LA PAZ

La Paz

Viajamos a la Paz de noche. Dormimos todo el camino y llegamos de madrugada. El frío se hace sentir. Dejamos las mochilas en la terminal y nos vamos a recorrer la ciudad, a buscar hospedaje. Nyx renguea, desde ayer que le duele la cicatriz en la pierna, donde la mordieron. Venía bien, poniéndose una inyección por día, sin dolor, solo el de los pinchazos, pero desde ayer que le empezó a arder la pierna. Se pasó la noche girando molesta y tomando ibuprofeno. Hoy se clavó dos más, pero el dolor no cesa. 

Pasamos por el médico y nos recomendó más ibuprofeno y hielo. Dice que no hay infección. Nyx se muerde los labios para no llorar y putea a cada paso. Vamos rápido para la zona del mercado Rodriguez, donde está la calle de las brujas, por una recomendación que nos habían dado y conseguimos un hostel dentro de todo baratito, a 70 Bs. la noche en habitación privada, sin cocina. Dejo a Nyx que duerma y voy por las mochilas. Tendré que hacer dos viajes porque en uno solo no voy a poder con las dos. La terminal, por suerte, no está tan lejos.

Estoy cansado, pero tengo hambre, así que una vez que vuelvo, voy a dar unas vueltas en busca de comida. Aprovecho para recorrer las callesitas del barrio, y la verdad es que me sorprendo un poco. Estamos en territorio de brujas. Brujas reales y usureras, que venden de todo para el consumo supersticioso del vecino. Y encima en el mes de la Pacha. Todos los sitios están abarrotados. La gente compra y compra. Toneladas de palo santo y litros y litros de alcohol para sus hogueras. Llamitas muertas y disecadas para sus ofrendas cuelgan del cuello de todos los puestos, con las patas atadas, adornadas de colores. Chanchitos (o perritos) también secos, miniaturas, bebés, me recuerdan las cabezas reducidas de los Shuar, solo por la textura, y porque es lo único semejante que he visto en la tele; cuelgan también atados de a pares o de a tres, de los puestitos de las brujas, entre el humo de sahumerio y paquetes de yerba.

Me acerco a observar con cámara en mano a uno de los espacios dónde no hay tanta gente desesperada por comprar material para sus ofrendas. ¿Qué loco no? Ofrendar a la Pacha palo santo talado de algún bosque, una alpaca asesinada de pequeña mientras pastaba mansa por los prados, alcohol a la tierra que no bebe, que prefiere el agua, que solo quiere que la dejen tranquila. Qué loco también horrorizarme al ver a los bichos colgando disecados en la calle, pero disfrutarlos cuando los tengo delante de mí cada día sobre un plato, o abiertos de par en par y crucificados frente al fuego, o chorreando grasa y sangre entre el pan y la lechuga. No es locura es hipocresía. Habrá que reacomodar los cimientos, y para ello será necesario derrumbar la casa. Golpe a golpe, brick by brick. ¿Bastarán los martillos? Yo creo, que al final, lo único que servirá, será el fuego.

Prefiero preguntar antes de fotografiar, por lo que ingreso al local al no ver a nadie en la puerta. La idea es no ofender a nadie. Entro y está vacío. En la mesa hay un plato a medio terminar, una taza de café humeando, un video corriendo en la computadora. Me quedo observando los colores y arranco a fotear, cuando desde atrás escucho.

- Oye, tú, ¿qué crees que estás haciendo? – 

Me doy vuelta para pedir disculpas pero no hay nadie. Un escalofrío me recorre por las espalda y me apuro para salir de allí.

- Ey, tú, ¿a dónde vas tan apurado? – 

Giro y a tan solo unos centímetros una mujer sonríe con su boca en medialuna y sus enormes ojos verdes. Me sobresalto por la cercanía y ella ríe. Río también porque aquella mujer lo que menos da es miedo, y me ruborizo un tanto por la imponencia de su belleza.

- Perdón – argumento – estaba sacando unas fotos.

- ¿Y quién te dio el permiso? – la morocha juega conmigo.

- Vine a buscarlo – respondo retomando la compostura y desatando mi tan característica sagacidad argentina. – Pero no había nadie, así que como no es delito y yo soy tan solo un modesto artista, aproveché la oportunidad y disparé con ella – levanto la cámara – que, quedate tranqui, no lleva pólvora.

La morocha se ríe y pregunta:

- ¿Argentino, verdad? –

- ¡Argentino! – reafirmo sosteniendo la erre y levantando la voz.

- ¿Eres fotógrafo? –

- Lo intento… - 

- Pues entonces ven, me dice – y me invita a seguirla.

La sigo pasando el mostrador, mientras siento que ya la he visto, y que me suena es, la mujer del otro día, la que nos salvó en Cochabamba. Aunque no lleva aritos ni una piedra en su entrecejo. Ni viste pollera, ni lleva el pelo suelto. Pero sí lleva un collar con una piedra enorme de color turquesa en el medio del pecho y un pañuelo del mismo color cubriéndole el pelo. Una remera corta que enseña las delicadas curvas de su cintura, un piercing en el ombligo con una cadenita que cuelga, y unos pantalones de bambula lo suficientemente oscuros para no enseñar más de lo debido. Esa morocha es un fuego.

La sigo y juntos cruzamos una cortina que separa el local de otro sitio, tenuemente iluminado por velas apoyadas sobre una mesa y en los estantes de una biblioteca. La mesa redonda está cubierta por un mantel de color rojo y encima, junto a las velas, un mazo de cartas.

- ¿Sos – comienzo la pregunta lentamente, esperando que sus ojos encuentren los míos, para intentar leer la respuesta en ellos y no escucharla tan solo de sus oídos – la mujer del otro día?

