COCHABAMBA - Cristo de Concordia
Cristo de Concordia
Salta me mira y se caga de risa. Es suficiente, a este tipo le voy a romper la cara. Cierro el puño derecho y mido con la mano izquierda, y con todo el impulso y la violencia de la raza le arrojo una buena trompada a esa boca idiota que se ríe. Salta cae al suelo, por el envión, pero no le hago nada. Toda mi furia y nada. Se sigue riendo. El gil se caga de risa. Le descargo seis, nueve, veinte trompadas más, ahí en el suelo, pero nada, no tengo fuerza. Siento una impotencia tremenda y lo bardeo, mientras Salta se ríe a carcajadas en el suelo. Me despego, me levanto y quiero matarlo. Él también se incorpora, todavía riendo y llama a alguien con la mano. Una niña pequeña, de pelo negro y ojos negros. La reconozco. No recuerdo dónde la he visto pero sé que la conozco de algún lado. La niña sonríe y me mira con sus ojos negros, todo pupilas. Y yo siento una incomodidad extraña y quiero irme, dejarlos. El enojo que sentía se fue y ahora solo quiero huir de ahí. Pero cuando miro atrás me doy cuenta que estoy muy alto, en un lugar pequeño y alto muy alto. Toda una ciudad a mi alrededor, allá abajo. El vértigo hace que retroceda y choco contra una puerta. Salta ya no está, solo la niña que me observa y sonríe. Abro la puerta y una escalera me invita a descender, a salir de ahí para siempre. Bajo el primer escalón de piedra y un viento helado me sacude desde abajo. Algo me dice que por ahí no es y de pronto recuerdo a la niña. Es la niña del tren, de la casa abandonada. Y así, de un momento al otro, me doy cuenta que estoy dormido, que todo es un sueño.
- Esto es un sueño. – Le digo. – Vos no existís, estoy soñando. –
Y la niña lejos de desintegrarse, de volverse polvo, se caga de risa. Deja de mirarme solo para agarrarse la panza por las carcajadas, y vuelve a mirarme y se sigue riendo.
- ¡Andate! – le grito.
Pero solo logro que se cague más de risa. La pendeja se descotilla ahí, al lado de la puerta.
Si esto es un sueño, puedo volar, pienso. Ya lo he logrado antes, cuando entrenaba para estas cosas. Me miro las manos y sé que voy a lograrlo. Miro sus ojos negros por última vez, su boca en medialuna burlándose, su expresión maldita y asquerosa y sin pensarlo más, salto al precipicio. Pero lejos de levitar, de salir volando, caigo a una velocidad impredecible. Aquellos breves segundos de caída me desconsuelan. La sensación es tan fea, tan profunda, tan real, que siento que me confundí, que en realidad todo eso no es un sueño, y que como un boludo acabo de tomar la peor decisión de mi vida. La última decisión, el suicidio. Mi cara se acerca al suelo y despierto por el impacto de la muerte.
Nyx se levanta sobresaltada por el sacudón y no entiende nada, todavía está medio dormida. Sentado en la cama, intento sosegarme a mí y a ella.
- Tuve una pesadilla. – Le digo y le acaricio el pelo.
Nyx se recuesta de vuelta y me da la espalda.
Es temprano pero no voy a poder volver a dormirme, así que me levanto y me preparo unos mates. Por suerte todos duermen. Cuando bajo de la cocina, Nyx ya se ha levantado. Los mates están listos. Por lo que sin más preámbulos arrancamos el día.
Hoy toca el Cristo de Concordia. Parece un chiste, después de lo de ayer, pero es el atractivo principal de la ciudad. Una estatua de 40 metros de altura, ubicada en la cima del Cerro San Pedro, a 245 metros de la ciudad. Los españoles no solo edificaron Iglesias y ubicaron sus cruces en todos lados. Su arma fundamental fue la palabra. Titularon todos los sitios, los cerros, los ríos, con nuevos nombres, bíblicos, para que se graben en la conciencia del nuevo mundo. Y lo lograron. ¿Cuántos San Pedros hay en América? Miles. ¿Cuántos cristos? Millones. ¿Cuántas cruces? Infinitas.
