TIWANAKU - PARTE 2

Kalasasaya

Andamos bajo el sol que castiga, y llegamos, finalmente, al Kalasaya. El sitio más increíble y hermoso que vi en mi vida. El templo de las piedras paradas. Enormes monolitos de piedra a modo de columnas sobresalen por su altura del final del muro. La precisión de cálculo de sus arquitectos maravilla hasta hoy en día. Durante los equinoccios, de otoño y de primavera, el sol nace por el centro de la puerta principal de ingreso. En el solsticio de invierno el sol nace por el ángulo noreste, mientras que en el de verano por el ángulo sureste. 

En el exacto centro del lugar se erige un ídolo de piedra. Figuras aladas, cabezas de puma, de cóndor, de serpiente lo adornan de arriba a abajo. La energía del lugar puede con Nyx que necesita sentarse a descansar, y se aleja hacia las gradas. Mientras que por el contrario, yo me encuentro con energías de sobra, cómo si estuviera enchufado a dos veinte. No puedo parar de sacar fotos y de girar en círculo alrededor del templo, observando, lo que hasta el momento, es lo más loco y misterioso que vi en el viaje.

Decenas de cabezas sobresalen de los todos los muros. Rostros felinos, humanos, reptilianos escapan de los muros y sonríen, o están serios, o amenazantes, o dados vuelta. Decenas de cabezas salen de aquí y de allá y contemplan al que mira, absorto, las paredes del templo.

- Tienes miedo, se te nota. – De pronto, una voz a mis espaldas. 

Me doy vuelta para ver quién habla y no hay nadie.

- Sí, lo tiene. – Otra voz, esta vez más cerca y a mi derecha me hace girar la cabeza velozmente y casi me quedo duro por el movimiento.

Pero no hay nadie. Estoy yo solo allí. Yo y Nyx, que espera en las gradas.

- ¿Qué buscas? – Pregunta alguien a mi izquierda.

- ¿Qué encuentras? – Sigue otro a mi derecha.

- ¿Quién anda ahí? – Pregunto y la voz me tiembla.

- Te dije, tiene miedo. – Ríe alguien desde el fondo.

- Sí, sí. Jaja tiene miedo. – Confirma otro a mi costado.

- ¡¿Quién anda ahí?! – Repito esta vez a los gritos.

Y desde enfrente mío, miro como la boca de piedra de una cabeza que sobresale adelante, responde:

- No hay nadie aquí. Solo estás tú. – Y sonríe. Una boca de piedra, sin ojos sin nariz, sonríe adelante mío.

- ¡¿Pueden hablar?! – Pregunto desconcertado y atónito.

- No. – Responde la boca de piedra.

- Claramente no. – Dice la que está a su costado, de ojos saltones y boca de pato. 

- ¡¿Qué está pasando?! – Grito y cierro los ojos por la presión de lo incongruente, de lo fantástico. Por la pavura que me genera la fractura inesperada de la realidad.

- No pasa nada, che. – Me dice una de por allá, que está dada vuelta.

- Nada, nadita. – Y comienzan a reírse a carcajadas.

Una bulla impresionante, ensordecedora y delirante se hace eco en todo el recinto. Abro los ojos y miro las estrellas. No es de noche, pero miles de luces resaltan en el cielo soleado.

- La galaxia está… - comienza una con leves rasgos reptileanos.

- En el cinturón de Orión. – completa otra con notoria ascendencia africana.

- ¡Eso es imposible! – grita un rostro sin rostro, destrozado por las inclemencias del tiempo o los disparos de los españoles, porque aquel sitio sagrado, templo de antaño para unos, fue práctica de tiro para otros, para grabar a fuego su pura y acentuada imbecilidad española.

- El cinturón de Orión es un conjunto de tres estrellas. Es imposible que haya una galaxia allí. Debiste haber oído mal. – Continúa la cara rota.

- Yo se lo que oí. – gruñe una en el rincón y frunce el entrecejo.

- ¡¿Qué carajo está pasando?! ¡Esto es el diálogo de una película! – Deliro al borde del colapso psicológico.

- Una película que seguramente viste. – Responde la cara más cercana.

- ¡¡Sí!! ¡Es de Hombres de negro! La galaxia está en el cinturón de Orión.

- Eso es imposible. – Reafirma el rostro lastimado por los disparos.

- ¡¡¡Aaaaahhhh! – Se me escapa un grito desconsolado.

Las estrellas iluminan el cielo a pesar de ser las tres de la tarde. Un rostro antiguo, serio, inocente, bárbaro, me llama.

- Che, pibe, vení. – Dice y su calma tan acentuada hace que me acerque.

- Mirá para el cielo. ¿Ves las estrellas? –

- Sí. –

- ¿Querés ver fugaces? –

- Me encantaría. – Y entonces miro y veo como el cielo se empieza a mover en efervescentes destellos de fuego nocturno.

- Calmate. Y escuchá. Escuchate. Porque sos el único que está hablando. -

- ¿Cómo? –

- Escuchá. Escuchate. Sos el único aquí. Estás hablando con vos mismo. Es un favor. Un favorcito de él. – Y señala con un gesto el ídolo de piedra en el centro del recinto.

