SORATA
Gruta de San Pedro
Abro los ojos. El cuarto está empañado. Veo borroso como si a todo lo cubriera una delgada cortina de vapor. Me refriego para quitarme las lagañas y descubro que tengo puestas las antiparras. ¡¡Cierto!! Levantarse e ir a la pileta, ese era el plan. Salgo corriendo a los tumbos por la visión limitada recordando que tengo puesta también la malla. Bajo las escaleras, abro la puerta, y asomándome desde el piso de arriba, la veo resplandeciente y humeante, llena de sol y de mañana. Tomo impulso y salto. Un clavado perfecto. Rozo con el ombligo el fondo y pataleando suavemente, con los brazos al costado del cuerpo, salgo a la superficie.
- Aahhhh – Exclamo, y empiezo a nadar.
Dos mil metros son los que me propongo nadar hoy, así que a bracear.
Un gato negro me observa desde arriba, recostado en uno de los canteros. Sus ojos amarillos me miran de vez en vez, alternando entre mi figura y algo que perciben en el aire. Milton puso música y se lo oye cantar desde el micrófono.
Salgo, me seco y subo para acariciar al gato que ya no está. Nyx prepara chocolate caliente y Milton nos invita con unas exquisitas arepas que acaba de preparar para nosotros. Le contamos que tenemos ganas de ir a Sorata, mientras degustamos el exquisito desayuno. Y reímos por los divertidos comentarios de nuestro Couch. Nos pide que tengamos cuidado y se va a barrer los alrededores de la pileta.
Arrancamos. Vamos en trufi hasta Sorata, donde hace poquito han sido las fiestas patronales, y cientos de borrachos cantan en las plazas y se tambalean en todas las esquinas. Los dejamos rápido atrás, esquivándolos, porque su bambolear errático no permite que adivinemos sus próximos pasos. Tironeo del brazo de Nyx justo cuando una chola se abalanza de cabeza hacia su estómago y me arrepiento porque por evitar que la golpee, la chola enviste a toda velocidad a un niño que venía caminando con su madre. Ayudo a levantar al pobresito que llora desconsolado y se refriega la cabeza donde asoma un chichón enorme. A la chola no, porque carcajea en el piso y no deja que nadie la ayude a incorporarse.
Dejamos atrás la plaza y a los borrachos y nos encaminamos a la ruta que nos lleva hasta Sorata. El camino es largo, pero no nos importa. No pensamos pagar un taxi que nos lleve. Caminamos, caminamos y caminamos. Y por fin, luego de una parada técnica para comer, llegamos al tan mencionado sitio: Las grutas de San Pedro. Una cueva que nos han dicho vale la pena conocer.
Una vez en la puerta, sonreímos, respiramos hondo y nos adentramos a lo profundo.
Bajamos y bajamos. La oscuridad es total, pero la cueva está preparada para el turismo, así que por suerte se encuentra iluminada. Un camino en la piedra que seguimos, agachando la cabeza en tramos, volteando el cuerpo para pasar de costado en otros, nos conduce hasta lo que nos parece una laguna. Y sí, efectivamente lo es. Lo confirman los botes que flotan en la orilla. Los lugareños los alquilan a cinco módicos bolivianos, por lo que desembolsamos nuestros ahorros y nos subimos a uno, el que se ve menos cochambroso.
El agua cristalina permite ver el fondo, a varios metros de profundidad. Y desde ciertas perspectivas refleja también las paredes de la caverna. Remamos hasta el final y nos detenemos a observar el entorno. El agua quieta, la piedra duplicada en la superficie, la oscuridad arriba donde puede adivinarse el vuelo de los murciélagos, y abajo la quietud, el descanso del fondo. Un movimiento en el agua me hace prestar atención. ¿Peces? ¿Hay peces en las lagunas de las cuevas? Dicen que la naturaleza aborrece el vacío, y que donde hay un hueco lo cubrirá de vida. Así que puede que así sea.
Saco de la mochila las antiparras, que desde que estoy en lo de Milton, no puedo despegarme de ellas, y poniéndomelas hundo la cabeza en el agua. Para mi sorpresa el agua está calentita. ¿Con cuánta mierda de murciélago estará condimentada esta laguna? La pregunta me inquieta y salgo a respirar. Y en el breve lapso de tomar la decisión y empezar a ejecutarla, percibo un movimiento a mi derecha.
- ¿Y? ¿Viste algo? – pregunta Nyx con una sonrisa un poco nerviosa.
- Me pareció ver algo. Pero no llegué a ver bien que era.
- A ver prestame y teneme el pelo porfa – y extendiendo la mano reclama las antiparras.