Nos inculcaron la culpa, el remordimiento, el desprecio al cuerpo, el odio a la carne. Nos sojuzgaron, nos moldearon a su antojo, nos impusieron el sufrimiento como el sendero hacia uno mismo. Nos destruyeron, nos domesticaron. Y aquí estamos, subiendo como ovejas hacia la cima, no guiados por un pastor, sino acorralados por un perro, que nos muerde los tobillos si no vamos a dónde el quiere.
Y subimos los mil cuatrocientos escalones hasta la cima porque el teleférico sale muy caro, y la vista de la ciudad nos sorprende, es increíble. La estatua también, por suerte, no tiene atravesadas sus manos ni sus pies con estacas, ni está coronada con espinas. Está bien. Es un hombre y está bien.
Pasamos la tarde, observamos el atardecer con unas sabrosas galletitas artesanales de avena y quinua mientras mateamos unos ricos amargos, como nos gustan. Avisan por altoparlante la última vuelta del teleférico y todos corren con sus fotos de la estatua en sus manos. Nos quedamos prácticamente solos con Nyx en las alturas. Y aprovechamos para observar de cerca al Cristo ya sin tanta gente pululando alrededor. Solo un perro que nos mira desde lejos. Un perro negro de ojos amarillos.
Nyx nota una puerta blanca a los pies de la estatua, y la reja sin candado. Se da vuelta y veo esa mirada pícara que me cuenta sus intenciones sin palabras y sin dejar de hablarme con esos ojos de serpiente que me hipnotizan desde el día que la conocí, empuja la reja que se abre y se acerca a la puerta a los pies del Cristo. La sigo, como siempre, la sigo, como desde el primer día. Dudo que esté sin llave, pero Nyx confirma lo contrario. Empuja la manija y la puerta se abre. Su sonrisa peligrosa me fascina y la acompaño a delinquir, a traspasar un nuevo umbral, esta vez hacia las entrañas de Jesús.
Subimos alumbrando los escalones con la luz de la linterna. Como si no hubieran sido suficiente los que hicimos a la tarde, seguimos subiendo, en caracol, hacia arriba, hacia los ojos del hijo de Dios. Traspasamos sus costillas como la daga del soldado, su corazón, como los millones de fieles alrededor del planeta, su boca, como María Magdalena, y llegamos a sus ojos, y vemos como él nos ve, desde lo alto, el mundo diminuto, personas, personitas como hormigas que van y vienen, cada una en su labor, cada una en su ceguera personal. Nos maravillamos, nos besamos y recibimos a la noche que es completa, allá arriba, negra y sin luna, con algunas estrellas que la luz de Cochabamba no llega a apagar.
El viento se presenta y decidimos regresar. Bajar las escaleras de piedra hasta los pies, y las otras escaleras de vuelta a la ciudad. Cuando de pronto veo, por el rabillo del ojo, una sombra cerca nuestro. Algo quieto y oscuro que nos observa. Es un perro. Un perro negro de ojos amarillos. Nyx se percata conmigo de la presencia y suelta un grito por la sorpresa.
- ¡Es el perro de Potosí! ¡Es el que me mordió! – Me dice alarmada.
- Eso es imposible linda. – Intento calmarla mientras trato de ahuyentar al animal - ¡Chu! ¡¡Chuu!! – que no mueve ni un pelo.
- Es el mismo. Yo sé lo que te digo. Es ese perro. –
El miedo la posee y Nyx empieza a bajar las escaleras de piedra a toda velocidad. La sigo alumbrando con la linterna lo poco que puedo. Un viento helado sube desde abajo y un escalofrío me sacude las piernas. Me desespero un poco. No veo a Nyx pero escucho sus pasos. No veo al perro pero siento su presencia. Estoy solo, entre medio de Nyx que huye y el animal que nos persigue. Estoy solo y tengo miedo.
Las escaleras son eternas. Entre que las piernas me tiemblan y el apuro por la desesperación y el pánico, descender me cuesta el doble. Mucho más de lo que me costó subir. Es extraño. Es cómo si esas escaleras fueran otras, o ya hubiera pasado los pies del Cristo y siguiera bajando por unos escalones que no vi, hacia adentro del cerro, como hacia un subsuelo. Pero no. De pronto veo la puerta y salgo.
