COCHABAMBA
Cochabamba
Llegamos a Cochabamba a la madrugada y nos toca hacer tiempo hasta que amanezca, porque la calle Aroma, justo la calle donde queda la terminal, dicen que de noche se pone áspera, re turbina, llena de maleantes y drogadictos. Así que una vez salido el sol vamos en busca de un hostel. Encontramos uno baratito, dentro de todo, y nos tiramos un ratito a dormir, que el viaje nos ha liquidado.
Un paseo por la ciudad y a comer silpancho, a ver que onda. Nada del otro mundo, arrocito, papas fritas, carne levemente apanada y frita y por supuesto huevo frito. La comida de Bolivia marcará un antes y un después en mi estómago que gritará basta! Y se empezará ir poco a poco al principio, y líquidamente y de golpe después, por las tuberías de todos los baños que se encuentren en el perímetro. Más el agua. El agua de Cochabamba no está tan buena como la de Sucre y se nota. Así que empezamos a comprar agua en bolsita, que sale cincuenta centavitos, y dice traer medio litro, pero en realidad trae mucho menos. Lo comprobamos al pasarlas a nuestras botellitas y notar que no las llenan ni a palasos. A no confiar, que en Bolivia parece, nos mienten con descaro.
A caminar y caminar y caminar. Vamos de punta a punta y más, a ver que hay allá y aun más allá. Llegamos a un lugar que parece lindo y queremos entrar pero está cercado por alambres de púas y cerrado con candados de siete llaves y bloqueado por patovicas de gafas negras y cables de teléfono en sus oídos. Y con más razón queremos pasar. Así que a esperar, agazapados a un costado, esperando como leonas que la gacela tenga sed, hasta que la tiene y la puerta queda libre, por un segundo nomás, en el que salimos de entre los pastizales, y nos colamos en aquel lugar que no sabemos que es pero que estamos a punto de saber.
El Palacio Portales, también conocido como la Casa Patiño, mandado a construir por el magnate Barón del Estaño, durante los años 1912 y 1927, reúne distintos estilos arquitectónicos que se han sabido integrar con maestría logrando una armonía singular nunca antes percibida por la zona. Don Simón Patiño, el Barón, solicitó que luego de su muerte, el palacio fuera destinado a convertirse en una sede artística, donde confluyan y tengan su espacio, todas las ramas y expresiones de arte que se deseen. Y así es, paseamos por una galería con una exposición en acuarela, por los jardines con flores de todos los colores y plantas tan exóticas que me siento un español conociendo América por primera vez. Y estamos yéndonos, porque se hizo la noche, cuando un hombre se nos acerca y nos pregunta si vinimos al concierto. Respondemos que sí, que por supuesto, aunque no tenemos ni idea de que nos habla.
- Pasen, por favor, tomen asiento. – Y entramos al palacio, donde un guitarrista boliviano de primera línea, repasará obras del continente y de su patria, deleitándonos a nosotros y a otros pocos, en una de las salas más hermosas que vi en mi vida.
La suerte, como siempre, está de nuestro lado.
De vuelta al hostel, vamos a cocinar. Nos dan la llave de la cocina y nos piden encarecidamente que la dejemos limpia. Nos miramos y sonreímos, una cocina con llave suponemos debe ser un lujo. Pero no, la cocina es un asco, aceite por todos lados, una sola olla hecha pingo y toda sucia, una esponja de 1810, grasa en las paredes, un asco. Pero bueno es lo que hay. En ese lugar del terror nos cruzamos con Salta, un norteño de Argentina que nos ve cocinando y nos propone que cenemos juntos. Aceptamos, por supuesto, y entre seca y seca nos cuenta, que anda laburando, vendiendo choripanes y milanesas, que la cocina la usa siempre él, y que por favor no le volvamos a sacar yerba de su paquete. Me excuso argumentando que pensé que era comunitaria y que si quiere se la devuelvo, pero dice que no y sigue hablando.
Este tipo me da mala espina.
Nos cuenta que se ha peleado con su compañera, que mejor porque estaba media tóxica y que la conoció de una manera un tanto particular.
- Estaba en una fiestita de electrónica, y hubo algo en ella, que cuando la vi me llamó la atención. Bailaba como poseída, sus ojos negros todo pupilas alejaban a los pocos que se le acercaban, y su vibra oscura, de alguna manera me llamaba. Me le acerqué, le sonreí, me miró y borró mi sonrisa. Me sacó el vaso sin preguntar y se lo bebió de un sorbo. Me abrazó, me besó a las mordidas y luego cayó al piso y empezó a temblar. A convulsionar. Los de seguridad la sacaron afuera “por drogadicta” dijeron, y yo salí para que no se muera. Hablaba en un idioma que no entendía y se retorcía en el suelo como si fuera un invertebrado. Llamé a la ambulancia que nunca vino, mientras le sostenía la lengua para que no se mordiera. De un momento a otro sus ojos negros se volvieron verdes y me dijo, llamá a la hermana Jacinta. ¿Qué carajos? Sus ojos se oscurecieron otra vez y siguió mordiéndome y retorciéndose. Ahí entendí todo.
