LA PAZ - Laberinto de Gigantes
Laberinto de Gigantes
Nos ha confirmado Edson, un Couch en La Paz, que podemos ir a hospedarnos con él, así que alistamos nuestras mochilas, nos despedimos de la gente del hostel, y nos vamos. Recontra apretados en el trufi que nos lleva hasta su casa, que queda por la plaza Villarroel.
Nos sentamos separados porque el trufi está llenísimo, y aprovecho para ver las fotos del otro día. Tres disparos. Dos fuera de foco o movidos que borro instantáneamente y uno que salió aparentemente bien. Hago zoom para corroborar que así sea, que sea una buena foto, un retrato perfecto, y de paso, para apreciar más detenidamente las curvas de aquella mujer desnuda. Hago zoom y en el fondo veo algo que me llama la atención. Acerco un poco más y lo veo. Un hombre enorme, altísimo, vestido de negro, o todo negro, confundiéndose con la penumbra al fondo de la habitación. Solo se nota el reflejo amarillento de las velas en el oscuro espejo de sus ojos, también en sus dientes, que pareciera están sonriendo. La imagen me petrifica. Estábamos solos. ¿O había alguien que no vi? Pero si había alguien, ¿qué hacía ahí oculto, observándonos en la oscuridad?
La imagen me da escalofríos. El retrato es precioso, ella está divina. Pero ese hombre que mira desde lo alto, en el fondo. Esos ojos y esos dientes amarillos corrompen la escena. La cubren de un halo lóbrego y siniestro, la pervierten. ¿Habré atrapado, por primera vez, un espectro, con el negro ojo de la cámara? ¿O que mierda está pasando?
La apago y la guardo y quiero sacarme esa imagen de la cabeza pero no puedo. Lejos de fantasear con la piel dorada de María, lo único que mi memoria trae con persistencia son esos ojos y esos dientes. Ese ser en la penumbra que nos observa desde arriba, oculto entre las sombras. ¿Qué era? ¿Quién era?
En esas cavilaciones estaba cuando Nyx me avisa que es hora de bajar, y bajamos.
Edson nos recibe animado y nos prepara un Singani Sour. Un trago conocido pero hecho con bebida nacional. Seguimos con vodka y jugo de pomelo. Y finalizamos con Whisky. Nos vamos a dormir mareados y con la panza revuelta. Nos levantamos solo para vomitar y seguir durmiendo, hasta mañana, donde prometeré frente al espejo con un aliento pútrido que levanta muertos que nunca más en mi vida beberé alcohol.
Después de una mañana eterna enroscados entre las sábanas, nos levantamos a desayunar, preparamos los mates y nos vamos, a una excursión que nos han recomendado: Laberinto de Gigantes.
Llegamos y somos los únicos menores de sesenta. El resto son todos jubilados. Nos miramos con Nyx y nos damos cuenta que si bien la excursión promete, es muy probable que nos la pasemos de aquí para allá, la mayoría del tiempo arriba de la combi, comiendo y yendo a lugares a gastar más plata no incluida en el paquete. Y no nos confundimos.
Primero vamos un segundo a Pampahasi, el mirador que me recomendó el viejo. Pregunto por el hueco negro a todos los guías que andan por ahí y ninguno sabe. Así que nos vamos sin conocerlo. Quizás todavía no estamos listos. Quizás lo profundo aun no desee manifestarse. Quizás no hoy, pero hacia allá vamos. Hacia lo alto, a contemplar el abismo y esperar, pacientes, que el abismo nos devuelva la mirada.
De ahí a Colchani, una localidad cercana, a ver como ordeñan una vaca y cosechan lechuga y venden queso. Esperamos sentados a un costado mientras todos los viejos toman leche y todas las viejas compran quesos y lechugas.
Y ahora sí, al mirador, a ver a los gigantes. Solo vamos unos pocos. Nosotros y los jubilados que les gusta el treking, que han venido con sus palitos y sus zapatillas espaciales, a caminar felices hacia el laberinto.
