DE VUELTA A LA PAZ - Parte 2
María
Nos pasamos la mañana entera hasta el mediodía, durmiendo en el hotel. Por suerte el sueño pesado, la inmovilidad del reposo, la tranquilidad y suavidad de la cama de dos plazas, hace que descansemos profundamente, plácidos, esta vez sin sueños.
Me despierto antes que Nyx, que sigue enroscada entre las sábanas y me propongo salir a comprar el desayuno. Budín al papel o pan de chocolate. No es lo mejor, pero lejos de Argentina, pedir una Panadería es casi una utopía. Si sabía que dejaría atrás las medialunas de manteca, las palmeritas, los vigilantes, las tortitas negras, los bizcochitos de grasa, los cuernitos, y tanta cosa harinosa y deliciosa, me hubiera empachado comprando de todo antes de cruzar la frontera. Pero bueno, no lo sabíamos, así que a conformarse con pancito de chocolate.
Voy para la esquina, dónde sentada al borde de la rotonda, en la calle, con los trufi que pintan de negro el aire con sus escapes atragantados pasándole cerquita, entre el barullo de las bocinas y el olor a nafta quemada, se encuentra la panadera. Con sus canastos llenos de pancito, ofrece sentada en la calle, a los gritos, entregando bolsitas desde abajo, para que los interesados nos atendamos solos. Y ella cobrando desde el suelo. Compro dos budinsitos al papel (al papel porque realmente están cocinados sobre la mitad de una hoja blanca A4 de oficina) y cuatro pancitos de chocolate.
Vuelvo hacia el hotel, con la intención de despertar a Nyx, pero antes prefiero dar una vuelta por la Calle de las Brujas, a ver si encuentro a María y puedo saludarla, despedirme, porque mañana seguiremos rumbo. Nos vamos para Achacachi, nuestro próximo destino, y dejamos para siempre (tal vez no) a la ciudad Maravilla. Achacachi, un pueblo cerca del Lago Titicaca. Así que por fin conoceremos el lago más alto del mundo, dónde surgió la vida, desde el cual emergió la humanidad y hasta el mismo Dios. Porque antes de que el mundo sea mundo, antes de que el universo se expanda y cree el vasto todo; antes de Dios y la vida, antes de todo eso, suspendido en el vacío, estaba el lago. Solo el lago Titicaca esperando el instante fortuito para que de sus aguas calmas, inmóviles, se agite un oleaje, mínimo pero necesario, capaz de proponer la vida, de inventar el mundo. Y así fue. El resto es historia.
Desde adentro sale humo, la inconfundible fragancia a palo santo. No hay nadie pero entro igual. Aventuro un “Hola” tímido, intentando descifrar formas en la tenue luminosidad que brilla detrás de la cortina que separa el local del salón del fondo, donde tomamos las fotos la primera vez.
- Pasa, estoy aquí atrás. – Responde una suave voz de mujer desde el fondo.
“María”. Los ojos se me iluminan y sonrío mientras atravieso el velo hacia el otro cuarto. Que no es solo tela, no es solo una tímida cortina. Es una invitación, un cambio de luz, la más dulce fragancia de flor prohibida, néctar, fuego, veneno de serpiente.
María está sentada en posición de meditación en unos almohadones en el piso, sobre una alfombra con figuras andinas. Sus pantalones sueltos de bambula, su musculosa blanca, sus pezones como manchas oscuras detrás de la fina tela de la musculosa, su pelo revuelto hacia un costado, sus manos cargando la pipa, su boca hermosa dando las primeras pitadas, el humo que envuelve la habitación y se mezcla con el del palo santo, sus ojos que me miran y me invitan a sentarme. Todo es sumamente hermoso y está cargado de misterio. Como el susurro de un secreto bajo la luna llena. Como un beso con los ojos cerrados sobre la grama húmeda de la madrugada.
