LA PAZ - Paseo en Teleférico

Paseo en teleférico

Bolivia es un país distinto, un mundo aparte. El planeta Bolivia. 

Y La Paz es el jugo concentrado de Bolivia. El sabor pleno de lo que es Bolivia. La imagen exacta, el sonido perfecto.

La Paz está en un cráter. En el cráter de una piedra que vino del vacío. Viajando vaya uno a saber desde que universos, desde hace cuánto tiempo. El pozo enorme y todos sus pocitos, perdigones del meteoro, están hoy rebalsantes de viviendas sin revocar, saliendo de todos lados, al borde de los precipicios más profundos, sobre piedras arenosas a punto de desmoronarse. Y una roca de balcón, un árbol que sale por la ventana. Una escalera interminable, que te lleva de aquí abajo hasta allá arriba, hasta El Alto y más allá. Porque en Bolivia todo va para arriba y para abajo, y al revés. Y hay alguno que prende fuego una llamita embriagada de alcohol cerca al cordón de la vereda, en la puerta de su peluquería panadería, mientras bebe, fuma y se arrodilla, ofreciendo el sacrificio a la Pacha, la Madre Tierra, por quien vive y para quien, por amor y estupidez. Sangre y chicha para la Pacha. Palo Santo y fuego, para la madre tierra.

Y todo eso es Bolivia. Donde cuelgan maniquíes en lo alto de los palos de luz con sogas enroscadas en el cuello, y carteles que avisan que al que roba se lo lincha. Donde las cholitas cargan en sus lomos locales enteros que montan y desmontan en la calle cada día cuando sale el sol y mucho después de que ya se ha ido. Cada quien con su lugarcito en la vereda, entre medio de las avenidas, alrededor de las rotondas, en las esquinas, a mitad de cuadra, trabajando. La que vende papa, el que hace comida; la que vende torta y pancito, el que arregla los zapatos; los que venden velas y llamitas muertas, las que preparan el cemento y apilan los ladrillos. Todos trabajando. Sin distinción de clase, sexo o religión. Todos ganándose el pan, a fuerza de pulmón, de coraje y humildad. 

Y en una ciudad tan loca y tan hermosa, la capital más alta del mundo, al ladito de la magnánima Cordillera de los Andes, no hay manera más auténtica y más bonita, que trasladarse por el aire. La calle atestada de asesinos al volante se vuelve peligrosa. Las subidas y bajadas, la locura y la cantidad de gente apostada en la calle vendiendo lo que sea, vuelve al tránsito lo más insoportable que escuché en mi vida. Porque los Bolivianos nacen con una bocina en su mano que usan cada seis metros o seis segundos, lo que sea primero. Avanzan, bocina, doblan, bocina, estacionan, bocina, bocina.

Por eso los teleféricos son tan hermosos. Mi viejo le dice funiculares. Viajar en funicular por la ciudad es una de las experiencias más placenteras que hemos tenido. Tanto, que hoy, elegimos como excursión una vueltita por el cielo.

Se conectan como el subte y se puede hacer combinación. Una calesita para adultos. Una vuelta entera, arrancando por el naranja y terminando por el blanco. Una hora por el aire, viendo la ciudad desde lo alto, en todo su esplendor, en toda su entereza. Pagamos la vuelta completa y nos subimos al naranja.

Nos explican que tenemos que dividirnos para distribuir el peso. Uno sentado para allá y el otro mirando para acá. Y volamos rozando las terrazas de los techos, cerquita de la ropa tendida. Bajamos y subimos al rojo, el que nos lleva al alto. Y por allá arriba bien arriba, un barrio de colores, lleno de murales hermosos, las casas pintadas cada una de un tono diferente. Y las casitas que trepan la montaña y llegan hasta donde algún sobresaliente de piedra no permite que sigan construyendo.

Bajamos y vamos a hacer combinación con el gris. Pero una serie de pequeños eventos desafortunados, hacen que Nyx se apure y suba y yo, por culpa del elástico de la campera que se me enganchó en un tornillo que sobresale, y Nyx que se sentó de espaldas y no me vio, y la puerta que se cierra, y el tornillo que me libera tarde, una mueca triste en el rostro de Nyx en el teleférico que sube, un guiño y una sonrisa para que se tranquilice y sepa que nos volveremos a ver pronto, que no pasa nada, que mala suerte.

Subo al que sigue, pongo mi mochila entre las piernas y disfruto del espectáculo. Estoy solo y no tengo con quien compartir la satisfacción del paseo. El teleférico relentiza su andar en la próxima estación y una mujer de vestido negro y sombrero de ala ancha sube y se sienta enfrente. Levanta su cabeza y sonríe y puedo ver que es María, la bruja desnuda de mis fotos, la que me dio los yuyos para la herida de Nyx, la que tenía a sus espaldas un hombre alto y oscuro en las penumbras de su tienda. Sonrío y la saludo.