Después de un rato de andar por un sendero estrecho y poco señalizado, llegamos. Nos amuchamos al borde del precipicio y contemplamos el abismo. Al final, no faltaba tanto. Lo profundo aparece, no a dónde lo fuimos a buscar, no de la manera que lo estábamos buscando. Pero quien busca con el corazón encuentra, y lo profundo nos ha encontrado.
Nos quedamos un breve momento observando la inmensidad, a los gigantes de piedra que duermen y sueñan, acaso, con mariposas de tierra que vuelan entre crisantemos de cuarzo y citrinos de orquídeas. ¿Soñarán con ser pequeños y escurridizos, para poder pasear entre los bosques y abrazar a los árboles sin aplastarlos, sin destrozarlos al mínimo roce?
Aletargado por las imágenes que la imaginación me propone mientras el pensamiento etiqueta, crea, estructura, se rompe y se transforma, escucho que alguien nos avisa que hay que bajar, que nos apuremos que tenemos que irnos. Les respondemos que sí, que ahí vamos, que una foto más, que un minuto más de estos tres que nos han dado. Y se van, abandonándonos allí, porque prefieren la seguridad de la combi a la inmensidad de los laberintos. Nosotros no, preferimos perdernos porque confiamos que es la única manera de encontrarnos. Y nos quedamos, un ratito más, al borde del precipicio, observando a los gigantes que duermen entre los recovecos del laberinto. Estábamos en eso, contemplando el abismo, cuando vimos (y esto podemos asegurarlo porque lo vimos juntos, como cuando gritamos y coincidimos al ver una misma estrella fugaz que cruza el cielo iluminando la noche) como una de las piedras enormes, uno de los gigantes, abría los ojos y nos devolvía la mirada. Fue solo un momento en que lo vimos y gritamos al unísono “¿Lo viste?”. Sí, lo vimos. Pudimos ver como el gigante abrió los ojos y nos miró, y luego volvió a cerrarlos. Si miras el abismo lo suficiente descubrirás como de un momento a otro éste te devuelve la mirada.
Bajamos satisfechos y felices, por habernos atrevido a subir hasta lo alto, a asomarnos al precipicio, y observar en calma las profundidades. Y entender que todo es lo mismo y que quien mira sin palabras, ni deseos, ni juicios, ve y se ve. Es.
Descendemos por el sendero hacia la combi y la combi no está. Se ha ido y nos ha dejado, abandonados allí a nuestra suerte, en el medio de un pueblo que no conocemos y del cuál no tenemos la más mínima idea de como volver. Pero no nos importa. Nos encantan los laberintos.
Arrancamos a caminar y los vemos a los lejos que vuelven.
- ¿Se perdieron chicos? – Nos pregunta un guía haciéndose el chistoso.
- No, todo lo contrario. – Respondo y Nyx completa:
- Nos encontramos. ¿Y ustedes? -
- Nosotros los estamos esperando en la degustación de licores, vamos. –
Y subimos a la combi hacia el próximo destino donde pasaremos el resto de la tarde y la excursión. Una fábrica artesanal de licores que por supuesto se encuentran a la venta, donde nos tentarán con un plato típico que también está a la venta. Decimos que no a todo y esperamos a que el resto de los viejos compre y se embriague y morfe y vuelva a comprar, para volver, de vuelta a la ciudad, a las bocinas, a lo de Edson, sabiendo que somos pequeñitos, sí, diminutos. Un puntito mínimo en el universo. Yendo de aquí para allá, enganchados como células, que van y vienen haciendo lo suyo sin entender porqué pero sintiéndose parte. Eso somos. Un granito de arena en el desierto, entendiendo que todo el desierto está en cada uno de nosotros que somos tan solo un granito de arena.


.jpeg)
.jpeg)


Comentarios
Publicar un comentario