SUCRE - El Malabarista

Margott, la chica que habla dormida

Margott es nuestra nueva compañera de cuarto. Una muchacha colorada proveniente de Bélgica  que ha prometido cocinar unos panqueques para el desayuno de mañana. Esta noche se cenan ñoquis, la especialidad de la casa.

Juntos vamos a pasar el día a las siete cascadas, en un pueblo cercano. Alrededor de quince o veinte perros custodian cada cuadra. Perros callejeros, maltratados por la vida en la calle, rengos, tuertos, rabiosos. Espuma blanca y asquerosa cuelga de sus bocas y nos asustamos al sentirnos visitantes en esta ciudad de perros, recordando el incidente de hace poco. Nos asustamos pero no tanto como Margott, que es perrofóbica, y tiembla y llora a cada cuadra que avanzamos hacia las cascadas.

Cascadas que al llegar no son cascadas, sino delgados hilos de agua que caen en pozones atestados de basura. Disfrutamos del día, nadamos entre bolsas y botellas de plástico y volvemos a la ciudad, donde vemos nuevamente al malabarista haciendo su acto, esta vez con espadas, que raspa en el suelo sacándole chispas y revolea tan alto que pareciera van a quedarse clavadas en la luna o en alguna nube.

Cenamos ñoquis y nos vamos a dormir. Despertamos por los gritos. No los míos esta vuelta, tampoco los de Nyx, que se encuentra tan asombrada como yo. Los de Margott. Nos acercamos alarmados a su cama y vemos que tiene los ojos cerrados. Pero habla en voz demasiado alta, mezclando el francés con el español.

- La reine va mourir... Le revolver... En su cara... Le coup ne tirera pas... Le monde meurt, meurt… El mundo… Fuego, ya no quiero… Meurt…

Nos asustamos e intentamos depertarla.

- Margott, Margott, despertate Margott.

Margott abre los ojos y nos mira. Primero a mí y dice Le jongleur, después a Nyx, Sorata

Cierra los ojos y calla. Con Nyx nos vamos a dormir preocupados. Le Jongleur, Sorata. ¿Con qué habrá soñado? ¿Nos hablaba a nosotros o le hablaba a alguien más en sus sueños? 

A la mañana, cuando volvemos a despertar, Margott ya no está. Está preparando abajo unos panqueques para desayunar. Compró manzana, banana y dulce de leche. Aprovecho, cuando estamos solos, para preguntarle. Me cuenta que le pasó toda la vida, que disculpas, que a veces es peor.

- ¿Cómo peor?

- Sí, peor. A veces no estoy ni aquí, ni allá, ¿sabes? A veces estoy como en el medio. Como en un limbo. Parte aquí y parte allá. Es raro. – Da vuelta un panqueque en el aire con una agilidad imprevista y continúa. – A veces sueño que estoy en la cama, en el mismo lugar donde estoy durmiendo, pero no estoy durmiendo, aunque tenga los ojos cerrados. Tampoco estoy despierta. Estoy en el medio. – Empuja el panqueque ya cocido a la pila y vierte una nueva cucharada. – A veces es la misma habitación pero hay seres oscuros, que se agazapan en las sombras, me saltan encima, me asfixian, se recuestan en mí, y siento su peso y despierto. A veces no. A veces me asfixian y no puedo moverme ni despertarme. Grito y no tengo voz. – Y un nuevo panqueque gira por el aire. – Otras veces no estoy en la cama, estoy en otros sitios y en otro tiempo. Más adelante. Y veo cosas que aun no han pasado, cosas que pasarán. – Y otra vez a la pila, y otra cuchara a la sartén. – Ayer soñé con Isabel, la Reina de Inglaterra. ¿Sabías que es un lagarto? Morirá el mes que viene. – y un panqueque que gira por el aire y vuelve a la sartén. – Y soñé con un milagro, un milagro en Argentina. Un disparo que no sale, no sale no sé por qué. – Y otra vez a la pila y ese es el último y vamos a desayunar. 

Último día en Sucre, mañana nos vamos. 