Me las saco y se las doy. Y agarrándola suavemente del cabello, la acompaño a que sumerja la cabeza bajo el agua.
- ¡Vi algo! ¡¡Vi algo!! – Dice y empieza a desvestirse.
- ¿Qué viste? ¿Qué hacés? – Suelto ambas preguntas juntas sorprendido e intrigado.
- No sé bien que era – Y se saca el pantalón – Sin los lentes se me complica. –
- ¿Te vas a meter? –
- Ay no sé, quiero ver mejor. Teneme de vuelta porfi – Y me entrega su cabello asomando su cabeza una vez más del otro lado de la laguna.
Algo se ve en el fondo. Algo se mueve. Concentro la vista para distinguir y veo de reojo algo que jala a Nyx al agua. Una mano. Una mano negra agarrándola. Llevándosela al agua.
Un pez negro. Una sombra. Algo.
Me desvisto a toda velocidad pero Nyx sale respirar enseguida.
- ¿Qué hacés boludo? Todavía no me quería meter. – Me dice molesta mientras se saca el agua de la cara.
- Boluda, vi algo que te agarró. Como una mano. Una mano negra.
- Dejate de joder. – dice y se va para atrás, nadando panza arriba.
- En serio te digo. – insisto mirándola a los ojos.
- Ya te desvestiste vos también – agrega desde la lejanía. – Tirate ahora.
- Boluda, te juro que yo no… -
- ¡Tirate! –
Me quedo unos segundos en silencio y escucho como nos llaman desde la orilla, haciéndonos señas con las manos. La miro a Nyx y salto de clavado.
El agua esta calentita, y nado mientras intento no pensar en la caca de murciélago. Una mujer se nos acerca por tierra agitando los brazos. Viene por el costado, por el camino que bordea la laguna. Nos grita, nos injuria y sigue sacudiendo los brazos. Pedimos perdón, argumentamos una caída involuntaria, y nos subimos de vuelta a los botes. Nos escolta hasta llegar a la orilla, donde refunfuñando nos quita los remos mientras pronuncia algunas palabras en Quechua o Aymara que no entendemos ni queremos entender.
Caminamos tratando de no decir mucho. Y empezamos a bordear la laguna por tierra, siguiendo un camino que nos lleva hasta el final de la gruta. Vemos desde arriba la calma cristalina del agua y nos asomamos para intentar volver a ver aquello que hace un rato nadaba debajo nuestro. Ni rastros de vida. Ni un solo movimiento bajo el agua.
Nada de lo que vimos. Pero hay algo que se escucha. Un retumbar que viene desde lo profundo. Ya no del agua sino de la gruta. Se oye un retumbar que nos llama desde lo profundo, que me llama. Camino levemente inclinado hacia adelante, como atraído por una fuerza suprema. Como arrastrado, como con una correa. Así, como un perro con correa, feliz de que lo saquen a pasear. ¿Se vendrá el tirón que ajuste y me obligue a obedecer?
Las bombitas de luz incandescentes duplican en el lago las paredes de la caverna. ¿Será que lo que vimos en el agua fue un reflejo del techo? ¿De lo que vive arriba en lo oscuro?
Imposible. Yo vi una mano negra tirando a Nyx del bote. Yo la vi. ¿La vi?
El camino de luz blanca, falsa e incandescente, nos conduce hasta el final de la gruta. O lo que ellos quieren que sea el final del camino, porque la luz llega hasta allí, pero se puede ver como la cueva sigue en la oscuridad, por un camino estrecho que va para abajo.
Un sonido como de tambores nos llega desde lo profundo de la cueva. Como un latir agónico, arrítmico, pero con cierto compás. Como un corazón maltrecho, deforme o lastimado.
Nyx prende su linterna, yo la mía, pero los celulares no alcanzan a iluminar la oscuridad circundante. Nyx se adelanta y baja primero, alumbrando el estrecho camino. La sigo, pasando de lado entre piedra y piedra. Los golpes de tambor suenan cada vez más fuerte. La grieta vira hacia la derecha, y conteniendo la respiración pasamos por un pasaje realmente delgado hasta salir a una especie de cámara. No llegamos a ver las paredes desde donde estamos parados, pero acercándonos logramos demarcar los límites del recinto. Y un agujero, por donde aparentemente el camino continúa.
- Vamos – Me anima Nyx al verme no tan convencido.
De pronto los tambores cesan.
- No sé. – Respondo alumbrando con la linterna para abajo.
- Vamos, dale – Insiste y señala el agujero.
- No, no sé. Volvamos mejor. –
- No, yo voy a ir, quiero ver un poco más. –
- Bueno, yo te espero acá, pero no vayas muy lejos por favor.