Me siento, y sus ojos verdes, felinos, me observan. Lo siguen haciendo a pesar de la cortina de humo que nos separa, nos ausenta de pronto. Pero los ojos fijos, como un gato grande entre la maleza, acechando. Siento el escalofrío de la presa que no ha visto pero sabe que la mordida está cerca. Hasta que el humo se dispersa, se escapa para siempre de la pipa, dibujando colinas ahora por el aire. Siluetas imposibles, formas que no existen en la memoria ni en la materia. Entre pitada y pitada su mirada que vuelve, el humo que la esconde. María extiende los brazos y me ofrece la pipa con sus dos manos formando un cuenco.
La agarro, la miro, la huelo. Esto Marihuana no es. ¿Qué es? No sé si pienso o pregunto, pero no importa, porque María danza con el cuerpo sentada aun con las piernas cruzadas. Los ojos cerrados mirando hacia dentro. Sus brazos largos y hermosos dibujando en el aire, como el humo, hojas secas que vuelan por la brisa desprendidas de árboles que no existen, libélulas de alas como dedos, el polen de una flor de oro que se agita enamorada. Llevo la pipa a mi boca y con un fósforo larguísimo la enciendo y aspiro el espíritu divino de la planta que se vuelve fuego. Cierro los ojos y me dejo inundar por la sensación. El humo oculta a María una vez más aunque se vislumbra, detrás de todo, sus movimientos sutiles de ave nocturna, sus pinceladas de cielo, sus dedos de colores. Otra pitada. La niebla cubre el cuarto y mis pulmones. Todo está difuso.
Gotas de cera caen de la vela que alumbra, las paredes lloran su humedad de años. Se derriten como el chocolate en gotas enormes y oscuras. La visión me sorprende pero no me inquieta. Hasta me divierte un poco. María ha dejado de bailar. Ahora fuma de la pipa que no sé en que momento se llevó de mi costado o de mis manos muertas. La enciende con el mismo fósforo que yo usé, contagiándolo del fuego de un farol apoyado en la biblioteca. Todo su ser empieza a sacudirse, a temblar pausadamente, siguiendo un ritmo secreto. De pronto, la biblioteca, también. Los libros se sacuden, saltan en sus estantes. Las maderas carcajean oscuramente haciendo un ruido insoportable. Me tapo los oídos con las dos manos, los libros empiezan a caer. Manos negras y raquíticas se asoman desde las páginas, trepan como arañas, se sacuden como ratas. Van en todas direcciones. Tarántulas en las paredes, enormes ratones de alcantarillas trepándome las piernas, olfateándome la barba. Me empiezo a sacudir por la desesperación, para ahuyentar a las ratas, para quitarme de encima las manos negras que me rasguñan, me pellizcan. Y veo, de pronto, por el fulgor de las velas, algo que me mira desde la altura, casi rozando el techo. El fuego ondulea en sus ojos negros que no parpadean. Que me miran. Siento por dentro como el corazón huye, quiere correr, y empieza a latir fuertísimo. Aquello lo percibe y sonríe descubriendo sus asquerosos dientes amarillos que brillan a la luz de las velas.
- Mírame. – Escucho que alguien dice.
Los ojos de María me rescatan de la locura. Se encuentra a tan solo unos centímetros de mi rostro. El corazón vuelve, se sosiega. Su fragancia de mujer me invade y me apacigua. De sus labios se desprende un beso. Cierro los ojos para ir a buscarlo pero el contacto nunca llega, solo el humo que sale de María y llena mis pulmones que se hinchan como globos. Así los veo dentro mío. Dos globos enormes. Uno rojo como el vino y otro azul como la luna. Se hinchan y deshinchan. De ellos cuelga un cordel que los une y los junta en mi puño cerrado. Miro hacia arriba y veo el cielo cargado de nubes blancas y esponjosas. El techo no está y salgo volando. Más allá de la Calle de Las Brujas. Más allá del barrio. Más allá del suelo. Y subo como en el sueño hacia las estrellas. Algo fulgura en el vacío sobre mi cabeza. Los globos no me permiten ver y los suelto. Y caigo mirando al cielo, iluminado por el fuego de tres estrellas que me bañan de dorado.
