POTOSÍ - PARTE 2

La Mina

La luz de la linterna en su cabeza alumbra el túnel. De a ratos tenues focos de luz amarilla aparecen en el camino. De a ratos, también, algunos mineros. Ninguno saluda, ninguno sonríe. Solo algunos se nos quedan mirando mientras avanzamos entre la penumbra hacia lo profundo del socavón. Y sus rostros cansados, sus miradas tristes, nos hacen entender en dónde estamos. En las entrañas del Cerro Rico, dónde la vida duele. Y que duela, mejor que duela que no duela. Porque si no duele es que ya ha dejado de ser vida. ¿Cuántos hombres perecieron aquí, en este mismo lugar, desde que empezaron a agujerearlo? Me contaron una vez que si se junta toda la plata que se robaron de este cerro, podría hacerse un puente desde aquí hasta España. Y si en vez de plata se usan los huesos de los que, trabajando aquí murieron, se podría hacer un puente de ida y vuelta. Uno que vaya hasta España y otro que vuelva. Y no puedo evitar imaginarme los extensos tramos de fémures, radios, cúbitos. Vértebras entrelazadas con falanges de todos los tamaños, costillares cruzando el océano, sosteniendo el peso del imperio que mata y roba en nombre de Dios.

El aire está caliente, como hervido. Y se vuelve más denso, más difícil, a cada metro que avanzamos, a cada paso que bajamos hacia lo profundo de la mina. Pesadas gotas me empapan la frente, el pelo, la espalda. Caminamos en silencio, doblamos, descendemos, volvemos a doblar y seguimos descendiendo. Los túneles se entrelazan como las galerías de un hormiguero gigante. Y lo comento, para sacar charla.

- Sí, eso es lo que somos. Hormigas. Nacimos para la chamba, y moriremos para la chamba. Aquí, siempre aquí, lejos del sol, debajo de la tierra, cerca del tío.

- ¿Quién es el tío? – Pregunto y me toco instintivamente el bolsillo donde llevo el cigarrillo.

El minero se da vuelta y nos ciega con la luz de la linterna que lleva en la cabeza. Cerramos los ojos y escuchamos que responde:

- Él es el tío. El Mandingaso. – Lo que escucho no me gusta pero la curiosidad siempre es más fuerte y abro los ojos.

Hemos llegado frente a una puerta de madera gruesa, con inscripciones en latín que no entiendo pero que repito para no olvidar: Sanguis et Aurum

Nuestro amigo apoya una rodilla en el suelo y agacha la cabeza y repite igual que yo las palabras en la puerta. Luego se incorpora, apaga la luz de la linterna y con todo el peso de su cuerpo empuja la pesada puerta de madera. La luz que viene de adentro se mueve y ondulea. La habitación de piedra no es muy grande y está repleta de velas encendidas. En el centro la estatua roja de un diablo, sentado, con el pene erecto. Su imagen me da risa pero no me rio, por respeto al compañero que nos ha llevado y del que me percato no se su nombre todavía. Pero no es momento para preguntar, porque ahora él se encuentra arrodillado, encendiendo su cigarro con una de las velas que rodean a la estatua. Y es ahí, cuando miro para abajo, que veo todo lo demás. A su alrededor no solo hay velas encendidas y apagadas, hay huesos, patas de gallo o de gallina, botellas de singani, latas de chicha y de cerveza, mechones largos de pelo negro, montones y montones de cigarrillos. 

Al fondo se escucha alguien que cava. 

- Vamos, gaucho, ofrécele un cigarro y agacha la cabeza. – Me ordena el minero que ahora se ha parado y me mira fijo a los ojos.

Saco de mi bolsillo el pucho y lo apoyo en el montonsito.

- ¿No tenés otro para mí? – Consulta Nyx y su vocecita tiembla en el aire como una hoja en otoño sacudida por el viento.

- No, pero tomá. – Y llevándose la mano atrás de la espalda le entrega un cuchillo.

La cara de Nyx se retuerce y cambia por el crepitar del fuego de las velas. Veo el miedo en sus ojos, en su boca que aprieta, en el temblor que se confunde con la luz circundante del fuego de las velas.

- Pará, boludo, ¿qué te pasa? – le digo y lo agarro de la muñeca.

El minero no se resiste pero tampoco suelta el cuchillo.

- Tranquilo gaucho. – Me mira y se ríe. – No te asustes, es para que tu esposa le haga una ofrenda al tío. –

- Yo no soy su esposa. – Responde Nyx y agrega – Y no pienso ofrecerle sangre a nadie. –

- Nadie te pidió sangre nena. – El minero se agacha soltándose sin esfuerzo de mi mano que lo tenía sujeto y agarra del suelo un mechón de pelo negro. – Un poco de pelo nomás.- Y sonríe mirándola a los ojos.

- Ni loca. – dice Nyx y se cruza de brazos.

- Es ésto. – Y vuelve a agacharse – o ésto. – Y metiendo la mano en un cuenquito al borde de los pies de la estatua saca un puñado de pequeñas piedritas blancas. 

Nos acercamos los dos para mirar cuando abre la mano cerca de la cara de Nyx que deja escapar un pequeño grito que reprime tapándose la boca. Dientes. Decenas de dientes. Muelas, paletas, colmillos. Algunos enchapados tapando algún agujero, otros agujereados y negros, otros tan blancos como el márfil.

- ¿Qué te pasa pelotudo? – No se me ocurre decir otra cosa más que putearlo y preguntarle que carajo hace. –

- Tranquilo gaucho, con un mechón de pelo basta. – Me mira y después a Nyx, a la que le extiende la mano, (no la de las muelas sino la otra) la del cuchillo; y le enseña los dientes, (no los de la mano) los de la boca, en una sonrisa enorme, en una carcajada eterna.

Los ojos de Nyx cambian, y ya no tienen miedo. Ahora están llenos de veneno, los reconozco, conozco esa mirada. Es una expresión tan fuerte que asusta. Poco a poco la sonrisa de aquel hombre se apaga, se cierra, se esconde y Nyx aprovecha y agarra el cuchillo.

No sé que va a pasar. El minero tampoco. Ninguno le quita los ojos de encima y ninguno, tampoco, se atreve a hablar. Nyx nos mira a ambos y un escalofrío me recorre por la espalda. Luego mira al tío y escupiendo al piso, a los pies de la estatua, revolea el cuchillo a un costado.

Los ojos del minero se achinan y dejando el puñado de dientes en el cuenquito de vuelta, nos mira y nos dice: 

- Argentinos. – Es todo lo que dice pero en su voz se cuela un desprecio enorme.

Pienso que sí ahora quiere irse y dejarnos, estamos hasta las manos, porque no tenemos ni idea de cómo volver. Qué si se ha ofendido y quiere llamar a todos sus amigos mineros para que nos destrocen a pico y pala, y nos entierren ahí, a los pies del tío, no vamos a poder resistirnos. Y que si morimos acá, dónde han muerto tantos y ha nadie le ha importado, a nadie le importará y acá quedaremos, un montón de huesos más para el puente de ida y vuelta, olvidados, en lo profundo del Cerro Rico.

Pero no. El minero vuelve a hablar.

- No pasa nada. Sigamos. – Y su silueta se pierde entre las figuras que la luz de las velas dibuja en las paredes de la caverna.

Le sonrío a Nyx y la abrazo y le digo que la amo. Nyx me besa el cuello y me toma de la mano y juntos nos vamos para el fondo, siguiendo al minero que se ha ido por atrás de la estatua del tío.

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