Una pausa para tomar agua, para fumar otra seca y siguió contando:
- Yo soy católico, hace tiempo, así que entendí todo. Le saqué el celu del bolsillo y llamé a Jacinta. Jacinta me dijo que estaba lejos y que tenía que ser yo quién la sacara de ahí, de ese estado. La voz de la hermana me guió por el teléfono y yo, que ya sabía lo que pasaba, le puse una mano en la cabeza, recé y recé y repetí las palabras en latín que Jacinta me dictó, una y otra vez, mientras aquella chica se retorcía y me injuriaba con una voz que no era la suya, y se resistía como una fiera asesina, violenta, sedienta de sangre a la que han atrapado y quiere soltarse. Solo, en la calle, a la luz eléctrica de un farol, repetí las palabras que Jacinta me decía, y saqué al demonio que estaba en ella. Sus ojos volvieron a ser verdes y María, volvió a ser María.
- ¿Pero que onda? ¿Fue un exorcismo? –
- Sí, tal cual. Ese fue el primero en el que participé. A raíz de eso empecé a participar más activamente y ya llevo catorce exorcismos exitosos. –
- Pasa en las películas, pasa en la vida. –
- Pasa en Cochabamba. –
- Increíble. –
- Sí, pero desde que conocí a Dios por primera vez, me conecté con un poder que tengo dentro y no sabía. Puedo leer la mente de las personas.
¿Ah, sí? Pienso para mis adentros.
- Sí, yo tuve una adicción muy fuerte al éxtasis. Soy DJ y curtí mucho tiempo la noche y me volví un adicto a la rola. Toqué fondo hasta que una señora me recomendó ir a la iglesia el domingo, con ella.
Mmm, hay algo que no te creo, sigo pensando, este tipo me da mala espina.
- Te juro. Fui, ya no sabía que hacer así que fui.
Hay algo en vos que no me cierra, flaco. Si me escuchás, quiero que sepas que no te creo.
- Y en el medio de la misa, de pronto sentí un fuego. Fue como que el de arriba me dijo “Ah, querés éxtasis, acá tenés éxtasis”.
No te creo nada de nada, pienso mientras lo miro y asiento.
- Todo mi cuerpo se encendió y yo empecé a llorar. A llorar desconsoladamente, como un niño recién nacido. Y después, de pronto, a reir a carcajadas. Y no entendía por qué. No entendía que pasaba. Y el viejo que tenía al lado me miraba sin sorpresa y sonreía. Cuando me calmé, el viejo me dijo, acabás de conocer a Dios.
¿Ah sí? ¿Así que sos amigo del barba también? Me río por dentro de esta persona que de pronto me genera una profunda desconfianza.
- Sí, a partir de ahí nunca más toque una rola. Y pude conectarme conmigo, y empezar a leer la mente de la gente.
Si me escuchás, sabés entonces que te detesto, que no te banco, que te odio.
- De pronto, quizás, camino por la calle, y siento que tengo que hablarle a alguien, que ese alguien necesita mi ayuda, y me acerco y le hablo, y le cuento que puedo oír sus pensamientos y que sé que necesita mi ayuda, y le recomiendo la biblia, la palabra, la iglesia, la imagen de Jesús, nuestro pastor.
Mira vos che, pienso y sigo sin hablar. Solo oyendo y asintiendo. Pensando en que miente, en que no te creo, en que te odio. Sí, te odio, por mentiroso cara rota.
- Así que en esa estoy, salvando a los pobres desdichados como yo, que necesitan de Cristo y de su luz, de su imagen y de su dolor, porque él se sacrificó para salvarnos a todos.
Que lo descuelguen de una puta vez a ese pobre tipo, que ya lleva más de dos mil años sufriendo en cada iglesia, en cada cuello, en cada estampita.
Por fin, este mentiroso cara dura se calla un poco. Y aprovecho para decir
- ¿Comemos?
- Dale. - dice Nyx que hace un rato mira el celu y siento que piensa lo mismo que yo.
Y comemos en silencio. Por suerte, un rato en silencio. Aunque sigo pensando en que no lo banco, en que mejor que se vaya a dormir pronto, en que espero no verte nunca más.
Terminamos y se va sin lavar los platos.
Gil, le digo para mis adentros, tomatelá. Y lo veo como cruza la puerta, se aleja, baja por las escaleras. Y por dentro siento un alivio de que su presencia ya no esté, y sonrío mirando a Nyx que también sonríe, mientras levanta la mesa y yo lavo. Pero de pronto lo veo venir, no otra vez, que hacés acá, tomatelá, no te banco, te detesto, te odio chabón te odio.
Entra en la cocina y agarra la yerba y se la lleva. Pero antes de irse, me mira a los ojos y me dice:
- Yo no. Y si necesitás a Dios, el está ahí afuera, esperándote. – Y se va.
- Yo sí. – le grito. – Y Dios está acá, conmigo, bien adentro y no colgado. –

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