ISLA TORTUGA
Isla Tortuga
Volvemos sin hablar. Nyx duerme sentada al fondo. Llegamos bien de noche a lo Milton que seguro ya está durmiendo. Solo el gato negro nos recibe con sus fulgurantes ojos amarillos que nos escrutan en la oscuridad. Como en un aljibe asomo mi cabeza a la pileta para verme reflejado en la negrura de la superficie, pero no funciona así aquí. Una tenue luz que penetra desde la calle a través del techo translucido no permite el efecto.
Nyx sube derechito a dormir. Yo prefiero comer algo. Los ojos del gato acostado sobre la mesa brillan y me vigilan. Entro a la cocina y agarro unas bananas coloradas que hemos comprado esta mañana, y me preparo un café. Al salir, los ojos del gato se encuentran mas alto, cómo si estuviera sentado en una silla y fuera de nuestro porte. Me alarmo y prendo la luz, casi sin aliento. Ya no más. Ya, suficiente por hoy.
Enciendo el interruptor dispuesto a revolearle la taza de café en la cara al monstruo gato, pero no, es Milton que está sentado allí, y achina los ojos por el encendido repentino de la luz.
- Mmmmm… - Exclama y voltea la cara hacia un costado
- Milton, perdón, pensé que dormías. – Digo y sonrío por la sorpresa. – ¿Querés un café?
- Café, café. Bueno. – Dice Milton sin mirarme y me voy a prepararle uno para compartir antes de ir a la cama.
Nos quedamos conversando hasta tarde. Milton me dice que por eso nos pidió que tengamos cuidado, antes de que salgamos para Sorata. Que sí, que ha escuchado montones de historias extrañas de la gruta. Pero que no, que nunca había oído de una bruja que hablara en Cárcel.
- Párcel, Milton, el idioma de las serpientes. – Lo corrijo y le explico.
Sus ojos se agravan y parecieran estrecharse. Luego sonríe, saluda y se va a dormir. También yo, que ya es tarde.
Al día siguiente nos levantamos temprano. Iremos a conocer la isla tortuga. Bajamos y nos encontramos a Milton desayunando lo que parece un pedazo de carne cruda.
- ¿Qué estás comiendo Milton? ¿Lo cocinaste un poco acaso? –
- Un poco… - responde con toda la boca llena de sangre. – Se acabó el gas.
Con Nyx nos miramos un poco extrañados, pero lo aceptamos, como aceptamos todo aquello que nos sorprende desde que salimos de Argentina. Cada loco con su tema. Nos desvestimos y nos ponemos a nadar.
Al salir Milton ya no está. Pero por suerte parece que cambió la garrafa. Calentamos el agua para el mate, acariciamos al gato que come lo que Milton no quiso, y salimos a la calle en busca de un trufi que nos lleve. Conseguimos un auto que nos lleva por el mismo precio y nos subimos. Atrás tres cholitas conversan en Quechua. Adelante el chófer masca coca y conversa con su pareja que amamanta a su chinito.
De pronto un control policial nos hace estacionar al costado de la ruta. Un oficial se acerca y solicita unos papeles que el conductor no tiene. Le pide entonces que por favor apague el vehículo y se va a buscar a uno de sus compañeros. Nuestro chofer, ni lerdo ni perezoso, en un abrir y cerrar de ojos, pisa el acelerador con todas sus fuerzas y huye a máxima velocidad. Se escuchan tiros y sirenas, las cholas ríen y cambian algunas palabras en Quechua, y nosotros nos miramos, quietitos, sin decir una palabra. El conductor maneja como desquiciado sacando la cabeza por la ventanilla, su pareja amamanta al niño como si nada hubiera ocurrido. De pronto frena en seco y nos avisa que hemos llegado. Pagamos y antes de cerrar la puerta el auto arranca y se pierde tras una curva dejando las huellas negras de la carrera en el asfalto. Levantamos los hombros y al unísono decimos “Bolivia...”
Llegamos a la Isla Tortuga, una pequeña formación de piedra que sobresale del Titicaca y que se asemeja al animal, con su caparazón y su cabecita de cuello largo. No es propiamente una isla, pues está unida a tierra por un estrecho sendero que cruzamos de a uno porque juntos no pasamos.
El azul del lago se interrumpe por pequeños fulgores de luz blanca que aparecen y desaparecen con el ondular del oleaje. El Titicaca es realmente maravilloso. Observarlo calma, sosiega, y con Nyx coincidimos en que es un propicio lugar para meditar. Cerramos los ojos y nos entregamos al calor del sol y al fragor de la experiencia. Realmente no sabemos cuánto tiempo hace que estamos allí con los ojos cerrados, escuchando, escuchándonos. Un temblor nos desconecta de la experiencia y al abrir los ojos sonreímos por la paz que el Titicaca nos ha regalado. Desentumecemos las piernas, movemos los brazos y nos levantamos. El hambre aprieta, es momento de conseguir algo para comer. Y es ahí cuando todo se torna absurdo. El sendero ya no está. La tierra, la gente, tampoco. Estamos solos en el medio de la nada. A nuestro alrededor azul y nada mas que azul.
