SAPECHO - Parte 2
La Selva
Las heridas de la boca supuran y arden, y el calor no ayuda. Me levanto con mal humor todo transpirado y voy a comprar agua en bolsita. Todos en la plaza nos saludan con una sonrisa, y de a poco, su calidez nos invade y me cambia los humores. El calor es agobiante. Estamos solos en este pueblo en el medio de la selva. Eloy se fue a trabajar. Labura en el campo, en las plantaciones de Cacao. Prometió llevarnos uno de estos días a sus terrenos, a conocer un poco de su vida diaria y a hacer chocolate. Desde el principio, cosechando la fruta, secando los granos, tostándolos y moliéndolos.
Se levanta ni bien el sol asoma y trabaja hasta que se oculta. Vuelve siempre con una sonrisa y se va a jugar a la pelota, a veces, hasta dos partidos seguidos. Tiene una energía que sorprende, a nosotros que estamos hechos unas larvas, tirados todo el día hasta la noche, cuando el calor permite que recobremos los movimientos y el cuerpo se anima a caminar. Es joven, sí, pero eso no importa. Su vitalidad es enorme y contagia nuestro espíritu, aun que sí, no nuestro cuerpo que se derrite poco a poco al agobiante calor del sol y la humedad.
Siempre con una sonrisa, comparte algunas historias con nosotros, a la noche, mientras cenamos y nos avisa que mañana iremos a su chaco, a recorrer la selva. Que hoy hizo doble turno en el campo para poder, mañana, salir más temprano y llevarnos a conocer sus plantaciones de cacao. Eloy es un fenómeno.
Entre charla y charla nos cuenta que una mujer le dijo que si en una noche de tormenta te cae un rayo y te parte en mil pedazos, pero justo en ese momento no hay nadie allí para presenciarlo, ya sea porque estás solo, o porque los que están miraban en ese preciso instante para otro lado, los mil pedazos se vuelven a juntar y tu cuerpo se rearma como por arte de magia. Pero que a veces puede haber errores en la reagrupación de la materia, como con ella, que al volver a la forma, en vez de dos, volvió con tres pechos.
- ¿Y? ¿Era verdad? – Pregunta Nyx sorprendida.
- Ella dice que sí. Yo, por respeto, no le pedí que me mostrara. – Responde Eloy y se ruboriza un poco.
- Lógico. – Contesto y pienso en el árbol que cae en el medio del bosque donde no hay testigos.
¿Hará ruido?
Al día siguiente nos levantamos temprano por el calor y tardamos varios minutos en despegar el colchón de nuestros cuerpos transpirados. Son las nueve y estaremos estáticos sentados hasta que el calor pase, mientras Pepe mueve la cola y exige mandarinas.
Eloy llega alrededor de las cuatro y nos vamos con un amigo en su taximoto hasta las plantaciones de cacao.
Nos muestra las mazorcas que son, algunas rojas y otras amarillas. Nos cuenta de un bichito que las ataca manchándolas de pecas negras y lastimándolas si no se lo encuentra a tiempo. Que él junto con otros agricultores trabajan para la cooperativa El Ceibo, que paga mejor y permite que no se los explote como las grandes multinacionales del chocolate. Que no usa ningún tipo de agroquímico, que mata a las plagas con sus dedos cuando las detecta, mazorca por mazorca. Que sus chacos los limpia a machetazos y no con fuego. Que cuesta más pero la tierra se lo agradece.
Nos muestra todos sus árboles de mandarinas, de los cuáles tiene ocho clases distintas. Las más amargas, las que se parecen a las toronjas, las que son tan dulces que empalagan. Y comemos sin parar aunque me arden las heridas de la boca, aunque entrecierro los ojos por el dolor del cítrico en mis labios lacerados.
Y seguimos comiendo mandarinas mientras caminamos por la selva, tres de aquí, seis de allá, doce de las que más nos gustan. Y repetimos a cada paso que damos, arrancando el fruto de sus árboles, y son las mejores mandarinas que hemos probado en siglos. Hasta que llegamos a una parte donde la vegetación se adensa y Eloy nos invita a un paseo por el medio de la jungla.
