POTOSÍ - PARTE 3
El Tío
Pasamos junto a uno que cava. El pozo le llega hasta la cintura y no se voltea a vernos pasar. Nuestro compañero que ha vuelto a encender la linterna nos aclara aunque no le preguntamos:
- Es el enterrador. – No dice más y nosotros tampoco.
Solo seguimos avanzando, siguiendo la luz de la linterna que alumbra el túnel. Y vemos como de pronto el fondo acaba y una pared de tierra nos cierra el paso.
- ¿Y ahora? – pregunto desconcertado.
- Ahora, hacia abajo. – Y con la cabeza apuntando al suelo nos muestra una escalera de piedra que desciende hacia lo oscuro.
- ¿Hacia dónde vamos? – consulta Nyx mientras el minero empieza a bajar.
- Hacia el santuario. – Y su voz retumba como un eco en la oscuridad de piedra.
Mis pies tocan los primeros escalones y no puedo evitar volver a algunos de los sueños que he tenido en este viaje. De Ya Vú pronuncio para mis adentros mientras bajo por primera vez la escalera de piedra.
Doce escalones, los cuento, y una puerta enorme que nos encandila por la luz de la linterna que rebota como en un espejo. Esta puerta no es de madera como la anterior. Esta puerta es de metal que brilla. Es una puerta…
- De plata. – Completa el minero como oyendo lo que estoy pensando.
- De plata. – Repito y la toco. Está fría. Helada.
Y ante el mínimo roce de mi mano la puerta se abre, liviana, invitándonos al santuario.
Adentro no hay velas encendidas, no hay ofrendas. Pero sí hay una estatua, también, en el medio del lugar. El minero rodea el cuarto y prende una a una las antorchas que cuelgan de las paredes. El fuego ilumina una vez más el fondo de la cripta, los límites de la caverna. La linterna ya no es necesaria y por eso la apaga.
La estatua de piedra gris es de un hombre que lleva casco y botas, pechera y escudo, bigote y espada. Es la estatua de un español.
- Es la estatua de Pizarro. – nos aclara nuestro guía en la penumbra de la sala apenas rota por el fuego.
- Aquí no hay ofrenda que valga su respeto. No hay sacrificio que calme su locura. Una sola cosa pide el español y no es alcohol, ni cigarros, ni un poco de pelo. Ni siquiera es plata u oro, como quizás hayan pensado. Es sangre.
Y con un movimiento rápido que no prevemos, se corta la palma de la mano con el puñal y riega de sangre el suelo. Nos quedamos absortos mirando la escena, viendo como la sangre chorrea del puño cerrado y empapa la tierra negra a tan solo un metro de donde estamos parados.
- Para vos, mi señor, esta sangre que derramo. Te pido que este año como el anterior no falte un plato de comida en mi mesa. Que la enfermedad no se aloje en mi cuerpo ni en el de mi familia. Porque este cerro es tuyo mi señor, y mi vida también. Así como mi alma y mi cuerpo, que cuando llegue el final será entregado a ti, mi señor, para que descanse aquí, en lo profundo de la mina, entre la tierra y la plata, en el corazón del Cerro Rico de Potosí.
Pronunció esas palabras como en oración y se quedó con los ojos cerrados y la cabeza gacha frente a la estatua de piedra de Pizarro. Con Nyx no supimos que decir y no dijimos nada. Nos quedamos aguardando alertas los próximos movimientos del minero. Pero el minero no se movió, se quedó quieto, con los ojos aun cerrados y la cabeza gacha. Entonces miré a Pizarro y todo el cuarto se desvaneció.
Como en un sueño la cabeza de la estatua se movió y me miró. Sentí miedo y quise huir y corrí hasta la puerta. Pero con una velocidad que no esperaba, aquel hombre de piedra, me cerró el paso. Caí al suelo por el susto y la sorpresa y me arrastré hacia atrás, hacia el centro de la caverna y sentí el fétido respirar de aquella cosa en mi nuca. Grité y me di vuelta. La cara de Pizarro a tan solo unos centímetros de la mía, podía sentir como el bigote me rozaba las mejillas. Y esos ojos tan negros, poseídos por una oscuridad más antigua que la noche, que me miraban de cerca, me revolvían el estómago, me daban ganas de vomitar.
Su oscura presencia me oprimía el pecho, me asfixiaba.
- Todo lo que aquí yace es mío. – Dijo y su voz retumbó como si el mismísimo Cerro Rico estuviera hablando.
- Este Cerro es mío. – Y arañó las paredes.
- Esta plata es mía. – Y golpeó la puerta.
