De vuelta a La Paz
Viaje a La Paz
Volvemos a La Paz. La Ciudad Maravilla. Al pozo más alto del mundo. A la gente trabajando y trabajando. Volvemos a la Cordillera de los Andes. Fuerza bruta de la tierra que nació hacia el cielo. Las montañas son, según dicen, las estrellas de la Tierra. Su par de piedra, su exacto opuesto en el universo. Y si eso que dicen es así, entonces voy, estoy yendo, hacia la gran constelación Andina, a la que llamarán Serpiente aquellos que observan desde el cielo.
Viajamos de noche, esta vez, para no ver las locuras que seguramente esté cometiendo el chofer. La ida a Sapecho fue suficiente. Si voy a morir a manos de un desquiciado al volante, prefiero no ver, dormir si es posible. Por eso volvemos de noche, en micro, de vuelta a La Paz.
En el viaje, mientras duermo, me acometen las pesadillas, que escribo para no olvidar cada vez que una piedra en el camino hace saltar al bus, o un niño llora, o el cuello se rompe de dolor ante tanta postura extraña en el asiento. Llevo conmigo mi libreta de sueños, la que aconsejan llevar para no olvidar.
Aquí, algunas que pude anotar:
Sueño con Margo:
Estamos en Sucre. Está Nyx también. En la casa de Ricardo. O Alejandro, no recuerdo su nombre. Estamos en la cama, dormidos. Siempre que me sueño dormido me sueño en el sueño, es decir despierto, sin saber que estoy dormido. Y cuando despierto, despierto en el sueño primero, en el sueño del que todavía no ha despertado. Pero esta vez no. Me sueño durmiendo y me veo desde afuera. Pero no desde al lado de la cama o desde arriba flotando en el techo. Me veo desde esos dos lugares al mismo tiempo y también desde el ropero oculto entre las sombras y agazapado en el rincón cerca de la puerta. Y también de frente bien cerquita, y desde adentro como con los ojos cerrados.
En el sueño despertamos por los gritos. De pronto recuerdo la escena. Esto es un recuerdo, esto ya pasó. Y así como la memoria, como la vigilia, vuelvo a mí de pronto y mis ojos solo ven lo que puedan ver mis ojos, en la oscuridad de la noche, en una casa amiga pero en una casa extraña también, recién despiertos, a los gritos, en el cuarto que retumba desesperado. A los tumbos llegamos a la habitación de al lado, donde, ya sabemos porque ya pasó, está Margo, que habla a los gritos, mitad francés, mitad en español, con la lengua que se le enrosca y pronuncia palabras irrepetibles, impronunciables.
Y el recuerdo se rompe, se deforma, se transforma. Brazos largos, elásticos de sueño, volátiles, imposibles, lo desgarran, lo mutilan y lo vuelven a juntar, desordenado, distinto, como no era. Pero como la memoria tiene algo de sueño se deja romper, se deja violar, porque le encanta.
Y brazos y más brazos que salen de margo, brazos largos y negros, brazos de pesadilla. Corremos por las escaleras afuera, hacia lo de Alejandro, o Ricardo. Y pum, despierto por el dolor en la parte baja de la espalda. Estiro un poco, anoto y girándome para el lado de la ventana, me vuelvo a dormir.
Sueño con el intruso:
Lo primero que recuerdo es a Margo muy cerquita de mí diciendo “es un milagro, un milagro”. Su cara se desvanece como un reflejo en un estanque y de pronto somos más, yo y algunos más. conversamos animadamente en la habitación de una casa señorial, antigua. Está Nyx, están Raul y Aurora, y no recuerdo quién más. De pronto las cortinas de la casa empiezan a agitarse. Aurora nota que las ventanas están cerradas, ¡PUM!, un estruendo poderoso y la puerta que acaba de cerrarse. Todos corren por el miedo hacia la habitación contigua y los sigo y empiezo a sentir el terror de la presencia que está en la casa molestándonos. Una fuerza inesperada, un coraje inusitado, me incita a volver, a abrir la puerta, a gritar: “!Fuera! ¡Ésta es mi casa!”. Pero claramente esa no es mi casa, y la puerta no se abre, una fuerza invisible la mantiene cerrada. Se me corta la voz y sé que mi fuerza, mi coraje es diminuto al lado de la bestia que posee, está en la casa. Las sillas tiemblan, la mesa, las cortinas se sacuden agitadas. Siento el temblor también en el pecho, en la carne y despierto. Esta vez de golpe, esta vez por el susto.
Me seco la transpiración y escribo, aún azorado por la sensación del último sueño. No sé en que momento, porque esta vez tardé un poco más, volví a dormir y volví a soñar.
