SAPECHO
Sapecho
Las heridas de la boca se infectaron. Soy un imbécil. Pero el viaje no puede posponer su avanzar por mis imberbes compulsiones lacerantes. Tenemos ya un compromiso con un anfitrión de CouchSurfing que nos recibirá en la selva. Así que armamos las mochilas y nos vamos. Directo al punto donde salen los remises que van para allá. Una hora de espera y subimos a un auto todo destartalado rumbo a Sapecho, a la casa de Eloy, nuestro nuevo Couch.
Nyx está un tanto irritada, sobre todo porque no entiende. Nadie en su sano juicio se lastimaría así, de solo pensar. Ella no entiende, claro, porque ella es libre. No está enredada en las telarañas de los pensamientos que no frenan. No sabe como se siente estar atrapado adentro de uno mismo, porque simplemente ella es una con el mundo, ella está conectada.
Cómo explicar que por las noches aprieto los dientes, porque en vez de soñar, mi cabeza está enredada en pensamientos que andan solos. Como una máquina a la que se le averió el botón de apagado. Sí, las luces se apagan, los operarios se van a casa hasta mañana, pero la máquina no. Ahí queda, gruñendo, desde sus engranajes oxidados, siempre girando para el mismo lado, con los dientes rotos, que muerden y muerden el acero siempre igual, de la misma manera. ¿Desenchufarla? Imposible, ésta bestia sigue andando por inercia. Se alimenta del tiempo, gira y gira y acelera. Por eso los dolores de panza. Por eso los dientes que muerden cuando estoy dormido.
Pero ahora también cuando estoy despierto. Esto se está saliendo de control, y necesito, ahora, ya, de manera urgente, ponerle un freno. ¿Pero cómo? Si la máquina anda sola.
De alguna manera tendrá que ser, porque la fábrica es mía, y yo fui quien enchufó a la bestia que ahora no quiere frenar. ¿Quién apareció primero? ¿El pensador o el pensamiento? Durante mucho tiempo creí que yo era el pensador, y que era quien pensaba. Me equivocaba.
Después, dejé de intentar, creyendo que me encontraba frente a la pregunta del huevo y la gallina, pero también, eso fue miedo.
Ahora sé que primero sobrevino el pensamiento, antiguamente, al principio. Y el germen creó la enfermedad, al pensador, que no soy yo, pero que intenta convencerme de que sí lo soy.
Pero no, el pensador viene después, igual que el pensamiento. Antes, estoy yo. ¿Y quién soy yo? Bueno, queridos lectores, en ese viaje estoy, buscándome allá en el fondo, atrás de las palabras que muerden y sofocan y aturden. Allá atrás estoy, solo que a veces se me olvida, y el germen toma posición, se agiganta, comanda y muerde. Pero basta. Crucé un límite. Hasta acá tiene que ser. No puedo seguir así.
Encontrarme, será mi único camino.
El coche avanza a toda velocidad por la carretera hacia el punto más alto. La niebla cubre el mundo, y el chofer, que estimo quiere morir, acelera aun más, ciego, cruzándose de carril en las curvas y acelerando sin piedad. No puedo evitar sentirme así, como un loco al volante avanzando con los ojos cerrados entre la niebla de mis pensamientos, sin rumbo y a toda velocidad, cada vez más rápido, cada vez más ciego. Me muerdo, sin querer, por el miedo, por la inconciencia de estar perdido en una nube, muy alto, muy alto en el cielo de tormenta, y el dolor de mi boca lastimada, me recuerda de nuevo que no debo perderme allá arriba, que debo bajar, que debo pisar los frenos. Y lo hago. El camino hacia uno mismo es el único camino. Pero es un camino entre la niebla, sin rumbo pero hacia adelante.
Pero entre la niebla de mis pensamientos, lo incierto del sendero hacia uno mismo y el camino entre las nubes hacia Sapecho, me confundo y me pierdo en la inconmensurable espesura de estar vivo. Los ojos de Nyx, enormes por el miedo de ir a tanta velocidad, ciegos y en contramano, me desprenden del ensueño y me devuelven al auto, a la ruta, a las alturas de la montaña.
Y vemos como el chofer saca medio cuerpo por la ventanilla y vuelca alcohol sobre el asfalto en modo de ofrenda, suponemos, una vez que llegamos al cruce más alto. Y lo vemos también darle unos cuántos tragos a la botellita de farmacia, mientras maneja como desquiciado. Entregados a nuestro destino, permanecemos en silencio con los ojos abiertos, pidiendo al cielo, a los dioses de todos los cultos y a la tierra, que por favor, nos deje llegar a salvo.
Cinco horas después, con el culo entumecido de tanto apretarlo, llegamos a Sapecho. Un pueblito en el medio de la selva. Nos recibe Eloy, con su simpleza y su buena onda, en su casa de la esquina. Pepe, su Bull Terrier con cara de psicópata, mueve la cola y se sacude esperando unos mimos. Eloy nos cuenta que es un asesino de perros, que por eso no sale sin bozal, pero que con la gente todo bien. Y tiene razón, su ladrido grave como la noche en la selva, retumba desde la terraza cada vez que un can pasa por la esquina y sus ojos sedientos de sangre le inundan la mirada que se vuelve tierna y amistosa cuando se acerca a nosotros pidiendo mandarina. Porque a Pepe le encantan las mandarinas.
Un colchón de dos plazas de paja en el piso, en una habitación para nosotros, y a dormir, que ya es tarde, y mañana hay que laburar. Nosotros no, pero nuestro anfitrión sí, que se despierta bien temprano para ir a trabajar la tierra.
.jpeg)



Comentarios
Publicar un comentario