- Y ustedes son míos también. – Y nos miró a Nyx y a mí que estábamos en el suelo.
Y su figura vista desde abajo parecía enorme, exagerada, desproporcionada por la luz del fuego de las antorchas. Nyx se largó a llorar y yo quise hacer lo mismo, por el terror profundo que me dominaba. Pero no. Ver a Nyx hecha un bollito en el suelo, suplicando y llorando, me dio fuerza y me hizo hablar.
- No. – Dije y me paré. Pizarro se quedó quieto, observándome.
- Ni la plata, ni este cerro, ni nada que hayas pisado o conocido en estas tierras te pertenece. – Continué al ver que aquel demonio no decía nada. – Estás en territorio ajeno extranjero. – Dije. – Estás en los dominios de Atahualpa.
De pronto me sentí enorme, invadido por una energía tremenda, y vi como mi sombra crecía, engordaba a mis espaldas. Y vi como los ojos de Pizarro se abrían y miraban hacia el fondo, sus cejas se arqueaban, su bigote de piedra temblaba frente a otra imagen más inmensa y poderosa, que crecía en el fondo de la caverna.
- ¡Perdón! – Lloró Pizarro. - ¡Perdóname, Atahualpa! – Y sus ojos asustados imploraban hacia el fondo de la cueva.
No volteé a ver que pasaba. Pero hablé, con una voz que no era la mía pero que salía de mí. Dije:
- No. Tu no tienes perdón.
Pizarro lloró como un niño, y esta vez sí, con una voz que salía desde adentro y era la mía, dije:
- Pizarro, sos un cagón. –
Y la estatua de Pizarro se rompió en mil pedazos.
Cuando desperté el minero ya no estaba, las antorchas seguían encendidas y Nyx me sostenía la cabeza sentada en el suelo.
- ¿Qué pasó? – pregunté cuando la vi.
- Te desmayaste. –
- ¿Y el minero? – pregunté al ver que estábamos solos.
- Se fue corriendo cuando la estatua se rompió. –
- ¿Se rompió? ¿Cómo? –
- Nosé. Se rompió y ya. ¿Estás bien? –
- Sí. Creo que sí. – E intenté pararme.
Nyx quiso ayudarme pero no hizo falta, una energía poderosa me sostenía desde adentro.
- Vamos. – Dije.
Y juntos cruzamos la puerta de plata, subimos los escalones de piedra y avanzamos en la penumbra. La luz de las velas de la habitación del tío rompía la oscuridad a lo lejos y seguimos avanzando. Pasamos junto al enterrador que seguía cavando y le preguntamos si había visto al minero que nos acompañaba. El enterrador no respondió y siguió cavando. Nos fuimos. Pasamos por el costado del tío y cruzamos la puerta de madera. Unos obreros nos guiaron a la salida, y finalmente volvimos a ver la luz del sol, que se iba, allá en el fondo, tras uno de los cerros que bordea la ciudad de Potosí.
- ¿Qué te pasó? – Me pregunto Nyx mientras descendíamos.
- Nosé, me ahogué, y de pronto todo se desvaneció. –
- Me asustaste. – Me dijo y sus ojos preocupados me conmovieron.
- Yo también me asusté. – dije y la agarré de la mano.
- Nunca más hacemos algo así. – me pidió y negué con la cabeza.
- Nunca más. – dije mientras seguíamos bajando, alejándonos del cerro para siempre.
No sé si fue por el sueño que tuve en la mina, o por el sopor de haberme despertado, pero no escuché a los perros que se acercaban. Tampoco ladraron. Cuando me di cuenta Nyx gritaba, un montón de bocas y colmillos rodeaban sus piernas que corrían y se sacudían desesperadas. Agarré unas piedras y se las revoleé pero ya era tarde. Los dientes la alcanzaron, los perros la mordieron. Huyeron a la primera piedra y Nyx se sentó en el suelo a llorar agarrándose la pierna. Huyeron todos menos uno. El perro negro de ojos amarillos que permaneció impasible a unos metros enseñándome los colmillos. Esta vez agarré una piedra más pesada y se la partí en el lomo. El perro no lloró y no dejó de mirarme, pero se fue. Finalmente se fue.
Los últimos trabajadores que quedaban en aquel sitio se nos acercaron y me ayudaron a incorporarla. Nyx rengueaba y tenía toda la pierna izquierda llena de sangre. Uno se ofreció a llevarnos al hospital y nos subimos a su auto, dejando atrás la mina, los perros y el cerro. El maldito Cerro Rico, el infame.

.jpeg)
.jpeg)


Comentarios
Publicar un comentario