No puedo evitar retrasarme sacando fotos en todas direcciones. A aquella hoja enorme y llena de agujeritos, a aquel árbol con lianas, a las flores y a las nubes. Al atardecer enrojecido y a las copas de las palmeras. Es la primera vez que estamos en la selva y se nos nota. Nuestra cara de sorpresa a cada paso es indisimulable. Y las mariposas que vuelan por todos lados. Enormes y azuladas, naranjas con vetas negras, diminutas y blancuzcas.
Me acerco e intento ser sutil y delicado, para poder sacar una foto mientras una de ellas se encuentra posada en una flor, aunque no puedo evitar que salga volando. Pero en vez de irse y alejarse, vuela hacia mí, con su deslizar errático de gusanillo de alas blancas hasta detenserse sobre mi boca abierta, reposándose en mis labios resecos y lastimados. Me quedo quieto, suspendido en el ensueño del contacto y veo como otra que estaba cerca, vuela también y se posa junto a la primera. Pronto una más y ya son tres. Tres mariposas blancas descansan en mi boca abierta, haciéndome cosquillas con sus besitos perfumados por el polen de las flores de la selva. Y una vestida de azul anacarado sobrevuela hasta llegar a mi hombro izquierdo, y sonrío con la boca llena de alas blancas. Y enseguida otras tres de color anaranjado vuelan juntas a mi alrededor, y se acercan a mi oreja, a contarme el secreto de las flores, en un idioma que hoy que escribo ya no recuerdo.
Cierro los ojos y dos lágrimas resbalan, y siento como cien mariposas y una más se acercan a beber de mis mejillas, a contagiarme del perfume de la selva, que sabe a vida y a tibio sol de atardecer, y me entrego al placer de cenicienta, dejándome vestir de amor y dulzura, acariciado por alas de mariposa. Y ya no pienso. No pienso si es real o no lo que estoy sintiendo. No pienso si es de día o ya llegó la noche, si el tiempo sigue corriendo o se detuvo, si estoy solo durmiendo y en un sueño o si estoy cubierto de bichitos de colores soñando despierto. No hay palabras, solo cosquillitas y mariposas.
Y abro los ojos sin saber en que momento los he cerrado y veo, entre la espesura, unos ojos negros que me miran desde abajo. Es un jaguar que me observa agazapado. Y extrañamente no tengo miedo, y me quedo mirándolo fijo a sus ojos negros camuflados. El felino se relame y siento su hambre y su deseo de devorarme. Y aun así no tengo miedo, y es por eso que no dejo de mirarlo. Sus ojos son la noche y reflejan el final, lo inevitable. La muerte espera paciente sentada sobre un tronco o mirando desde lo alto de una rama. No la veo pero la siento. No me importa, mis ojos solo miran al jaguar.
Un estruendo parte el sueño, un rayo que cae del cielo despejado y rompe a unos metros, el árbol en un instante. El tronco se vuelve mil astillas y el sonido asusta a la bestia que huye a toda prisa. Las mariposas vuelan y se pierden entre las enormes hojas de la selva.
Y allí estoy yo, único testigo del impacto, comprobando tan solo una parte de la historia, la que contó Eloy anoche, no dejando por ello que el árbol se reagrupe, vuelva a la forma, por haberlo escuchado romperse, hacerse añicos allí en la selva, entre garras y alitas de mariposa. Y esos ojos negros que se fueron que me recuerdan a los ojos de la niña que me acecha entre las sombras. Y quizás fue ella la que estaba agazapada. Y quizás fui yo el que partió la selva desde el cielo.
Eloy llega primero, corriendo a mi encuentro, y me pregunta si estoy bien, si me pasó algo. Le digo que no, que todo está bien, que no se preocupe, que mejor volvamos. Nyx aparece después y juntos volvemos tomados de las manos.
Arranco la última mandarina como despedida y la saboreo mirando el ocaso. Un sol rojo que se va veloz en el horizonte y el jugo cítrico que corre por mis labios y no arde. Rozo suavemente con las yemas de los dedos las comisuras de mi boca que ya no duele y compruebo sin asombro que las heridas han sanado. Sonrío y agradezco. Y entre el “gra” y el “cias” unas alas blancas se despiden haciéndome cosquillitas en la lengua y veo el volar errante de una mariposa rezagada que se pierde entre las enormes hojas de la selva.
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