- Dale, vamos, acompañame. – Vuelve a insistir aunque ya vio mi cara de desconfianza, y sabe que no voy a entrar.
No sé como ella quiere, después de todo lo que vimos ya, de todo lo que vivimos. Pero este también es su viaje, y no voy a oponerme a que elija lo que quiera elegir. Aun sí su decisión es meterse en un pozo en lo profundo de una cueva en plena oscuridad. Ya lo hizo, ya sufrió, y si aun así quiere repetir, es su decisión.
- Ve. – Le digo. – Aquí te espero. – Y ella, un tanto decepcionada por mi negativa, frunce los labios y se mete en el agujero.
- ¡No vayas muy lejos! – Pero mi voz ya resuena como un eco, lejano y solo, entre las paredes de la caverna.
La luz de su linterna desaparece casi instantáneamente. Un escalofrío me recorre el cuerpo y decido entrar. Seguirla. No dejarla sola.
El diámetro del agujero es pequeño pero logro pasar. Desciendo de un salto hacia lo que parece un camino. Por allá, a lo lejos, un resplandor. Debe ser Nyx. Grito su nombre y avanzo, alumbrando lo poco que puedo con la linterna del celu.
De a poco se vuelve a escuchar el sonido de los tambores. Siento el cuello estrecho, como apretado por un collar, y de un tirón que me quita el aliento, avanzo un poco más.
Bum-Bum, Bum-Bum, Bum-Bum, Bum-Bum. Como el latir de un corazón gigante se escucha el retumbar desde adentro, desde el fondo. Es lo único que escucho, el corazón de la cueva. Y sigo bajando. Porque avanzar aquí es descender. Bum-Bum. Hacia las entrañas de la tierra. Bum-Bum. Hacia lo profundo del corazón.
Las paredes que me oprimen el pecho apenas me dejan respirar. Si no fuera por el collar, si no fuera por la correa. Si tan solo hubiese aprendido a comportarme y no escaparme cuando salgo a pasear, quizás no me estarían arrastrando del cogote. Pero parece que no, parece que si me sueltan me escapo. Aunque no iría a ningún sitio sin Nyx. Su recuerdo es como una bocanada de aire en la superficie, oxígeno puro en mis arterias.
Bum-Bum. Los tambores están cerca, lo siento. Quien arrastra de mí lo sabe y me lo comunica a los tirones, ahorcándome. Doblo, me agacho y vuelvo a doblar. Una luz resplandece a la vuelta del camino, ondulea, crepita. Bum-Bum, Bum-Bum. Estamos cerca.
Otra vez, el espanto. Otra vez velas.
Los tambores dejan de latir, los corazones dejan de golpear. Inclusive el mío. Un movimiento brusco que jala, que obliga, que me pone de rodillas. A mi lado Nyx, su brazo extendido hacia lo alto, su cabeza gacha en reverencia. Algo oscila en la negrura y no es el fuego de las velas. Algo más negro que el negro de la cueva respira entre las sombras, un poco más arriba. En un hueco oscuro, un agujero negro. Quizás un sombrío altar, quizás un nido.
Otra vez el latido desacompasado de lo que tiembla. ¿De donde viene?
El pelo hacia el suelo oculta el rostro de Nyx que permanece inmóvil en reverencia esclava. Intento hablarle, pero tengo la voz rota. No cómo en un sueño o una pesadilla, sino afónico, con picor, como en una gripe. La piel me arde y me siento mareado. La cabeza cansada cae hacia adelante y un brazo, el derecho, comienza a extenderse hacia lo alto.
Los tambores gritan en lo oscuro. Y ya no los escucho en la penumbra, sino cerquita, muy cerquita, como desde adentro. Mi brazo está ya totalmente erguido, pero mi puño aún permanece cerrado como en un golpe.
Un golpe de tambor, dos golpes, y el pulgar que se estira y el meñique que se separa de la palma.
Respiro y escucho el tambor. Allí, con los ojos cerrados en la penumbra de la cueva solo rota por el fuego de las velas a los costados, siento mi respirar que está tranquilo. Allí arrodillado junto a Nyx, obedeciendo una fuerza que nos domina y nos quiebra la autonomía, nuestro control.
Respiro. Escucho el tambor. Y entiendo que no tengo el control. Ni allí, ni nunca. Que el mundo es y no depende de mí. Que yo soy antes de saber que soy. Y que si he de morir hoy, así será. Respiro, y a pesar de que no puedo hablar porque no tengo voz, callo.
