SUCRE
Ciudad Blanca
Llegamos a Sucre por la tarde y fuimos derechito al hospital. Diez vacunas antirrábicas, una por día. Por suerte hay un plan nacional que cubre dicha intervención, ya que sino, estábamos hasta las manos.
- Fue por no cortarme el pelo, por escupir a los pies del tío. – sigue repitiendo Nyx.
- No tiene nada que ver, no seas supersticiosa. – le hablo mientras le acaricio el pelo, le beso la frente.
- Sí, es por eso. Ya te dije. Ayer soñé. –
- ¿Qué soñaste? –
- Soñé con los túneles, con los perros, con el tío. –
- Eso es por lo traumático del asunto, pero de ninguna manera existe un hilo conductor entre la mala suerte de habernos cruzado con esos perros pulgosos y la boludez de no haberte cortado un mechón de pelo para el rito estúpido de un minero estúpido. – Sigo afirmando para dejarla tranquila.
- ¿Y por qué a vos, que sí hiciste una ofrenda, no te mordieron? –
- Es que tus piernas son mas tentadoras que las mías. – Respondo y aprieto uno de sus muslos.
- Dale, tarado, en serio. –
- En serio te digo. Si fuera un perro y tuviera que elegir entre esas piernasas, y estos palos raquíticos, sin duda, elegiría las tuyas. –
Nyx sonríe y me da un beso. El roce me obliga a cerrar los ojos por un momento.
- Yo creo que fue eso. – Insiste. – Lo sé. Ya lo había visto antes. –
- ¿Qué cosa? –
- ¿Qué cosa qué? –
- ¿Qué cosa viste antes? –
- Al tío. –
- ¿Al tío? –
- Sí, al tío. En Tilcara. Que nos metimos al túnel ese. Bueno, lo vi. –
- ¿Había una estatua ahí también? –
- No. No me acuerdo bien. Pero…
La enfermera nos interrumpe y se lleva a Nyx para pincharla. Cuando sale viene agarrándose el hombro con cara de triste.
- Faltan nueve. – Dice y su rostro se comprime en un gesto de ira.
- Una menos. – Digo y salimos a la calle.
Vamos para lo Ricardo, ¿o Alejandro? ¿Era Ricardo o Alejandro el nombre de nuestro Couch en Sucre? No sé, pero vamos para allá.
Alejandro nos ofrece una habitación para nosotros solos, la llave de su casa, la clave de wifi y unas cuántas recomendaciones del lugar. Sucre, al igual que La Paz, es capital de Bolivia, dice Ricardo mientras mastica un cacho de manzana. Allá reside el poder Ejecutivo y Legislativo, mientras que acá el poder Judicial. Antiguamente todas las fachadas de las casas eran blancas, pero a medida que fue creciendo, esa particularidad se fue perdiendo. Aun así, hay una ley que obliga a los residentes del casco histórico a mantener el color blanco, pero nadie la obedece.
- Como en Buenos Aires. – comento.
- ¿Son todas casas blancas? – pregunta.
- No, nadie obedece. – Y recuerdo el principio de la película Medianeras, dónde se muestra claramente el desorden arquitectónico que distingue a la ciudad de Buenos Aires. Ciudad que ha nacido y ha crecido dándole la espalda a su río.
Alejandro ofrece su casa como albergue de perros y gatos callejeros, a los que cuida, cura, castra y alimenta. Ricardo lo tolera. Por suerte son todos buenos y no muerden. Perros que han pasado hambre, son todo menos boludos.
Alejandro es bondadoso, sentimental y su mirada compadece. Los ojos de Ricardo, en cambio, desconfían. Tienen miedo y son astutos. Son los ojos de un bancario, de alguien que labura con plata. Saben ver, están entrenados. Los otros, los de Alejandro, solo ven, miran y nada más. Por suerte un día Ricardo se cansó y renunció. Dejó el banco. Y en sus ojos solo quedó la astucia. La astucia y el miedo de que lo estén cagando.
Ale compró humita y no se parece nada a las que comimos en el norte de Argentina. Son más parecidas a tortas, como porciones de bizcochuelo de choclo. Las disfrutamos con un café y algunas historias. Los gatos negros trepan a nuestras piernas y se quedan ahí, adormecidos, dioses oscuros del cariño. Rendidos, como todos nuestros dioses, rendidos, de cara al dulce amor que les da la gente. Y eso es Alejandro. Tan solo un hombre que da cariño. Y eso otro es Ricardo. Un tipo que tiene miedo.
Por suerte se quieren, y se acompañan. Menos mal porque viven en la misma casa.
En Sucre, conocemos a las Cebras y los mercados. Las Cebras son agentes de tránsito disfrazados que bailan y animan a la gente que anda en la ciudad y necesita cruzar las calles, ya que en Bolivia el tránsito es un caos. Los semáforos están de adorno, y los chóferes son unos desquiciados. Aun así, Sucre pareciera un poco más civilizada que Potosí, dónde si no estás severamente atento, sos carne aplastada bajo las ruedas de un camión, minibus, coche o triciclo. Así es Bolivia, una congregación de choferes asesinos.
Los mercados por otra parte son los lugares donde se concentra la venta de todo: frutas, verduras, pan, juguetes, perfumes, celulares, repuestos, ropa, y todo lo que te imagines. Y además, comida. Exquisitos platos de comida. Aunque cuando preguntamos por menú vegetariano, todos nos contestan que ahí no vamos a encontrar, que solo se sirve comida normal. Por suerte no nos rendimos hasta que uno se aviva y nos sirve un silpancho (carne apanada, arroz, papas, huevo frito y banana frita) sin carne y con doble huevo. Todo al módico precio de 10Bs. Un refresquito de Mocochinchi para calmar la sed, y estamos como nuevos.
Más adelante descubriremos la ensalada en bolsita que reinará en nuestros almuerzos. Remolacha, zanahoria, repollo y brócoli, todo cocido, combinado con unas cuántas legumbres y tomates cherrys. Sal, aceite, bolsita, sacudón y walá, exquisito almuerzo que acompañamos con Marroquetas, un pancito riquísimo. Crocantito y delicioso.
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