- Ay, boludo que susto. – Dice Nyx sosteniéndose el pecho con una mano.
- Me hiciste asustar a mí boluda. – Le respondo mientras apoyo las mías en las rodillas, tratando de recuperar el aire.
- Sí, perdón, es que desde esa vuelta… - De pronto se calla en seco.
Levanto la vista para mirarla y la veo tiesa, petrificada, tapándose la boca, ahogando un grito. Doy la vuelta y tras de mí el perro negro. Retrocedo y me pongo delante de Nyx. Siento su respirar agitado, tomo coraje y enfrento al bicho. Levanto los brazos, le grito, intento espantarlo. Pero nada. El animal nos observa con sus ojos extrañamente amarillos y empieza a andar para un costado, como rodeándonos. No pienso darle la espalda, ni dejar a Nyx que se interponga, así que con los brazos hacia atrás la sostengo, con la seguridad de estar bien plantado, de ser yo quien esté en el medio, entre la bestia y ella.
En el medio del caos, como si no pudiese ser peor, la Ley de Murphy quiebra mis razones y siento como Nyx, a la que tanteo con mis manos en la espalda, cae, se desploma, mientras yo tengo los ojos en el perro. Me doy vuelta instantáneamente y la veo inconsciente desmayada en el suelo. Mi cordura se escapa, no puedo pensar con claridad, me agacho y le hablo, sin dejar de vigilar al perro.
- Nyx, mi amor, Nyx, Nyx. – Le hablo mientras le sostengo la cabeza.
El perro se acerca, lentamente hacia nosotros.
- Nyx, que pasa Nyx. Despertá, por favor despertate. –
Y el animal enseña los colmillos.
- Vamos Nyx, despertate. –
La bestia se aproxima, lentamente, ya está cerca. Sus ojos amarillos anuncian un presagio de muerte. Sus colmillos avisan que será dolorosa y violenta. Y su avanzar, su proximidad, expresan lo inevitable.
Me hago una bola, abrazo a Nyx y cierro los ojos. Y espero el contacto. El frío de los colmillos atravesándome el cuello, la sangre inundándome la garganta, el silencio de la muerte que llega. Pero no llega. Espero, sumido en el terror, a la luz de las estrellas que han presenciado todas las vidas y todas las muertes de la tierra, a los pies del Cristo, frente a la luna que no está, espero. Pero nada sucede. Abro los ojos y veo al perro que enseña los dientes pero sus enfermos ojos amarillos no nos miran. Miran algo que está atrás, más allá de nosotros que estamos en el suelo. Y retrocede. La bestia, sin dejar de mostrar los dientes retrocede.
Giro la cabeza y veo una delgada mujer, de pollera colorada, dibujando símbolos con sus manos en el aire y pronunciando palabras en voz baja. Sus ojos verdes relucen más que los del perro en ésta noche de luna nueva. Sus pendientes amarillos también. Una piedra violeta en el medio de su frente refleja la luz de las estrellas. No me mira, mira hacia adelante, a la bestia que gruñe y retrocede, mientras ella corta el aire con los dedos extendidos y susurra palabras indescifrables. Escucho un grito desgarrador y vuelvo a voltear. El perro ya no está. Veo una niña pequeña que corre hasta desaparecer detrás del Cristo. Un sacudón sobre mis brazos y Nyx despierta.
- ¿Qué pasa? – pregunta desconcertada.
- Te desmayaste, amor. – Respondo.
De pronto parece recordar, porque sus cejas se curvan, su mirada busca en lo oscuro.
- El perro… - dice y tiembla.
- Ya está, se fue. – Respondo mientras le acaricio el pelo en el suelo.
Nyx parece tranquilizarse y ahora sí busco a la mujer que estaba hace unos momentos al lado nuestro. Pero no hay nadie. Ni atisbo de aquellos ojos verdes.
La ayudo a incorporarse y tomados de las manos bajamos los mil escalones hasta la ciudad, de vuelta a Cochabamba.

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