LA PAZ - Mirador Killi Killi
Mirador Killi Killi
Hoy toca descansar. Nada de planes, a vagar por la ciudad. Recorremos las callecitas de La Paz, que van todas para arriba, y sin querer llegamos a un lugar que es una barbaridad. El mirador Killi Killi. Una vista espléndida de la ciudad y el Illimani, el cerro más hermoso que vi hasta hoy. Nosé que será, pero me despierta amor. El Illimani enamora, con sus pendientes, su nieve, su energía ancestral. Y no me queda otra que empezar a sacarle fotos, probando todos los encuadres, a un costado, en el centro, desenfocado, con nubes y sin nubes, un pedacito o todo entero. Cambio el lente y vuelvo a enfocar. En eso estoy cuando un viejo se me acerca y me empieza a conversar.
Me dice que espere un rato, que el atardecer está pronto, y la voy a ver a ella teñida de rosa, espléndida, mirando las estrellas.
- ¿A quién? – Le pregunto extrañado.
- A la mujer que vive ahí. – Y me muestra sus contornos en la nieve. Sus rodillas flexionadas, sus senos despiertos, su perfil femenino y su pelo largo extendido sobre las laderas.
Y la veo, espléndida y hermosa, delicada, mirando al cielo, recostada sobre el cerro. Y ahora entiendo por qué ese cerro me gusta tanto, por qué no podía dejar de mirarlo. Mejor dicho, de mirarla.
El viejo me cuenta que La Paz es una ciudad sumamente energética y que está fundada sobre un cráter. Que antiguamente allí cayó un meteorito que dejó el hueco dónde hoy se asienta la ciudad. Y que alrededor está llena de huequitos más pequeños, también poblados, frutos de las rocas desprendidas por el impacto.
Me cuenta también que desde donde estamos apenas vemos un pequeño porcentaje de la ciudad, que es enorme, y que podremos verla mejor desde el mirador de Pampahasi, aunque de todas formas no en su totalidad. Y que allí hay un hueco negro. Negro como la noche más oscura. Producto también de un meteorito. Y que si te atreves a mirarlo por un rato, el tiempo suficiente, el hueco te devuelve la mirada. Que si vamos, vayamos con precaución, porque observarlo provoca mareos, desorientación y hasta desmayos.
- El abismo es implacable. – Agrega. – No tiene piedad frente a la pesadez de espíritu. Quien anda cargado se asusta al ver la negrura y el vacío de aquel hueco, y el abismo lo golpea con fuerza. En cambio, aquel que camina liviano, amigado con la insoportable levedad del ser, puede asomarse sin problemas, y verá como el abismo oscuro le devuelve la mirada. –
- ¿Y que ves? – pregunto entusiasmado.
- Eso me lo dirás tú. Hay quien ve flores y estrellas. Hay quien ha visto antiguas criaturas submarinas que nadan en círculo por el aire. Hay quien solo ve negrura. Y hay quien se ve a sí mismo, mirándose desde lo profundo.
- ¿Y vos que viste? – abro los ojos que destellan y casi ni parpadean.
- Ya no lo recuerdo. – Me contesta serio y sigue hablando.
Me cuenta de Chulumani, una localidad cercana, en las Yungas, dónde existe un lugar en el que se puede acampar. Y dónde si lo haces, al otro día cuando te despiertas, sientes o bien una energía poderosísima y te crees capaz de cualquier cosa, de subir montañas, o trepar árboles altísimos, o cruzar el mismísimo Titicaca a nado. O bien te sientes deprimido, triste, sin ganas de nada ni fuerzas para levantarte.
- Es un lugar poderosísimo, les recomiendo que vayan ahí. –
- Iremos. – Confirmo mientras observo como la mujer en la lejanía comienza a teñirse de un rosado anaranjado.
El sol se va y el viejo me dice que para el encuentro con la naturaleza, para la comunión, solo se exigen cinco cosas de nosotros.
- Nada de carne, porque se tarda mucho en digerir, y ese esfuerzo sobre exigido malgasta nuestra energía. –
- Nada de coito. La producción de espermatozoides consume también una cantidad de energía extraordinaria que es necesaria para la conexión con el mundo natural.
- Tampoco beber alcohol ni fumar.
Y contempla, de espaldas al ocaso, con su mirada cargada de melancolía, de belleza y de poesía, a la mujer recostada sobre el cerro observando las estrellas.
- Pará viejo, me dijiste que eran cinco y me nombraste tres. – Le aclaro mientras sigo pensando.
- No no, te dije todas - me dice.
- No viejo, me dijiste tres. No comer carne – y levanto el pulgar – no coger – y extiendo el índice – no beber ni fumar – y subo el dedo del medio.
- No, esas son dos distintas – me aclara.
- Y bueno, le digo, falta una. –
- No no, ya están todas. – vuelve a confirmar mientras sus ojos permanecen en la bella mujer del Illimani.
- No, viejo. Vamos de vuelta. Nada de carne. Uno. Nada de sexo. Dos… -
- Lo correcto sería decir coito. Somos seres sexuales, en este momento estamos sexualizando… -
- Bueno. Nada de coito. Dos. -
- Sí, nada de eso. –
- Nada de alcohol. Tres. –
- Exacto. –
- Nada de fumar. Cuatro. –
- Ajam. –
- ¿Y la quinta? –
- Y eso lo tenés que averiguar vos. – Y comienza a reirse a carcajadas. - ¿Querés que te diga todo? Tenés que hacer un esfuerzo. – Y el viejo se caga de la risa.
Viejo hijodemil me cagaste pienso mientras su carcajada me contagia y empiezo a reírme también como hacía rato no lo hacía. No es risa, es energía.
Las estrellas se empiezan a ver y nos tiramos en el suelo a disfrutarlas como la diosa en el cerro. Nyx no. No ha traído abrigo suficiente y tiene frío. La Paz es implacable a estas horas para quien no vino preparado. Y los mates se acabaron.
Así que me levanto y me despido de aquel hombre que lo idealizo c
omo una especie de gurú. Un hombre de conocimiento. De conocimiento no, de sabiduría. Y nos despedimos con un abrazo. Un abrazo tan fuerte que por un momento confundo su corazón con el mío.
- Viejo, ¿cómo te llamás? – le pregunto antes de despedirme para siempre.
- Yo no me llamo. – Me responde el viejo y me deja un poco confundido.
- ¿Cómo es eso? – inquiero desconcertado.
- Pues claro. – me dice – A mí me llaman. Los otros me llaman, pero yo a mí no me llamo, no me puedo llamar.
Me río entendiendo el juego de palabras un poco tarde.
- Viejo me cagaste de vuelta. – exclamo entre risa y sorpresa.
El viejo se caga de la risa y me pega otro abrazo. Nuestro corazón palpita al unísono. Quizás se hayan fundido y al despegarnos un pedacito del mío quedó en su pecho y un pedacito del suyo quedó en el mío.
Nos despedimos y nos vamos, el por su camino, y nosotros por el nuestro. Y en todo el trayecto del mirador hasta el hostel no puedo para de sonreír. Ese viejo sin nombre me trastocó el alma. Me mostró la puerta y me enseñó que es cosa mía y solamente mía estar dispuesto a cruzarla.

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