MUELA DEL DIABLO
Muela del Diablo
La culpa. ¿Quién carajos nos inculcó la culpa?
¿Por qué, después de algo tan hermoso como un beso, sobreviene este sentimiento de mierda de sentirse culpable? Si ni siquiera fui yo el que tomó la iniciativa. Si ni siquiera fui yo el que la besó. Solamente recibí un beso, un inocente y hermoso beso.
¿Entonces por qué la culpa? ¿Por qué me siento como si fuera la peor basura de la Tierra? ¿De dónde sale este dolor que corta el tierno placer del efímero contacto entre unos labios? ¿De dónde?
Porque estoy seguro que si estuviera en otro país, con otras reglas morales, sentiría apremio quizás por otras cosas, pero no por esto, no por un beso.
Para mí, la culpa es culpa del cristianismo y su extraña oposición de virtudes. Cristo es amor dicen y te muestran a un pobre tipo colgado para siempre en una cruz, clavado de manos y pies, acuchillado entre las costillas, coronado de espinas y con una cara de dolor insoportable. Eso es amor y es la vida y es el camino. Es decir el sufrimiento es el camino.
Y nada mejor que la culpa como herramienta psicológica para el sufrimiento del espíritu. Porque un hombre con dolor es un hombre débil y es un hombre más fácil de doblegar, de someter, de manejar.
Entonces la culpa juega un papel infalible para el sometimiento de las masas. Porque trabaja sola y desde adentro, corrompiendo como un parásito desde las entrañas hacia la carne, desde el fondo hacia afuera.
Porque es más fácil ejercer control en alguien que cree merecerlo, por sentirse tentado antes las pulsiones naturales, cuando justamente son eso, naturales.
Pero no, eso está mal. Asépticos nos quieren. De rodillas pidiendo perdón por morder la manzana. Cuando el árbol la soltó generosamente a nuestras manos. A las manos de ella que vino a compartirla. Y el barba señalando con el dedo y expulsándonos para siempre. ¿Qué carajo significa eso? No sé, pero sé que si veo una manzana no debo morderla. Porque está mal, porque eso no se hace.
Por eso, cuando uno disfruta del más exquisito jugo de la fruta, recuerda la historia y el estómago se contrae, se retuerce, se descompone. Y no es la fruta, que estaba ahí para que la mordamos. No. Es la culpa. Es la culpa que nos inculcaron para que no toquemos la manzana, para que nos caguemos de hambre y pretendamos un disfrute en ello. Para que venga el dueño de las leyes y nos felicite contándonos las costillas con un palo a carcajadas.
Y ahí está la culpa, carcomiéndonos por dentro. Porque como también dice el Indio, la manzana no importaba, solamente la prohibición. Y ellos lo saben, los dueños del mundo, los que inventan todas estas prisiones. Que si rompemos con sus estúpidas leyes, que bien saben vamos a romper, allí estará la culpa para obligarnos a arrodillarnos luego, a pedir perdón por morder la fruta que allí estaba para ser mordida.
Pero no. El camino es un tipo colgado, acuchillado, lacerado, desnutrido, maltratado. Ese es el camino, y para llegar a él, para alcanzar el cielo, hay que reprimirse de todas las maneras posibles, sometiéndose a una vida de ascetismo y penurias, de dolores y penas y prisiones, para poder estar en paz, mañana, cuando nuestra carne sea alimento de gusanos, que mastican nuestras fibras como mastican la manzana.
Imagínense un león vegetariano porque está convencido que comer gacelas está mal. O un cóndor sobrevolando las pampas, porque le han dicho que las cumbres están malditas. O un girasol mirando al suelo, porque la monarquía de las plantas impuso que el sol no debe ser mirado.
Imposible. Zaratustra tenía razón. El cristianismo es la decadencia del ser humano.
O eso creo yo ahora que pienso y repienso por qué mierda me siento tan mal después de haberme sentido tan bien al contacto hermoso de esos labios. En esas reflexiones me encuentro mientras vamos en trufi hacia el sendero que nos llevará a la Muela del Diablo, un cerro cercano, aquí en La Paz. Y en esas reflexiones me encuentro porque no puedo dejar de sentirme como el orto por ese breve momento en que María me besó y yo, maldito seas, ser repugnante y asqueroso, me dejé besar.
Llegamos. El trufi nos deja en una calle que serpentea hacia la cumbre, y ahí un sendero que atraviesa dorados campos hacia arriba, entre las vacas y las cabras, hacia arriba. Nos cuesta, porque realmente está muy empinado, pero llegamos.
La altura nos deja ver. A lo lejos el valle de las ánimas. Montes arañados quién sabe por quién, y allá, atrás, la cordillera. Esto es un sueño.
Un sueño suave y esponjoso como el paseo de ayer con María. ¿Pero por qué María? ¿Por qué ese beso repentino? ¿Por qué este dolor incesante que estruja mis neuronas?
Nyx habla y no la escucho, no puedo salir de este roer de pensamientos negativos que me hunden más y más en la mierda. Y Nyx se cansa y calla y me ceba unos matecitos. Unos matecitos que sorbo lentamente mientras pienso que soy un imbécil, un descarado, un forro de mierda, por ese beso de ayer. Ese beso que fue un pedacito de cielo para transformarse casi instantáneamente en hectáreas y hectáreas del infierno.
Y aquí, contemplando el horizonte, sentado sobre la muela del diablo, paso de un cachete al otro la bola de pensamientos que mi cabeza mastica. Y repiensa y sigue masticando. Aquí sobre la muela del diablo, me voy, lejos hacia lo profundo de mi ser arrepentido de algo que no hice pero de lo que siento culpa. La culpa. La maldita culpa.
Y Nyx se va porque se cansó de que no la escuche, de que no pueda parar de escucharme a mí que no estoy hablando. Se va a mirar las flores, las grietas de la piedra, las montañas allá a lo lejos. Porque ella siempre ha sido más libre que el resto. Ella va y no se preocupa, solamente va. Y si muerde la manzana, me convidará. Y si la echan del paraíso se sorprenderá, no solo porque la echan, sino porque no sabía que estaba en el paraíso. Porque todos los sitios son iguales cuando uno es libre. Y me dará la mano para que la acompañe, a mí, que estoy aterrado por salir de la jaula. Y ella que me explica que no hay prisiones cuando las puertas están abiertas, y yo que no puedo quitar la vista de los barrotes.
Por eso cuando vuelve y me grita que qué carajo me pasa, que qué mierda estoy haciendo, no entiendo. Y ella me muestra la sangre en mi remera que chorrea de mi boca. Y me doy cuenta que no solo estuve masticando pensamientos en mi cabeza, sino que estuve mordiéndome los labios, ensimismado en la culpa por haber besado a otra mujer. Lastimándome la boca, castigándome los besos.
Y Nyx llora y me limpia la sangre de la cara. Y yo que no entiendo como pude ser tan estúpido de pensar hasta morderme, de morderme hasta lastimarme, de lastimarme por un beso.
Nyx se seca las lágrimas y me ayuda a incorporarme. Y juntos bajamos de la boca del Diablo. Ella me muestra el camino, yo la sigo. Ella que abre las puertas con solo tocarlas, porque las sabe abiertas. Y yo, que rompo mi cuerpo, intentando pasar entre los barrotes.

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