Las falanges casi tiesas, de pronto se resisten. Y antes del último extender se retiran, se contraen, vuelven. De vuelta un puño, mi mano cerrada. Los tambores golpean con potencia. Su retumbar me anima más que amedrentarme. Respiro y escucho y retiro mi brazo. La sombra que antes se movía, temblaba; ahora permanece quieta como un vértice negro en la oscuridad de la cueva.
El tambor que late con fuerza no viene de afuera, no viene de la gruta. El corazón que es música viene de mi pecho. Respiro y escucho y levanto la cabeza. Lo que se oculta me mira y yo encuentro sus ojos oscuros camuflados en la negrura del agujero. Mi pecho se infla por lo tambores hechos de aire y sangre y logro abandonar el suelo, pararme, erguirme como corresponde a los hombres.
El fuego de las velas crepita como agitado por una brisa y el punto negro entre las sombras, comienza a hablar en un idioma extraño, inentendible. Sus palabras suenan como una queja y un susurro y una amenaza al mismo tiempo. Se siente su lengua que se arrastra para pronunciar esos gemidos extraños que quizás sean un idioma. Escupo al suelo sintiendo asco de eso que exclama y eso levanta la voz.
Me acerco y aquello retrocede. Los tambores lo asustan. Vuelvo y corriéndole el pelo de la oreja a Nyx que aun permanece arrodillada, le susurro:
- Despierta mi amor, que no estás dormida. –
Y Nyx levanta la cabeza, retrae su brazo, abre los ojos. Y eso que estaba oculto se asoma, pero su rostro permanece escondido, aún, detrás de su cabellera. Aquello se retuerce y exclama palabras prohibidas en párcel, ahora lo reconozco, el idioma de las serpientes. Es aquella cosa que vi en Uquía, que me hizo correr y llorar de miedo hecho un bollito en el piso. Y Nyx que apareció de pronto, delante del sol para que pudiera verla, resplandeciendo a plena luz del día.
Pero esta vez soy yo el que la abraza y la sostiene mientras la ayudo a incorporarse. Y eso que grita y se retuerce en el agujero, extrañamente ya no me asusta como aquel día. Y entiendo que aquello tiene vergüenza, por eso se oculta tras la cabellera y maldice. Por eso nos obliga a arrodillarnos con los ojos hacia el suelo. Por eso teme al latido de los tambores. Porque tiene vergüenza.
- Cállate bestia, que tu no tienes voz. – Le ordeno mirándola donde se supone están sus ojos.
Aquella cosa para de hablar y se queda quieta. Una de sus manos enfermas descorre el cabello y el rostro de la infamia asoma desde lo alto. Desfigurado por la oscuridad, una mueca surca el rostro intentando una sonrisa, aunque mas bien parece una herida de puñal lacerándole la carne. Los tambores parecieran estar ya lejos, pero el solo recuerdo de su latir los regresan de vuelta vigorosos como murallas. Y no tengo miedo.
Pero Nyx sí, y sale corriendo. Aquello oculta su rostro una vez más y se retira a la penumbra del agujero. Dudo por un segundo si ir a buscarla, arrancarle sus cabellos con las manos, romperle la sonrisa a las trompadas. Obligarla a que se retuerza y arrastre la lengua mientras tiembla de dolor cuando le quiebre los huesos como ramas para el fuego, o le quite los dientes y la lengua hasta prohibir para siempre sus clamores de serpiente. O ir tras de Nyx que corre por la cueva. La respuesta ya la conozco, pero aun así muero de ganas de destrozarla, de arrancarla de su sufrimiento de bicho enfermo para siempre, de silenciarla con mis nudillos.
Las velas se apagan de pronto con una brisa que sale del agujero, y me retiro, aunque no quiero, porque siento la sangre en mis manos que laten de violencia. Pero prefiero elegir el amor antes que al odio, aunque sean dos extremos de la misma cosa. Y alumbrando con la luz de la linterna vuelvo sobre mis pasos, en busca de Nyx que escapó aterrada.
Me toca cruzar toda la cueva, bordeando la laguna, agachándome donde corresponda. Paso por al lado de la persona que nos alquiló los botes que me injuria en Quechua o Aymara. Subo por las escalera y salgo afuera, donde encuentro a Nyx llorando sentada sobre una piedra. La abrazo con fuerza y acomodo su cabeza sobre mi pecho, para que escuche los tambores, para que recuerde los suyos.
Lentamente, atenta a la música, su respirar se sosiega y sus párpados dejan de regar el suelo. Y sin hablar, oímos como de a poquito los tambores de su pecho se empiezan a escuchar. Cada vez más fuerte, cada vez más cerca. Bum-Bum, Bum-Bum. Y cerrando los ojos, al son del corazón, nos ponemos a bailar.







Comentarios
Publicar un comentario