TIWANAKU

Tiwanaku

Diez Bolivianos nos piden para llevarnos hasta Tiwanaku. Decimos que no y nos vamos a dar una vuelta. Comprobamos que son los únicos que van hasta allá, así que volvemos dispuestos a pagar lo que nos piden, pero al volver, el chófer nos cambia el precio. Siete Bolivianos. Decimos que sí y subimos. Después nos rescatamos que siete es el valor normal, correspondiente, y que al principio nos habían querido aumentar. Es así, ya estamos acostumbrados. 

El trufi arranca, y el paseo, hasta allá, es hermoso, como toda Bolivia. Los Andes. Los Andes nos hermanan, nos atraviesan, nos unen. Cada tramo es maravilloso, cada montaña distinta y única, cada nuevo día, aquí, a los pies de nuestra espina dorsal es el mejor. Cómo no iban a prosperar culturas tan impresionantes al lado de esta maravilla. Despertarse y ver a la montaña. A cualquiera de ellas, enormes, con sus picos blancos de tanto frío, y ellas quietas, ni un atisbo de temblor, allá tan alto, sin vértigo y sin miedo. Contagia. Verlas contagia de poder el espíritu y conecta con una verdad mayor, antigua y explícita, ausente de palabras. Y entender que mientras uno siga subiendo, a lo largo de este infinito continente, la seguirá viendo, distinta, nueva, pero la misma. 

La Cordillera de los Andes, dónde las estrellas se sientan a tomar mate, a ver a los cóndores pasar. Y juegan a encontrar constelaciones en el dibujo que los cóndores trazan en el aire. Por allí una serpiente de brisa que bordea la piel de la montaña, por allí un espiral que representa el universo. Y el cóndor que sube, sigue subiendo, va a conversar con lo supremo, con las altas esferas, con lo que es y siempre ha sido. A contarle que aquí, todo sigue igual, todo se va a la mierda. Que el lago de dónde emergieron, está podrido, lleno de basura y excremento. Que el bosque retrocede todo el tiempo, lo están talando, lo están matando. Que las praderas están llenas de botellas de coca y de cerveza. Que todo se fue a la mierda. Y con una lágrima que cae de los ojos del cielo, el espiral se corta, y el cóndor vuela en picada hacia la piedra, que le destroza el cráneo cuando lo encuentra. Y así cada vez más. El mundo muere, está muriendo, y no queremos darnos cuenta. Las estrellas vuelven al cielo dónde las colocamos hace siglos y las montañas nos vigilan. Únicas testigos indomables de nuestro cinismo y nuestra idiotez.

Pero no siempre fue así. Hace no mucho, en esta tierra fantástica, el hombre y el mundo vivían en armonía. Se respetaban, se querían. El lago Titicaca no estaba enfermo, no lo habían enfermado. Su color azul oscuro, azul profundo; su horizonte sin fronteras, su amistad con las montañas. Cómo no aceptar que el mundo nació allí, dónde nació él. Wiracocha, que siempre fue, creó el cielo y la tierra, el sol, la luna y las estrellas, y también hizo el tiempo cuando le ordenó al sol que avanzara. Y luego nació, eligió nacer, allí, en el lago Titicaca, a orillas de la Isla del Sol.

Y allí también nació y se desarrolló una de las más impresionantes culturas de la historia. Hacia allá vamos, hacia allá estamos yendo. Tiwanaku. En una trufi destartalada que escupe humo negro hacia el cielo, para escondernos un poco de los ojos del mundo, que nos mira y pena.

Tiwanaku. Llegamos. La energía golpea. Una fuerza invisible nos impregna de movimiento el cuerpo, y nos lleva, a su antojo, a dónde quiere. 

Tiwanaku, acá estamos. 

Vamos hasta la entrada, donde hay que sacar el ticket. Un cartel nos informa que el precio para nacionales es de 15Bs mientras que para extranjeros es de 100Bs. Vamos serenos, con la seguridad de contar con la experiencia de que el regateo funciona, que hasta ahora no pagamos nunca el precio que nos dicen que hay que pagar, y que obvio, hoy no va a ser la excepción.

Pero me equivoco. El empleado que nos recibe está empecinado en que algún día pongan una foto suya en las paredes despintadas y oscuras del fondo de la boletería, con una placa dorada con su nombre, enalteciendo sus funciones de ticketero y felicitando su buen comportamiento. Porque en ningún momento cede a nuestros argumentos de que no somos gringos, que somos hermanos latinos, que nos cobre quince y no cien. 