A toda velocidad y de un golpe regreso a mi cuerpo que está sentado en posición de loto. María recoge los libros escondiendo las ratas, los dedos de uñas largas entre las páginas. Su cuerpo se sacude rítmicamente mientras lo hace. Y es ahí que escucho los tambores. Una súbita alegría me invade y bailo también al ritmo de la música, mientras me incorporo y siento el pulso de lo divino empujándome la sangre de las venas. Los ojos en la penumbra nos miran sin parpadear pero no nos importa, no nos va a amedrentar. Tum Tum Tum. Me agito y sacudo los brazos, revoleo las piernas. Tum Tum Tum. Los tambores marcan mis pasos, anuncian mis movimientos. La música guía nuestros cuerpos que bailan dominados por la euforia. Que levitando, se acercan y se alejan, a escasos centímetros del suelo. Y esos ojos en el techo, esos ojos que no parpadean y reflejan en la vacuidad que los alberga el fuego de la vela vivo pero ajeno. Ojos rojos que arden en lo oscuro. Pero no los vemos. Los nuestros van y vienen, están ya lejos, mirando, acaso, otros horizontes. Atentos a los colores imposibles que nacen de los tambores. Que se desprenden como cuerdas, como finos hilos de luz y se tienden hacia nosotros, hacia las cosas. Nos traspasan. Traspasan también las otras cosas. Hilos azules, verdes, anaranjados. Hilos de luz que nos vuelven prisma y nos reparten hacia el mundo, en todas direcciones.
Tum Tum Tum. El sonido cesa. Abro los ojos que acaso los tenía cerrados y respiro con hondura. María está en el suelo. Tendida sobre la alfombra, el pelo en la cara, las piernas suavemente flexionadas hacia un costado. Me acerco en un instante y con delicadeza la despeino. Su cabellera revuelta, acrecentada por los tambores, por el baile y las pulsaciones, es infinita. Temo, absurdamente, en no volver a ver su cara, en que se haya ido para siempre.
- María. ¡María! – la sacudo y le pido por favor - ¡María! –
En el silencio repentino que dejaron los tambores cuando cesaron, se escucha solo un nombre: María. El ruido de un vidrio al romperse se lleva mi atención. Mis ojos buscan el sonido cómo si acaso pudieran encontrarlo. Y lo que encuentran es otra cosa. Una niña de pelo negro y ojos negros, que me mira y no sonríe. Su rostro deformado, agravado por la infamia, se mueve mínimamente en la penumbra. Su cuerpo, en cambio está inmóvil. Solo su cabeza se sacude levemente como siguiendo un ritmo prohibido, un ritmo sin pulso, sordo como el hambre, vacío como la noche primera, la noche antes de las estrellas.
Y como contagiado por la cabeza que se mueve en la espesura oscura del rincón, empiezo a temblar, a castañear los dientes, a apretar los puños en el suelo. Tenso, impotente, me entrego a la serpiente que se enrosca alrededor de mi cuerpo inmóvil, para quebrarme, para devorarme. Así, muerto de pavura, al borde del abismo, a punto del colapso, cierro los ojos y espero la muerte.
- Mírame. – me susurran de pronto en el oído.
Obedezco. Sus ojos verdes rompen la noche como auroras y me consuelan. Mis dientes dejan de golpearse y extiendo de a poco los dedos de las manos. Respiro profundo cerrando los ojos y me acerco despacio dispuesto a besarla. Su abrazo me intercepta y agarrándome con fuerza me jala hacia su lado; sobre su pecho, a un costado. Para que en el piso la abrace y la contenga. Para que en silencio no la vea llorar.
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