TITICACA
Titicaca
Milton nos prestó una habitación para nosotros solos. Un colchón de paja en el piso y a taparse porque hace frío.
Al día siguiente nos levantamos, nos ponemos la malla, las antiparras, y a nadar. Nos propusimos entrenar todos los días, para limpiar el cuerpo y la mente, brazada tras brazada, en el agua que nada reclama y todo se lleva. Luego lo ayudamos a limpiar un poco las plantas que cuelgan en los canteros alrededor de la pile y nos preparamos porque hoy es el gran día. Hoy conoceremos finalmente, el tan nombrado lago Titicaca.
Su nombre me resuena desde pequeño. Tal vez, en parte por su similitud con la palabra caca, con la que seguramente habré hecho innumerables chistes en la primaria. Pero realmente yo creo que es porque el lago me está llamando.
Su impronta de Big Bang, me hace pensar y me transporta a ese momento. Una partícula, un movimiento, una explosión y el vasto todo. Un lago quizás en vez de una partícula, cuyas aguas inmóviles de pronto se agitan. Un despertar allá en el fondo, donde no llega la luz, donde se esconde el vacío primero. Un algo, donde no hay nada, que se mueve, que tiembla. Primero una onda, después una ola, más tarde un oleaje. Y el agua que va y viene arrastra desde el fondo a Wiracocha, para que nombre el mundo y haya mundo, para que nombre el sol y haya sol. Y nombrando nombró al hombre, y nombró también a la mujer. Y a los pájaros y al canto de los pájaros. Y a los árboles para que no se olviden de él. Y nombrando formó la materia. Y soplando todo empezó a girar.
Después desapareció.
Milton canta por micrófono y su voz retumba en toda la pileta. Lo saludamos y nos vamos. Escuchamos que deja de cantar y que nos llama.
- Mmmmm. – dice y achina los ojos.
- ¿Qué pasa Milton? – respondo a ese sonido gutural y empiezo a reír.
- Llévense las bicis. – nos dice y señala unas bicicletas que están apoyadas contra la pared.
Nyx sonríe y elije primero. Agarro la que queda y nos vamos. El camino es fácil. La ruta nos lleva directo al siguiente pueblo, siempre custodiados por la Cordillera. Esa deliciosa sensación onírica que surgía cuando idealizaba este viaje, se presenta viva y real. No es un sueño. Soy yo junto a Nyx pedaleando en Bolivia al ladito de la Cordillera de los Andes rumbo al Titicaca. No, no es un sueño. Mi transpiración lo confirma. Pero la sensación es igual de hermosa. El viento en la cara, las bicicletas, las montañas, la ruta. Si me piensan, quiero que me imaginen así. Sonriendo mientras pedaleo una bicicleta sobre la ruta custodiado por montañas.
10 Km. no son tanto cuando uno mira el mapa. Pero cuando se anda en una bicicleta prestada con los cambios rotos, la mochila pesada por el mate y el abrigo y la cámara de fotos, en la ruta con el viento en contra, se vuelven reales y largos.
La primer bajada al lago según el mapa, está como a 4 Km. más, por lo que ni bien vemos un camino de tierra empedrado y cochambroso, nos metemos. Llegamos hasta un sitio lleno de juncos, vacas y un arriero. Levanto la cabeza saludándolo. Levanta la cabeza saludándome. Y nos acomodamos, detrás de una pirca de juncos, a guarecernos del viento helado de la cordillera.
El lago es más hermoso de lo que me imaginaba. A pesar de que solo estamos viendo un charco lleno de juncos. El color del agua es azul profundo, azul noche. Las montañas, al fondo, blancas. Algunos botes flotan también llenos de juncos. Leo sus nombres: Marinero III, Pancho, Don Nemecio, El Maldición. Éste último, haciendo honor a su nombre yace en tierra, olvidado y boca abajo.
Cuando me lo imaginaba, me veía sobre un monte observando el lago en su enormidad, en su magnificencia, en su total anchura. Nunca hubiera creído que lo conocería así, un charco lleno de juncos, con unos cuantos botes flotando en lo espacios azules, y allá atrás, rosada y bestial, como una ogra suavemente maquillada, la gran montaña. Nunca lo hubiera creído, y aún así esto es perfecto. Se nos nota no en lo que decimos, sino en lo que callamos. En nuestro sosiego, en nuestros ojos que contemplan, en el respirar consciente, en la presencia. Estamos allí, fuera del tiempo. Allí, aquí, ahora. Suspendidos como el lago en un principio, en el vasto todo, en la eterna nada. Las aguas inmóviles que respiran desde el fondo hacia el fondo. Igual que nosotros. Sumergidos en lo profundo, dónde no llega la luz. Flotando en la superficie, recibiendo los últimos rayitos mientras el sol se va.
La noche llega sin darnos cuenta. Yo desciendo primero y agarro una de las bicis. Me subo y veo que Nyx todavía permanece en el aire. Bajo y suavemente tiro de sus cordones desatados. Despacio, para que aterrice con calma. Nyx cierra los ojos y sonríe. Me besa y se sube a la bici.
No tenemos linterna y la ruta no tiene alumbrado eléctrico. Los autos zumban y nos pasan cerquita, mientras pedaleamos los 10 Km. hasta lo de Milton. La peligrosidad acecha, pero estamos protegidos. Los Apus velan por nosotros.
Llegamos sanos y salvos. Cansados, sin voz. Milton canta por el micrófono y nos saluda con una seña. Respondemos con una sonrisa y subimos a la habitación. Exhaustos. Felices. Nos tumbamos sobre el colchón de paja y nos dormimos enseguida. No soñamos. Volvemos al lago, a contemplarlo. Los colores del cielo imposible asumen la aurora. Allí está Nyx también, que se desviste y se sumerge. La veo entrar a las heladas aguas del lago Titicaca. Primero sus pies, sus piernas; luego sus caderas, su cintura. Por último su sonrisa que se esconde bajo el agua, su mano que me llama y se pierde en las profundidades. El dorado del pelo que resplandece sobre la superficie es lo último que veo hasta que desaparece perdiéndose entre los juncos y el azul oscuro del lago Titicaca. Contemplo la montaña que brilla con luz propia. Los colores del cielo. Mis pies descalzos sobre el barro, en la orilla. Un mínimo oleaje se precipita y me cubre los talones, como invitándome. Y avanzando sin presura me sumerjo en las profundidades.


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