- Hola. –

- Hola, ¿y mis fotos? – 

- Solo saque algunas, las tengo aun en la cámara. -Respondo mientras no puedo dejar de mirar esa boca tan hermosa.

- Por esas no preguntaba, pero me encantaría verlas – Y su sonrisa eleva la temperatura de mi sangre.

- ¿Cuáles entonces? – Pregunto mecánicamente, porque toda mi atención está depositada sobre sus labios.

- Las próximas. – Dijo y sus ojos me indagaron penetrantes.

- ¿Vas a estar sola esta vez? – Pregunto y veo como su expresión cambia de repente.

- ¿A que te refieres? – Dice cruzando las piernas.

- Al hombre que estaba en el fondo, vigilándonos. –

- Te equivocas. – Y su boca se tuerce en una mueca de dolor y corta el encanto que me tenía hipnotizado.

- No lo creo, está en las fotos. – Respondo.

- Te equivocas y en dos cosas. – Permanezco en silencio, por primera vez atento a las palabras y no de donde éstas salen. – No es un hombre y solo me vigila a mí. – 

- Mujer no era, de eso estoy seguro. – Y noto como corre la mirada hacia un costado y observa las casas pequeñitas desde lo alto.

- Es una sombra. – Dice luego de una larga pausa.

- ¿Una sombra? – Repito desconcertado.

- Sí, una sombra. Una sombra antigua, poderosa. Una sombra que se amalgamó hace tiempo a la mía. – Sus ojos verdes brillan y se agravan.

Me preocupan, a pesar de que no la conozco, de que apenas sé su nombre. La tristeza se vislumbra suavemente en sus pupilas y me traspasa como una aguja empapada en miel.

- ¿Puedo ayudarte de alguna manera? – Pregunto aunque sé la respuesta.

- No. – Responde confirmando lo que ya sabía. – Cómo yo no puedo ayudarte con la tuya.

El sol traspasa las ventanas del funicular y miro al suelo a la vibrante sombra que se refleja en el piso de metal. Sonrío y levanto los hombros en señal de resignación.

- No solo hay sombras en el suelo. Ya has visto las fotos. Un hombre a mis espaldas. Quizás la tuya no sea un viejo alto que vigila. Tal vez sea una niña que te tienta a que la sigas. 

Se me cortó el aliento y dejé de respirar por unos segundos. ¿Cómo es posible que sepa de la niña? De pronto me acuerdo de Cochabamba, del perro y de María, la mujer que tengo adelante mío que se niega a admitir que estuvo allí, salvándome de las mordidas asesinas del perro negro. Y recuerdo que cuando sus símbolos nocturnos a la luz de la luna llena asustaron a la bestia y nos protegieron de la muerte y la desdicha, no fue el perro negro quien salió corriendo, sino la niña de ojos oscuros que veo desde el primer día, entre las penumbras del tren, en las soledades de los cementerios y las noches sin estrellas, en mis pesadillas más profundas. La niña que me tienta en los momentos más frágiles, a que la siga a lo profundo y a lo oscuro, que quiere que baje por unos escalones de piedra que me llevarán quien sabe hacia que abismos en la noche. La niña que no ha tenido suerte, porque siempre un reflejo antiguo de supervivencia me obliga a despertar de las pesadillas cuando sueño con ella; o cuando algún aliado, María, me salva en el último momento. Una niña que no deja de intentar y que sé que algún día me arrastrará hacia el final del túnel que va para abajo, que conduce hacia el vacío eterno, a la voracidad implacable de la oscuridad. Que algún día, agarrado de su manita pequeña y fría, bajaré por las escaleras de piedra a las profundidades de la noche, convencido por la insistencia y el miedo, ciego de vértigo y pavura.

Y mi sombra tiembla por el traqueteo del funicular que relentiza su andar y avisa que ya es tiempo de bajar. Perturbado por estos negros pensamientos aguardo con trágica expresión los futuros inciertos que me acechan sin piedad. El lento avanzar del tiempo mientras observo mi sombra agrava mis cavilaciones de las cuales despierto con un beso inesperado. Un beso tibio y dulce. Un beso que me toma por sorpresa antes que se abran las puertas del teleférico y María se baje sin decir una palabra, dejándome allí sentado con cara de idiota, amielado y levitando en la suave calidez de sus labios que se fueron sin hablar formando una medialuna de manteca como de costumbre. Un instante inesperado, hermoso y prohibido que me recuerda que si una sombra se proyecta en el suelo, hay una luz que se manifiesta en el cielo.

Nyx me espera en la estación, y me descuelga del aire en el que estoy flotando, antes de que se cierren las puertas del teleférico. Bajo atolondrado, un poco ebrio de dulzura, con el corazón agitado y los pensamientos alborotados.

Otro beso y ya son dos. Pucha, que tipo afortunado.


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