LA PAZ - Valle de la Luna
Valle de la Luna
Despierto. Nyx no está. Me preocupo y la llamo. Claramente doy con el contestador, acá en Bolivia, no tenemos línea, solo usamos el Wifi. Intento sosegarme, mientras me visto y bajo a consultar si la han visto. Me dicen que sí, y que ha salido. ¿A dónde fue? ¿Por qué no me avisó?
Regreso a la habitación y prendo la tele. La primera tele en años. Nada me entretiene. ¿Dónde están Los Simpson? ¿Dónde Casados con Hijos? ¿Acaso, Bolivia, no tiene sentido del humor? Tener lo tiene, pero claramente no es el mismo que el nuestro. Pero laputamadre Nyx, ¿dónde carajo estás?
Cómo si me hubiera oído, escucho la llave en la puerta, veo el picaporte que gira, y Nyx que entra radiante, sonriéndome, con una bolsa en las manos y el termo en la otra.
- Holis, despertaste dormilón. – Me dice mientras se saca la campera.
- ¿Dónde estabas boluda? Me preocupé. –
- Ay perdón mi amor, es que estabas súper dormido y no te quise despertar. Salí un segundo a comprar para desayunar y de pasó calenté agüita. –
- ¿Cómo te sentís? – Le preguntó aunque la veo muy bien.
- ¡De diez! ¡¡Me dejó de doler la pierna!! Y no sé, me levanté con un ánimo tremendo y con un montón de energía. Ese tesito me hizo re bien. ¿De dónde lo sacaste? –
- Me lo dio una bruja. –
- Ay, estaría para comprar más, por si acaso, ¿no? –
- Sí, después vamos. –
- Ya sé a donde podemos ir hoy. – Me dice mientras me ofrece un pedazo de bizcochuelo calentito.
- Mmm, ¿a dónde? – pregunto con la boca llena de vainilla y chocolate.
- Al Valle de la Luna.
Y nos vamos. Un trufi desde el mercado Rodriguez hasta allá, a 3 Bs. Intentan cobrarnos más, pero como vamos informados no lo logran. Rechazamos el primero y nos subimos al segundo, al que no nos quiere estafar, y vamos, apretados como siempre, hasta nuestro destino del día. Una regateada en la puerta para que nos cobren el precio nacional y lo logramos, en vez de pagar 15 Bs., pagamos 3.
Y arrancamos el recorrido maravilloso entre las formaciones rocosas que se asemejan (yo nunca fui pero Kubrik me mostró) a las de la luna. Quizás aquí filmaron la famosa llegada de los gringos. Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para Hollywood.
Un músico toca el cicus en las alturas. A cada paso que damos, entre subidas y bajadas, por los recovecos de la luna, rodeando los cráteres, esquivando los viejos equipos de filmación; lo vemos. Y lo oímos. Su música ameniza el viaje durante todo el trayecto, y su figura, en lo alto, entre las nubes, con poncho y gorro coya, nos impregna el paladar de sabor andino. La Paz, aquí estamos, llegamos.
Saltamos y la falta de gravedad nos impulsa varios metros hacia adelante. Dejamos nuestras huellas en el polvo lunar y nos besamos en el aire, mientras levitamos. La falta de oxígeno se deja sentir, pero flotar vale la pena. Los turistas nos miran desde abajo y no entienden. Son años de práctica muchachos.
Uno nos grita:
- ¡Chicoooos! ¿Cómo lo hacen? –
- ¡Tenés que soltar la mochila! – le respondo.
Y abajo lo veo dudar, mirar a su pareja que le dice que no con la cabeza, que le señala la hora atada a la muñeca, que lo toma de la mano y lo obliga a seguir. Y él sigue, sin sacarse el mochilón que se ve pesado, a pie, y ya no vuelve a mirar para arriba, al cielo, dónde estamos nosotros.
Una guardia del parque nos avisa que van a cerrar, así que no nos queda otra que bajar. Descendemos y salimos. A la calle una vez más. A esperar el trufi que nos llevará de vuelta. A reir y a soñar.

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