POTOSÍ
Cerro Rico
En las profundidades está lo que buscas. Ve hacia las profundidades.
Me desperté con esa frase en la cabeza. Alguien me las susurro en el sueño antes de abrir los ojos, pero no me acuerdo. No sé quién la dijo. No estoy seguro de que haya sido la otra mujer, con la que soñé toda la noche.
Una morocha de ojos verdes; de pollera larga y pelo largo. Aparecía de pronto mientras yo conversaba amenamente con un viejo, en un prado, a la sombra de un jacarandá. Y el sueño se transformaba. Se iba el viejo, se esfumaba. Se iba la tarde y el jacarandá. Plof. Y ahora estaba ella sentada frente a mí en el suelo que seguía siendo pasto pero estaba quemado. Amarillo, muerto. De sus orejas colgaban delicados pendientes de piedras amarillas, doradas ¿Citrinos?, y en el centro de su frente, levemente arriba de sus ojos verdes, una diminuta piedra color violeta. ¿Amatista?
Barajaba un mazo de cartas y miraba alrededor como distraída. Hasta que de pronto dijo:
- Corta.-
Y corté.
- Toma tres cartas. –
Elegí tres y no las vi. Estiró la mano y se las devolví.
- Ahora – dijo – respira hondo, cierra los ojos y toma una más.
Inhalé, cerré los ojos y solté. Y elegí una carta más, sin ver, sin saber, pero con fe.
Cuando los abrí, estábamos en otro lado. El sueño se expandía y dibujaba. Era una cueva. Había fuego y había un túnel.
La mujer dio vueltas las tres cartas. La piedra en su frente relucía de la luz de la hoguera, el fuego se movía en ella como auroras boreales en los cielos de Amaicha, y los citrinos colgando de sus orejas doraban la penumbra circundante.
- La Puerta, El Puñal, El Cigarrillo. – nombró uno a uno los dibujos que fueron saliendo. Fue lo único que dijo.
Eran como cartas de tarot pero con los dibujitos de la quiniela. Supongo que porque nunca vi un mazo de tarot.
- Falta una carta. - Me acuerdo que dije.
Y arriba de las tres apareció una carta boca abajo que di vuelta yo. El malabarista.
Y aunque no recuerdo que pasó después, todo lo demás es negro; yo sé que no lo dijo ella.
En las profundidades está lo que buscás.
Desayunamos huevo frito, yogurt, café con leche, tostadas de pan integral con manteca y mermelada. Pagamos el hostel y nos vamos derechito para el cerro. El famoso cerro rico. El infame. El que estaba lleno de espejitos de colores y se los llevaron todos para Europa. Necios, rompieron la historia a balazos.
De camino pasamos por un tour a averiguar y el precio no nos convence, así que no entraremos a las minas pero sí iremos hasta arriba, al mirador, donde está lleno de antenas y se ve la ciudad desde lo alto. Un minibus hasta la puerta y a caminar.
Aquí viven los mineros, algunos. Sus mujeres lavan las piedras en la entrada al socavón, pero no entran, porque es de mala suerte. Y una niña que nos mira de lo alto de su casa. Baja corriendo y nos mira de nuevo. El sol lastima, acá todos están rotos. Y nosotros en otro plano, caminando de la mano en barrio de mineros hacia lo alto del Cerro Rico, donde está cristo y las antenas. Pero se siente, acá algo arde. Una herida abierta que llega hasta el corazón de la tierra, que la raspa, que no deja que cure.
Una niña con guardapolvo blanco se acerca corriendo, es la misma que vimos a lo lejos, suponemos. Trae una piedritas que vende en una cajita.
- Un Boliviano las chiquitas, dos bolivianos las de acá. – Y señala las del costado.
- Qué lindas piedras, yo quiero una. ¿Vos Nyx? – respondo y miro a ver que dice Nyx.
- Yo no, gracias. –
- Bueno, quiero dos entonces. –
- Si llevás la colección completa, te la dejo a diez. – aclara por si acaso pico.
- No no, está bien, dame dos. – Y me llevo dos del montoncito.
Pago y nos vamos, nosotros unos metros más arriba, la niña para el colegio.
Almorzamos rapidito y bajamos. No sé si la radiación de las antenas, la altura que quizás marea, o el olor a muerte que sale desde lo profundo del cerro, pero ni bien llegamos, comemos y nos vamos.
Empezamos a bajar por el camino que vinimos. Más adelante hay unos perros que nos ven y nos empiezan a ladrar. Avanzamos lento, pero no retroceden. Miro a los ojos al que está más cerca y me muestra los colmillos. El negro pelo de su lomo se eriza, sus ojos amarillos y bravos me desafían. Agarro una piedra, último acto de tregua, y escucho:
- Fuira, fuira perro mocho. – Un obrero se acerca a los gritos trotando.
- No tengan miedo, no pasa nada. Fuira, bah, bah. – Y revolea una piedra. Los perros lloran y corren, y nosotros podemos pasar.
- Gracias hermano, estaban medios malos esos perros. –
- Sí, no sirven ni para guiso. ¿De dónde son?. –
- De Argentina papá. –
- Eso pibe. – me dice el minero y agrega. – Pibes chorros! –
Me río, le agradezco y saludamos.
- ¿Fueron a la mina? – pregunta mientras nos alejamos.
- No, estaba muy caro. – respondemos elevando la voz.
- ¿Quieren entrar? – y se frena allá lejos, al lado del socavón.
Nyx me mira y sonríe. ¿Será que tenemos suerte? Nos acercamos sin gritar. Una vez frente a él le aclaro.
- Mirá que no tenemos plata. –
- Vengan, no pasa nada. Les voy a mostrar. – Y enfila para el socavón. Pero antes de entrar se da vuelta y nos pregunta: - ¿Tienen un cigarro?
- No fumamos. – contestamos mientras nos tocamos los bolsillos.
- Entonces tomá. – Y nos ofrece un marlboro.
- No, gracias, no fumamos. – respondo porque parece que no entendió.
- Agarrá. – Insiste y lo agarro, para no despreciar.
- No es para vos, es para el tío. – dice y se interna en la mina.






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