ojos y quizás sea el sol que se encuentra detrás de ella, pero la veo cubierta de un aura de luz blanca, y esa ilusión ópitca y sus manos que me acarician el pelo en el piso, me tranquilizan, me calman, me devuelven la cordura.
- No sé lo que vi pero no fue nada bueno, y no quiero hablar de ello. No ahora. –
- Está bien, no te preocupes, volvamos. – Me dice Nyx y su voz tan distinta a la de la bruja de hace un rato, tan dulce y suavecita, me va descontracturando los músculos agarrotados por el miedo.
- No, todavía nos falta una parte. – digo y los ojos de Nyx se muestran preocupados, incisivos, como queriendo desentrañar todo lo que callo, todo aquello que no digo.
Asiente con la cabeza y me da la mano, y juntos vamos por el otro sendero.
Por suerte para nosotros no hay ningún guía que nos corte el paso. Avanzamos y cruzamos a algunos que vuelven que nos saludan con desdén. Llegamos hasta el final sin pagar una moneda, y lo que vemos, por suerte, borra, al menos por un rato, el mal trago que viví hace unos momentos. Una montaña cargada de colores: verde, blanco, rojo. Y al girar la cabeza la pared de enfrente: marrón oscuro, marrón claro, beige, gris, negro.
El paisaje es alucinante. ¿Si o sí, para entrar al paraíso habrá que cruzar por el infierno? ¿Cómo puede ser que después de un hecho tan pavoroso, donde sufrí tanto miedo, confusión, terror, presencie otro tan hermoso, magnífico, perfecto?
Así es la vida y así es el mundo. De un lado brilla el sol y del otro la noche lo cubre todo. A veces basta solo recordar y reconocer que nuestra casa es así y tiene dos caras. Y ni una ni la otra son eternas, y que si hace frío basta con prender un fuego.
Siempre es mejor encender una vela que maldecir a la oscuridad.
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