VALLE DE LAS ÁNIMAS

Valle de las Ánimas

Las sombras de la noche se desunen y se unen a otras cosas. Algunas se pegan a los árboles, otras a los perros. Ciertas prefieren la rectitud de los cables a la curvatura del pasto con el viento. Muchas se pegan a los coches y a las bicicletas. La noche deja de ser noche al alba y el sol separa toda la negrura. Una sombra va en busca de mi persona que ya está en la calle buscando un trufi que nos lleve al Valle de las Ánimas. Hacia allá vamos. Porque ahí se juntan las sombras más profundas que existen en la Tierra. Las sombras de las montaña. Hacia esas profundidades vamos hoy. A ver si es cierto como dicen, que allí, las sombras desobedecen al sol y hacen lo que quieren, alejándose del compañero que les ha tocado, que el sol ha impuesto, y pasean por allí, ocultándose entre las rocas.

El trufi nos deja en el inicio del sendero, bien arriba. Solo queda subir una pendiente y asumir nuestra responsabilidad de transitarlo. El resto es bajada. Subimos y un nevado a lo lejos nos da el empujón que necesitábamos, seguros de que su presencia nos dará resguardo, nos protegerá.

Avanzamos por el sendero entre las rocas. Miles de escamas salen de la tierra y apuntan hacia el cielo. Desde la altura la escena se asemeja a la de un dinosaurio enterrado, de cabeza a cola, del cual solo sobresale su cresta de reptil a lo largo de toda la columna vertebral. 

El paisaje es desolador. Hermoso pero desolador. Se siente, a la legua, nuestro carácter de extranjeros. Aquí somos visitantes.

Vamos al punto más alto a observar el abismo, a aceptarnos en nuestra miniatura, a sentir el vacío de estar vivos y a abrazarnos mientras el tiempo pasa despacio. Aquí, en el vértigo, el tiempo corre lento, de a momentos. De a momentos de conciencia. Donde respirar es lo único que importa. Cómo si acaso alguna vez haya dejado de importar. Cómo si acaso no fuera lo único que importa. Cómo si por pensar, en esto, en aquello, en tal vez, dejásemos de respirar. Finite. No más. Los pulmones quietos, la nariz imparcial. El aire que no entra solo por pensar. Quizás así sería más fácil dejar de pensar y volver a respirar. Como ahora, que de tanto rumiar y rumiar y rumiar palabras, nos vinimos hasta aquí a callar. Y por suerte funciona. La desolación, los reptiles y las sombras. Lo tremendo, lo hambriento del mundo, la barbarie de lo incognoscible deja a la mente un rato libre de las etiquetas. Y la conciencia de pronto encuentra su lenguaje, que es oxígeno y es pulmón, árbol, tierra y corazón, tuyo y mío; mío y de Nyx también, porque hablamos lo mismo, aquí, mudos frente al abismo.

Y en el cielo un halcón que flota en el viento, que lo empuja como empuja a los árboles, a nosotros, a la montaña. Sus alas abiertas, su vista permanente en el horizonte, su corazón que late y flota vivo en el viento. No puedo dejar de mirarlo. Su conciencia despierta me alucina. Y no puedo dejar de mirarlo. Primero el instinto me llevó a pensarlo, a ponerle nombre, a etiquetarlo. Pero después, - y esto lo transmito aquí con la memoria intacta pero el cuerpo sereno, sin la sensación de electricidad de vida que sentí en ese momento -, intenté, atendiendo a la respiración, sosegarme un poco, relentizar el constante circuito de pensamientos y divagaciones. Inhalé y exhalé, y el ritmo fue bajando. Inhalé, y exhalé, y logré serenarme. El halcón flotaba en el mismo punto dónde comencé a mirarlo, como si se hubiera detenido en el tiempo y no en el espacio. Inhalé, y sentí cuerdas que me jalaban desde todos los puntos. Exhalé; y la luz subió desde abajo y borró todo de blanco.