Sueño con el malabarista:
Todo es memoria. Todo es recuerdo. Los sueños arrancarán trozos extraviados en los confines inagotables de la memoria, perdidos en rincones olvidados de la mente. La vida es pasado. Vivimos continuamente recordando, comparando, catalogando, todo lo nuevo, todo lo presente con lo antiguo, con el recuerdo de lo que fue, con lo que pasó. Etiquetando en base a nuestra experiencia, a todas nuestras sensaciones pasadas. Y así el sueño como la vigilia son meras interpretaciones de la memoria. Por eso a veces no sé si estaré dormido o despierto. Tal vez escribo en un sueño. Tal vez soy solo materia oscura enredado en la memoria de un dormido. Ojalá, aunque sea sea yo el que esté durmiendo. Ojalá algún día despierte.
Un malabarista en un semáforo. Va a morir, lo sé porque lo presencié. Solamente espero a que eso ocurra para levantar el mazo de naipes del asfalto lleno de sangre. Los cuchillos vuelan y el malabarista mira al cielo. Ya llega, esta vez voy a verlo bien de cerca. Un auto impacta contra el pobre hombre y lo revienta en mil pedacitos de carne y sangre que manchan la calle, la vereda, los cordones blancos de mis zapatillas. Pobre tipo. Hasta en el sueño debo correr la vista ante semejante espectáculo cárnico.
En el sueño estoy solo, Nyx no está. Camino alejándome del choque hasta donde está el mazo de cartas. Lo levanto y le limpio un poco la sangre en el pantalón que también está manchado, cuando de pronto una mano me sujeta la pierna. Es aquí donde el sueño, una vez más, se transforma en pesadilla. Un terror oscuro trepa como corriente desde abajo. Desde la punta de mi pie y me recorre todo el cuerpo antes de que pueda voltear a mirar.
En el suelo, la mitad del malabarista me tiene agarrado. Sin piernas, con el rostro negro y bordó, quemado por el asfalto, con la única mano que le queda, me tiene agarrado del tobillo. Grito por la desesperación, lo pateo para soltarme y empiezo a correr. Corro y corro y doblo en una esquina.
Y allí está él. Con un machete en la mano, pero actitud pacífica, entero. Su calma me calma y lo escucho.
“Eso no es tuyo” dice y señala con el machete el mazo de cartas.
“Tuyo tampoco” le contesto y agrego “estás muerto”.
“Eso no es tuyo” repite y ahora el machete me señala a mí.
Siento que me arde la mano donde tengo los naipes y los suelto involuntariamente.
Sin esfuerzo, sin sobresalto, despierto. Me quedé dormido sobre un brazo, que agito y agito para que vuelva a la normalidad. Cambio de posición. Y aunque ya afuera empieza a clarear, me duermo una vez más.
Sueño en Tiwanaku:
Este sueño es de lo más hermosos que he tenido, y de los más oscuros también. Será una pesadilla, cómo ya lo anticipé, pero distinta. No traerá ese terror conocido de la disrupción de la materia que amedrenta a mi pobre yo soñado. No. Será un terror distinto. Un terror real de lo incognoscible, de la nebulosa eterna que rodea al universo. Un terror lejano, antiguo.
Estoy en Tiwanaku, en el Kalasasaya.
El murmullo secreto de los rostros de piedra envuelve todo el recinto. La noche llega y con ella las estrellas. Miro al cielo y veo el Cinturón de Orión justo arriba mío. Una fuerza poderosa me jala hacia el abismo de la noche, hacia arriba y todo se apaga.
No tengo miedo pero mi cuerpo entero tiembla. La oscuridad todo lo circunda salvo arriba, más arriba, dónde las tres estrellas resisten sin tregua la batalla eterna, iluminando alrededor suyo el vacío, haciendo retroceder en el diminuto sitio que ocupan en el universo, a la negrura que pareciera todo lo envuelve.
“La galaxia está en el cinturón de Orión” había dicho uno de los rostros.
“Eso es imposible, son solo tres estrellas” había contradicho el de al lado.
“Todo el diálogo es de una película” dije yo, recordando Hombres de Negro.
“Por supuesto” me había respondido una cara burlona.
“Estamos en tu cabeza” rió a carcajadas una de más allá.
El cielo pareciera iluminarse mientras me acerco más y más a las estrellas. La luz me ciega y dentro mío siento la energía poderosa de saberme uno con el mundo, uno con el universo, uno. Y despierto con el sol que me da en la cara.
El micro frena, el sol está cerquita. Estamos alto, llegamos a La Paz.
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