SUCRE - Casa de la Libertad

Casa de la libertad

De camino al centro, vemos cerca de la plaza un malabarista harapiento. Lleva rastas, múltiples piercings y tatuajes en la cara y tres antorchas encendidas que revolea al aire y atrapa con suma maestría mientras el semáforo lo aguarda a que finalice el acto. Luego extiende las manos, y uno que otro coche que pasa a su costado le regala monedas que guarda en sus bolsillos enormes de artista callejero.

Un paseo por la Casa de la Libertad que es hermoso y regateable. Vemos la cabeza gigante de Bolivar, un guerrero Jaguar disparando sus flechas al cielo queriendo matar al nuevo dios que han impuesto los extranjeros, la primera bandera de Argentina que está al revés, y unos cuadros hermosos de Juana Azurduy, que salvó a Belgrano en una batalla, permitiéndole que escape, y ayudó a su pueblo eternamente en la lucha por la revolución. La enfermedad le arrebató sus cuatro hijos en el bosque luego de huir de una muerte segura en la batalla. Pero aun así volvió y siguió luchando. Digno ejemplo de la mujer Latinoamericana. Me arrodillo frente al cuadro y agradezco.


Palacio de la Glorieta 

Un bus nos lleva directo al Castillo de la Glorieta, residencia de antiguos extranjeros que construyeron semejante residencia con torres de distintos estilos arquitectónicos, para su deleite y el albergue de niños huérfanos, ya que ellos no podían tener hijos. Paseamos por las galerías, los patios, subimos a las torres y visitamos las distintas habitaciones. Espejos frente a las escaleras nos confunden y nos perdemos en la opulencia de sus pasillos, de sus salas. 

- Madamme, me permite su abrigo. – Le pregunta un mayordomo del otro lado del espejo.

- No, flaco, no te preocupes. – Responde Nyx mientras se mira el delineado de sus ojos.

- Insisto, Madamme, una mujer no debería transitar incómoda por la residencia. – Vuelve a decir el mayordomo.

- Te dije que no flaco. – dice Nyx mientras deshace el final de una de sus trenzas para rehacerla nuevamente más prolija.

- Madamme… - 

- Basta, me cansaste. – y sigue subiendo por la escalera para dejar de oír aquel eco que retumba en esta casa de antaño.

Los celadores del castillo dejaron de merodear de noche, porque los ruidos que vienen desde el sótano nos lo dejan en paz. Prefirieron resignar parte de su sueldo a priori de dormir por las noches sin pesadillas.

La entrada a este lugar estaba cara, pero no la pagamos. Nadie nos cerró el paso, nadie controlaba la puerta. Así que nos vamos sin gastar un peso, a seguir nuestro rumbo hacia Yotala. Un pueblito cercano, con un río y un puente colgante que lo atraviesa. 

Al volver, de noche, vemos el fuego volando cerca de la plaza central de Sucre. Abajo el malabarista que extiende el sombrero y recibe unas cuántas monedas de los que pasan por ahí. A morfar ají de fideo, que invita Ricardo, y a probar el Singani con Guaraná, que está bien fuerte pero delicioso.

Salud!


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