- ¿Qué mujer? – me pregunta y no voltea a mirarme, está ocupada encendiendo algunas velas más, en otra mesita más pequeña, a los costados de un sillón de tres cuerpos.

- La mujer de Cochabamba. La que nos salvó de los perros. – 

- Jajaja. No. –

- Vamos, no me mientas. Sé que sos vos. – Insisto.

- A menos que sea una bruja y tenga el poder de teletransportarme, creo que no. – 

- Pero estamos en la calle indicada, en un local propicio. Este cuarto está lleno de velas. –

- Bueno, sí, bruja soy, pero no de esas que estás acostumbrado a ver en la tele, que vuelan en escobas y convierten a los muchachos bonitos como tú en sapos asquerosos como esos. – Y señala una pecera enorme con cuatro o cinco sapos que inflan su garganta cubierta de verrugas. No pude evitar el calor que subía por mis mejillas.

- Y qué clase de bruja sos, entonces. –

- De las que han a aprendido a ver, aun con los ojos cerrados. Las que oyen los susurros del viento, los clamores del mar, las voces secretas de las montañas. Las que no necesitan escobas porque con solo cerrar los ojos e invocar a la serpiente pueden llegar a donde quieran. –

- Entonces eras vos… –

- Te dije que no, y no insistas o te mando a la pecera. – 

Rio, y reí también, contagiado por esa boca perfecta.

- Bueno… – Comencé a decir mientras le quitaba la vista y sentía como algo tan inocente como una sonrisa me ruborizaba las mejillas. – ¿A qué te gustaría que le saque una foto? – pregunté mientras inspeccionaba los gruesos volúmenes de tapa dura de la biblioteca. Ningún autor me resultaba familiar.

- A mí. – respondió.

- ¿A vos? – consulté con la cabeza de costado mientras leía el lomo de uno de los libros color bordó con inscripciones en dorado: Pactum, las leyes secretas de la sangre.

- Sí, a mí. –

Entonces giré y la vi. Aquella mujer estaba completamente desnuda. Sus ropas a un costado. Los senos rosados al descubierto. El pubis sin depilar, también. Me atraganté con mi propia saliva y empecé a toser descontroladamente. Cuando recuperé la compostura ella reía sin un solo atisbo de pudor. Se me acercó y hablándome muy cerquita me dijo ¿Y? ¿Funciona eso? Y sus ojos señalaron hacia abajo. 

- Por supuesto respondí. – Y tomé la cámara con las dos manos.

- Entonces arrancá. – me pidió mientras retrocedía cortando el aire con sus caderas y se apoyaba sobre la mesita de atrás.

No dude y empecé a gatillar. Dos o tres disparos y la cámara se apagó.

- ¿Qué sucede? – dijo y levantó una de sus cejas.

- Nada. Se murió la batería. Pero ya la cambio. – 

Me agaché, la cambié y nada. Seguía sin funcionar. Las nuevas también estaban descargadas. – 

- ¿Y? – se impacientó.

- Nada, nada, ya va. – y puse las últimas. 

La cámara no prendía. Esas también estaban muertas.

- Emm, están todas sin cargar. Perdón. Deberían funcionar. Nunca me pasó esto. – 

- Todos dicen lo mismo. – dijo y sonrió al decirlo y comenzó a vestirse.

¡Que bronca! Una diosa desnuda adelante mío y yo sin energía. ¡Qué bronca!

- Perdón. – hablé sin mirarla, mientras guardaba la cámara.

- No te preocupes. Como te dije, pasa a menudo. Son todos profesionales cuando hablan, pero resultan ser unos novatos cuando pasan a la acción. – Volvió a reír.

- Fue mala suerte. Si sabía que tendría una sesión, las hubiera cargado. En todo caso, permitime que me redima. Coordinemos otra sesión.

- No suelo dar segundas oportunidades, pero me caes bien. –

- Yo no suelo trabajar gratis tampoco, pero vos también me caes bien. –

- Andá, volvé, que seguro te están esperando. – Y me guiñó un ojo.

- Sí, te dejo con tus amantes. – Y señalé la pecera con la cabeza.

Me fui, pero antes de cruzar la cortina, escuché que me decía:

- Tomá. Llevate esto. - Y me dio una puñadito de hojas verdes de distintos colores y otras cuántas hierbas. –

- ¿Para qué es? – pregunté desconcertado.

- Para el dolor. Podés hacer una infusión. Las hierbas húmedas van en la herida, el té lo podés beber.

- Gracias. – dije y agregué - ¿Cómo te llamás?

- María. Pero me dicen Mar. –

- Gracias Mar. – repetí, y me fui.

Crucé la cortina, pasé entre las llamitas muertas y el dulce humo de los inciensos, salí a la calle y volví al hostel.

En la habitación me esperaba otra historia, la realidad. Nyx volaba de fiebre y con odio en su mirada me preguntó a dónde carajo me había ido. Le pedí perdón y le dije la verdad, que había estado sacando fotos por ahí, en la calle de las brujas. Omití, por supuesto, la parte del desnudo. Comenzó a llorar y me dijo que le dolía la cicatriz, que se sentía muy mal, que había tenido pesadillas por la fiebre. Que había soñado con el perro que la perseguía, la alcanzaba, la mordía.

La calmé mientras le acariciaba el pelo y le secaba las lágrimas. Fui por agua fría para su frente y agua caliente para hacerle un té. Lo bebió aunque dijo que estaba horrible y con las hierbas húmedas hice un bollito y se las puse sobre la cicatriz. Le cambié el paño de agua fría una y otra vez hasta que se quedó dormida. Puse a cargar las pilas y me acosté a su lado.



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