De pronto me vi desde arriba, desde los ojos del halcón. Sentí el viento dándome en la cara y no supe si era mi cara o la cara del halcón. Vi a Nyx a los ojos frente a mí y desde arriba su larga cabellera. Oí las palabras de la montaña y creí que venían desde el fondo de mi pecho. Grité al cielo mi nombre y sentí el rugido de la tierra, como electricidad entre mis venas, recorriendo la carne trémula, conectándome con un pulso eterno y absoluto que clama vivo desde lo profundo. Y abrí los ojos.

O los cerré, quizás estaba despierto. Tal vez, ahora, el letargo. Volví a mirar al ave suspendida en el aire y dudé. Sentí el húmedo calor de los labios de Nyx, que se acercó mientras dormía y me despertó. O quizá me hizo olvidar que estaba dormido, y me permitió soñar tranquilo. 

El halcón flota sobre el viento, arriba el sol que ciega, y bajo la mirada por el ardor de la luz de un Dios que no le gustan que lo vean. Aprieto los ojos para calmar la ceguera mientras miro un punto en los arbustos debajo del halcón. Hay algo que no cuadra. El sol arriba, el ave en el medio, los arbustos verde seco ahí abajo. ¿Y la sombra? ¿La sombra del halcón? La sombra no está. El halcón que flota y resplandece por a la luz del mediodía, y abajo solo arbustos, solo matorrales, verdes, amarillos, pero no negros. La sombra del halcón no está. Miro para atrás, para abajo, hacia al costado de Nyx. Las nuestras, aunque mínimas, siguen ahí, abajo nuestro. 

Le pregunto a Nyx si estoy loco y me dice que sí antes de que siga explicándole. Le muestro el halcón, le muestro el sol, y señalo los arbustos. Nyx achina los ojos para enfocar mejor y no entiende que es lo que hay ver.

- La sombra. –

- ¿Cuál sombra? – Pregunta Nyx y sus pupilas desaparecen en sus ojos casi cerrados.

- La del halcón que está ahí. – Y ahora sus ojos chinos parecen desconcertados.

- No entiendo, no veo ninguna sombra. – 

- Exactamente. – Respondo y espero a que reaccione.

Sus ojos razgados de sol, de pensamiento, de confusión, se abren de pronto junto con su boca.

- ¡No está! – Grita y mira la suya. Un suspiro de alivio la mantiene cautiva en la realidad que ha elegido creer, aunque parezca a punto de fracturarse para siempre.

Señalo de vuelta y achinamos los ojos juntos, intentando encontrar el error en nuestra visión, o en nuestra lógica. Sosteniendo el mundo que hemos creado antes de que se rompa. Tan solo por miedo al desasosiego de aceptar que no tenemos el control y que no sabemos nada.

El halcón cierra sus alas y cae en picada hacia los matorrales. Al segundo nomás, lo vemos salir desde entre los arbustos y volar con algo entre sus garras, quizás un ratón, tal vez un gorrión. Se va con la cena y en el suelo su sombra lo acompaña. El mundo se arregló a fuerza de palabras y creencias. A fuerza de voluntad.

Con Nyx nos miramos y nos vamos y no decimos nada. Un viento helado recorre las escamas de la tierra y nos hiela la sangre de súbito. Nos vamos vigilando nuestras sombras para que no se escapen, en silencio y a paso urgido. Por el rabillo del ojo vemos que manchas negras se mueven de piedra en piedra, pero no decimos nada. Miramos para abajo y nos vamos. Negando de puro miedo, censurándonos para que no se caiga el mundo.

Un trufi a toda marcha baja la ondulada ruta y se acerca al pie del sendero, donde estamos nosotros esperando abrazados, por el frío que sospechamos viene desde adentro. Levanto la mano para frenar el trufi que desacelera violentamente y veo sin querer como en el suelo, en el curtido pavimento de la ruta, mi mano negra todavía sigue en el bolsillo.



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