DE VUELTA A LA PAZ - Parte 3

Milagro en Buenos Aires

Abro los ojos y estoy solo durmiendo en el piso. Me babié toda la barba. María no está. Me incorporo, me visto (¡¡¿en qué momento me devestí?!!) y miro la hora. Son las doce del mediodía. ¡Que tarde! ¿Cuánto tiempo estuve dormido? Por suerte no son las cuatro de la tarde o las nueve de la noche. Teniendo en cuenta todo lo acontecido, bien podrían serlo. ¿O fue tan solo un sueño?

María aclarará mis dudas, pero cuando cruzo la cortina desde el salón del fondo, el local está vacío. Abierto pero no hay nadie. Solo flamea el humo del palo santo en el ambiente. Basta de humo por hoy. Si bien no dije chau, y aun no sé si todo esto fue real o solo un sueño, me voy. Fue una linda despedida a pesar de todo. 

Me huelo la ropa inseguro como alguien que acaba de cometer una infidelidad, y dicho acto y el pensamiento consecuente, me ruborizan, a pesar de que no fue así. Subo hasta el cuarto, respiro profundo y abro la puerta. Nyx sigue durmiendo. ¡Que sueño pesado que tiene esta mujer!

Aprovecho a ducharme. Cuando regreso está despierta mirando la tele. Me besa y su calor me regresa al hogar. Instantáneamente me muestra el noticiero, señala la tele con la boca, su gesto preferido. Lo que veo me deja sin aliento: Intento de asesinato a Cristina Kirchner.

Veo las imágenes y todavía no lo puedo creer. Entre los abrazos y los besos, en medio de los te quiero, los te amo, los por favor volvé; ahí entre tantas manos y tantas flores, entre el aroma del polen y el cariño de la gente, un revolver. Un revolver cargado, un revolver que dispara.

Quizás fue el amor que obro de ángel. Quizá, el futuro tenía ya planes para ella, para nosotros. Quizás no es tan fácil torcer la historia, contradecir a Dios, desarmar un futuro ya predicho, necesario. Quizá, la suerte.

No sé. Los quizá, en un contexto como éste, tienden hacia el infinito, y nos llevan hacia las profundidades inciertas de las preguntas elementales. Y allí quedamos. Pendientes ante el abismo de lo desconocido, al borde de la cornisa de todo aquello que no entendemos.

El revolver a diez centímetros de su cara. Su sonrisa. Sus ojos que no lo ven, que solo saben mirar los rostros cargados de amor que van a saludarla. Una mano que dispara, que gatilla dos veces. No una, sino dos. En su cara, entre medio de las manos que la abrazan, la acarician, y los corazones que la besan y sonríen. Una mano negra, por lo podrida; un dedo raquítico y sucio que aprieta, dos balas que se niegan. Dos disparos que no existen, porque no tenían que ser, porque no tenían que salir, por azar, quien sabe. Un campo energético hecho por el amor del pueblo. Un ángel guardián que bajó del cielo para interponerse entre ella y el destino. Un revolver antiguo, sucio y averiado. El azar. ¿Quién sabe? 

La gente que no lo puede creer. La custodia que ni se entera. La concha de tu madre, agarralo, agarralo a ese hijo de mil puta, se escucha en el tumulto. Y todo el amor se ensucia, se vuelve oscuro, se transforma en odio. La pistola que no funciona en su elemento material pero si en su carácter energético, apagando las luces, torciendo las muecas, transformando las manos que abrazan en puños que golpean, dedos que ahorcan, uñas que arañan.

Se sabrá después que no fue un loco, un imbécil actuando solo, impulsado por su corazón podrido. No. Claramente no. Los idiotas, los tontos, los loros, repetirán, lo que otro idiota, otro tonto, otro loro o lora, dijo desde algún lugar con algún micrófono. Que todo esto está armado por la kretina. Que es puro show. Es un actor contratado por el populismo. La pistola es de juguete. Todo es una farsa. Y los más oscuros, cotorras desplumadas, sarnosas, enfermas, que ya no cantan, que han olvidado su propia voz de tanto repetir y repetir y repetir lo que los loros con micrófono divulgan desde la jaula. Qué lástima que no salió; qué imbécil, ni disparar sabe; qué injusticia, por qué no se murió.

Los peritos comprobarán que efectivamente el arma era real, que estaba cargada, que fue gatillada. Se filtrarán los chats de los mafiosos que orquestaron esto: jueces, fiscales, ministros, directivos de diarios, todos reunidos en las inmediaciones de un lago privado. Un lago vendido a un extranjero que golpea a quien quiere bañarse en sus aguas prohibidas. Prohibidas por hooligans armados, por la plata del pirata. Allí, en la casa del extranjero se reunieron a planificar el atentado, a elegir al perejil, al pobre desequilibrado capaz de ejecutar los planes de la mafia.

Y se ríen. Cínicos. Carcajean desde arriba, creyendo mover las cuerdas sin notar las propias que cuelgan de sus espaldas.

La judicialización de la política, el nuevo instrumento de coerción social en función del poder real. De los verdaderos líderes del mundo. Los que antes organizaban golpes de estado e imponían por la fuerza las marionetas correspondientes, hoy en día usan las leyes y a los jueces, para llevar a cabo los mismos planes de manera más efectiva, aparentemente menos sangrienta pero de igual violencia. Los llamados golpes blandos, la última estrategia del imperialismo para seguir sometiendo a los pueblos de América Latina. En el contexto de la imputación a la vicepresidenta de Argentina se da el atentado fallido. El milagro.

Los imbéciles seguirán repitiendo. Los odiosos seguirán odiando. El amor seguirá triunfando. 

Un milagro en Buenos Aires que me deja sin palabras en La Paz. Que no necesito porque son las mismas que no paran de pasar en los medios de comunicación, con la repetición en bucle de los disparos que no salen. 

“Cristina Te Amo”. Después un revolver en la cara. Luego dos disparos. Para siempre, un milagro en Buenos Aires.


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