- No. No. No. No se puede. Tienen, lo siento mucho, pero tienen que pagar cien. –

Pero por favor. Pero dale, que te cuesta. ¿Que onda, comisionás vos?

- No. No. No. No se puede. Lo siento mucho pero tienen que pagar cien.

Una hora después, luego de hablar con éste, con ella y con aquel. Luego de golpear las puertas del director y hablar con su secretaria porque quiénes somos nosotros para golpear allí. Luego de todo eso y un poquito más, nos resignamos y pagamos los cien que nos piden.

El sol atraviesa nuestra piel avisando que estamos en terreno sagrado, que respetemos o sino se pudre. Pedimos permiso, nos agachamos y tocamos la tierra. Un pulso que viene desde abajo, un pulso que va desde nosotros. Un pulso nada más. 

Entramos, cruzamos livianos el velo hacia el pasado de América, hacia tiempos previos a la conquista, incluso anteriores a los Incas. Tiwanaku. 

A orillas del lago más hermoso del mundo, el más alto del mundo. Al borde de la cordillera. De la majestuosa cordillera de los Andes. Dónde nació el mundo y el hombre. Dónde nació Dios. Ahísito nomás, sin espamento y sin pudor. 

Somos hijos del misterio, de eso estamos hechos, de esa materia oscura se compone el universo. Y aquí, una ciudad entera que le rinde culto. Con sus imposibles encastres de piedras enormes que abrazan el cielo y doblan en perfecto ángulo recto. Sus puertas exactas que en días de solsticio dejan entrar al sol que penetra en la penumbra sin fricción, sin obstáculos, sin sombra, y alumbra un sol falso, un sol de oro puro, gigante, exagerado, que busca asemejarse a él, que le da vida, allí, dentro del templo.

La cruz del sur, la Chacana, la constelación más importante de Sudámerica. Un símbolo poderoso, una cruz antigua, escalonada. Con ascensos y descensos. Un símbolo que representa el ciclo eterno, las estaciones, los nacimientos y las muertes, el inframundo y la reencarnación. Cuatro lados, cuatro extremos, cuatro elementos, cuatro estaciones. Cuatro estrellas en el cielo y cuatro chacanas en la piedra, tallada en bajo relieve, milimétricamente perfectas. ¿Cómo? Es la pregunta que resuena a cada paso. Una pregunta estúpida, innecesaria, pero incesante. ¿Cómo? 

Enormes bloques de piedra apilados unos encima de otros. Como si los dioses hubieran jugado a un rompecabezas. ¿Cómo?

Cómo si alguien más los hubiera ayudado. Alguien de otra era, alguien de otro plano, alguien de otro mundo. ¿Cómo?

Cómo si supieran, solos, con vehemencia y astucia, con matemática y magia, con los apus de testigos que se niegan a contarnos el secreto. ¿Cuál secreto? Cómo.

Así andamos, entre piedras que no son piedras. Son puertas, son templos, son ídolos y rostros. Entre piedras que son piedra aunque parezcan otra cosa. Aunque uno exclame que es imposible hacer eso con la piedra. Que se necesitan máquinas, y computadoras, y herramientas de alto calibre. Aunque exclame y sienta el vértigo del misterio que se sonríe en su espesura. La piedra es piedra, y es puerta.

Así lo vieron y así lo hicieron. Un pueblo que no atraía, un pueblo que manifestaba. Lo que vio cuando lo vio, lo estaba mirando. Y en ese cruce de miradas entendieron todo. Lo que crees, creas. Y ellos creyeron y crearon. Las creencias han cambiado. Lo que se cree hoy está creando lo que vivimos hoy. Y lo que vivimos hoy es una mierda. Creamos el cáncer de tanto pensamiento negro, de tanta amargura neuronal. Sanamos el cáncer cuando damos luz, espacio, un breve lapso de atención entre respiro y respiro. Y si creemos en eso, creamos la cura a la enfermedad que nos hemos inventado.

Pero ciegos vamos, y preferimos la quimio a la meditación. El ocio al esfuerzo, lo externo a lo interno, lo fácil a lo correcto. La guita. Preferimos la guita. Y el mundo que se vaya a la mierda. El mundo que se pudra. No somos humanos, somos el cáncer de la Tierra.

Y entre este pensamiento y el que viene, piedras y más piedras, puertas.

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