Volteo y su magnificencia antigua me obliga a respirar profundo.

- Así que aprovechá. Relajate y escuchá. Por primera vez escuchá. – Y se queda quieta, cómo si nunca se hubiera movido, cómo si no hubiera estado hablando hasta recién conmigo.

Camino en círculo mirando cada una de aquellas caras de piedra. Algunas están inmóviles, se niegan a revelarse a lo fantástico. Pero otras no, sonríen, balbucean, me hablan.

- Tres estrellas en el cielo. – Dice una y juraría que sus rasgos son femeninos.

- Tres caminos en la tierra. – Agrega la de al lado, la que tiene la nariz ancha.

- Tres mujeres dentro mío. – Sonríen las bocas en el muro.

- Una sola pregunta en tu destino. – Y ya no se escucha ni un solo ruido.

¿Qué querrán decir? Tarea para otro día. Ahora a escuchar, aunque no entienda nada de nada de lo que están diciendo.

- La paradoja es el lenguaje de los dioses. – Dice un rostro viejo, percudido por el clima. – Quién quiera oír, oirá. Tu camino es hacia el norte. Vas para arriba. – Y señala el cielo con los ojos. – No solo hay nubes en lo alto. No solo hay soles. – 

Y el cielo cambia, se vacía. Las estrellas se sumergen una a una en la negrura. La luna no aparece. Todo está apagado. Todo menos tres estrellas que reconozco enseguida; el cinturón de Orión, las Tres Marías.

Y así como se fue sin que lo echen, poco a poco, el día vuelve, va volviendo. El cielo retorna a su azul celeste, el sol clama en su trono que aun sigue siendo el rey.

Bajo la mirada y todo sigue quieto. Como antes, como siempre. Me miro los pies sobre la tierra y acaricio los muros del templo. Cierro los ojos y agradezco.

Nyx me hace señas a lo lejos. Y voy con los pasos lentos, cerciorándome de mis huellas en el polvo, por si acaso, por si todavía estoy soñando. Paso por adelante del ídolo y digo gracias una vez más, en voz alta.

Nyx me invita a seguir, porque a ese ritmo no vamos a poder ver todo lo que hay para ver porque va a cerrar el complejo. Si supieras Nyx, todo lo que he visto, pienso pero no digo nada y la sigo, sonriendo, porque no hay nada más lindo para ver que pueda superar sus ojos verdes al sol de la tarde, su boca perfecta, su rebelde pelo rubio que vuela con el viento y me recuerda que estoy vivo, que mejor besarla que pensar, que vayámonos a donde quieras, que yo te sigo.

Y la sigo hasta La Puerta del Sol. Y otra vez una puerta, que allí está y hay que cruzar. La Puerta del Sol. No hay puerta más puerta pienso mientras acaricio la soga que me corta el paso. Primero un pie, después el otro, luego el silbato que suena y un tipo que me cruza los brazos en lo alto. 

La tarde avanza hacia el oeste, y el sol baja a despedirse de la Tierra, a darle un beso. El contacto llega, es breve, mínimo. Es tan solo un beso. Y pasa, sigue su rumbo hacia la noche, hacia el vacío eterno del universo. El sol se esconde en el ocaso y mientras se va me baña de dorado. Cómo a un Dios, cómo a un hombre que contempla el horizonte. El silbato se oye cada vez menos, cada vez más lejos. Me dejo llevar por la sensación de poder que recorre mi cuerpo y recibo con los ojos cerrados el último cachito de luz, el último instante, el último fotón, cruzando la Puerta del Sol. 

Cuando abro los ojos tengo un tipo adelante obligándome a salir, con el seño fruncido y anteojos oscuros que no me dejan ver si aquel hombre está enojado o está frustrado, y salgo, pidiendo disculpas, no a él, sino a Nyx, que se tuvo que fumar la silbateada y el escándalo por culpa mía y mis inocentes desobediencias de turno. El vigilante se va y nos quedamos un rato a ver cómo todos los colores del mundo se aglomeran para saludar al sol que se fue, que ya no está. 

Arriba de la puerta, en el centro, el Señor de los Báculos asoma magnificente y poderoso, antiguo, secreto. A sus costados seres alados que lo reverencian finamente esculpidos algunos, inconclusos tantos otros, cómo si el artista o los artistas de pronto por alguna razón hayan tenido que abandonar precipitadamente su obra de arte. 

Éste, el nuestro, es un viaje hacia el principio, hacia el centro, hacia lo profundo del misterio. De misterio está hecho el universo, de misterio está hecho Tiwanaku. Y de misterio estamos hechos nosotros. Y vemos como llegamos, cómo de pronto estamos aquí, en eso que vinimos a buscar. La respuesta a una pregunta que no hicimos, pero que vinimos a buscar. Preguntas y una puerta de piedra. Piedras apiladas y un montón de caras. Estrellas en la boca, palabras en el cielo, y un hombre que mira el cielo y el cielo que le devuelve la mirada. 

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