El malabarista

Un paseo por el barrio y a volver, que hay que hacer las mochilas y cocinar algo rico para cenar, para agradecer. El fuego que vuela por el aire me detiene una vez más y contemplo nuevamente el show de malabares que se da en la esquina de la plaza. Cuatro fuegos, ya no tres, giran sobre antorchas cortando el viento entre el semáforo y los parabrisas. Unas cuántas monedas que caen en los bolsillos del artista y Nyx que tironea de mi brazo para que volvamos. Pero aún faltan las mías, un pequeño gesto para el artista. Saco algunas y se las ofrezco cuando vuelve. Me agradece y se pone a conversar. Me cuenta que también es argentino y que viaja desde los seis haciendo malabares. Que le ha dado la vuelta al globo y que ahora va otra vez, pero al revés. Que en la Antártida no hay semáforos y que en Marruecos no hay monedas. Que una vez hizo un show para un jeque de Dubai y podría haberse quedado ahí millonario y con palacio y banquetes y mujeres, pero que prefirió volver al mundo que es el camino, que mejor andar que quedarse quieto. Que de acá se va para Perú a probar Ayahuasca, a viajar en canoa y a conectarse con el ser, que es el uno y es el todo, que es el que está adentro y está afuera, el que vive en sí y para sí, el que lo ve todo y sabe todo.

- ¿Y viajás solo haciendo malabares? – le pregunto.

- Con los malabares sí, y este mazo de cartas. – Y me muestra un mazo hermoso de cartas españolas.

Cuenta que se lo dio un viejo que viajaba por el mundo. Llevaba solo un saco y un mazo de cartas. Le convidé una galleta. Solo me quedaba una. La partí en dos para compartirla, pero al ver que el viejo tenía mucha hambre, le di las dos mitades. El viejo quiso darme el saco y el mazo de cartas, por los dos pedazos de galleta dijo. Pero le dije que no, y solo acepté el mazo, por la mitad que me correspondía. Además, el saco, para que lo quiero. El viejo me preguntó si conocía la entrada al paraíso, y le dije que sí, que está a la vuelta de la esquina. El viejo sonrió y preguntó, si acaso conocía las puertas del infierno. Le dije que no, pero que pronto iría. El viejo se fue y nunca más lo vi, y acá quedó su mazo de cartas. 

- ¿Lo puedo ver? – pregunté y estiré la mano.

- De ahí lo ves. – respondió y no lo soltó. – Este mazo es especial, es un mazo ganador.

- ¿Cómo ganador? – 

- Cada partida que juego con estas cartas gano. – Cada día, cada vez. Hace mucho no lo uso. A veces está bueno también perder. Prefiero los malabares, ¿sabés? Me requieren siempre ahí, pendiente del fuego, atento al filo de los machetes. Si me distraigo fui, sino estoy ahí puedo morir. Todo mi ser ahí, abajo entre el fuego y los cuchillos. Atento, para no quemarme, para no cortarme, para no morir. Siempre atento, todo mi ser ahí, cien por ciento ahí. Mirá.

Y guardando el mazo en el bolsillo se va caminando canchero hacia el medio de la calle. Semáforo en rojo, alcohol en su boca, fuego en el aire. Escupe y prende las antorchas que comienzan a volar. Él no le quita los ojos a su arte y de su espalda saca una más. Cuatro antorchas que dan vueltas de sus manos hacia el cielo, desde el cielo a su manos y al cielo una vez más. Las chispas salen de sus pies cuando araña el asfalto con el machete que sacó de su cintura, y lo lleva al aire con el fuego. Cinco objetos que dan vueltas y uno más. Un machete más y ya son seis. Cuatro antorchas que danzan en el viento junto a dos cuchillos y uno más, tres, en un espectáculo en el medio de la calle, en la esquina de la plaza, cerca cerquita del bar. Uno a uno los objetos que el artista doma vuelven a su mano y vuelven a empezar, a subir y a bajar, en este show que es de primera calidad. El semáforo cambió y el espectáculo terminó. Se enfundan los cuchillos, se sopla el fuego, y el artista hace una reverencia triunfal y se saca el sombrero para esperar las monedas de los coches que comienzan a avanzar. Una bocinazo acá, un puteada, y ¡Zaz!, un chófer que no lo vio y aceleró y lo partió, a él, que tenía el filo y el fuego bajo su control, que sonreía y se reverenciaba, lo partió, lo destrozó, su carne desparramada por el suelo, su sangre manchando toda la cuadra, allí,en la esquina de la plaza central.

Grito por el espanto de haber presenciado un accidente en vivo y le pido a alguien que llame una ambulancia. Nyx se tapa los ojos, no quiere ver. Cientos de celulares rodean al cuerpo desmembrado, filmando, sacándole fotos a la muerte que hoy viste de rastas y tiene piercings y tatuajes en la cara.

Nos vamos caminando lento y en silencio, por la vereda, mientras más personas se acercan a la esquina y sacan el celular. Nos vamos mirando el suelo para no hablar, para no pensar. Y por mirar al suelo, en el pasto, junto a las raíces antiguas de un Jacarandá, veo un mazo de cartas españolas que no dudo en levantar. Entre las celestes hojas muertas y la sangre. Lo levanto, le limpio lo rojo y lo guardo en el bolsillo.



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