- ¡¿Qué mierda está pasando?! – grito mirando a Nyx con cara de espanto.
Su rostro no difiere mucho del mío. De pronto una voz grave y profunda responde:
- No pasa nada. Aun sigues en estado de meditación. –
Fruncimos las cejas y yo empiezo a abofetearme. Si es así, necesito despertar.
- Todavía no es tiempo. – Responde la voz a las palabras que nunca dije.
- ¿Quién sos? ¿Sos Dios? – pregunto entregándome al absurdo.
- No. – Me contesta.
Al parecer Nyx también lo escucha, porque es ella quien pregunta:
- ¿Quién, entonces? –
- Soy quién te lleva por estas aguas. –
Hasta el momento no nos habíamos dado cuenta que estábamos en movimiento. Nos asomamos y comprobamos que efectivamente estamos avanzando hacia la nada, atravesando la inmensidad del lago. Sospecho lo que está pasando y voy directo hacia adelante, a la proa, y asomándose, al ras del agua, veo uno de los ojos de la tortuga que nos lleva quien sabe a donde.
- Hacia el centro. – Responde la voz grave.
Nyx, que también oye, parece desconcertada.
- Estamos sobre el caparazón, viajamos en tortuga por el Titicaca. –
Nyx abre los ojos aun más sorprendida.
- Deben saber. – Dice la voz.
Y sin hablar preguntamos: “¿Saber qué?”
- Algunas cosas. Ya estamos cerca. –
Y antes de siquiera pensarlo la voz de la tortuga agrega:
- Ya estamos cerca del centro. –
Permanecemos impávidos, entregados a la experiencia. Ya estamos acostumbrados. Nos sentamos de piernas cruzadas y disfrutamos del viaje por el lago Titicaca. El viento frío de las alturas nos atraviesa los tejidos y nos refresca el alma. El sol brilla largo sobre el agua, como escamas de plata de una serpiente imposible que avanza delante de nosotros.
- Llegamos. – dice Nyx ante un presentimiento.
- Sí, llegamos. – confirma la tortuga.
A nuestro alrededor escamas azul plateado reverberan y se mueven. Todo está vivo, todo vibra. El agua, nosotros, la tortuga.
- Hay quienes han viajado sobre mi lomo desde los orígenes y han escuchado los símbolos que designé para ellos. Hay quien ha tocado tierra y ha olvidado. Hay quienes no. Como arriba es abajo dijo el mago. ¿Pero quién hubo de dibujarle las estrellas en el suelo y las montañas en el cielo? ¿Quién, si no, a Jesús en el desierto, le contó su futuro irremediable? ¿Quién a Siddhartha lo empujó fuera del palacio? -
- ¿Quién? – pregunta Nyx.
- ¿Quién? – pregunta la tortuga.
Una serpiente cruza el cielo marcando un camino de noche en el cielo celeste del mediodía. La estela negra dibuja en lo alto un pedacito de noche, como si con una goma de borrar quitaran un poquito de día, permitiendo ver el fulgor de las estrellas a pleno mediodía.
- El cinturón de Orión. – reconozco enseguida.
- Las tres Marías. – confirma la tortuga.
- ¿Por qué siempre esas tres estrellas? – pregunto desconcertado recordando mis sueños en el Kalasasaya.
- En el ombligo del mundo lo descubrirás. Por lo pronto me gustaría advertirte, ten cuidado. No todos los caminos conducen a uno, no todos los senderos ofrecen maravillas. –
- ¿A qué te refieres? –
- Has oído y sabrás entender. Camina con cuidado, te diriges al centro del imperio. Ellas se cruzarán en tu camino. Ellas serán tu camino. Deberás enfrentar tus temores, deberás distinguir la luz de las estrellas de lo opaco de la carne. Allí despertarás, si sabes ver. Allí caerás, si permaneces en lo oscuro. -
- No entiendo nada. – respondo sincero.
- Entenderás. – sentencia la voz de la tortuga.
- ¿Y para mí? ¿Alguna verdad? – pregunta Nyx de pronto.
- Para ti el mundo. Para todos todo. Ten cuidado con la serpiente. Cuídala o te envenenará por dentro. Cuídala o te morderá. –
No son necesarias mas preguntas, la cara de Nyx las expresa todas juntas.
- Entenderás. – sentencia nuevamente la voz grave de la tortuga.
De pronto las aguas suben, o tal vez nos estamos sumergiendo. El frío del lago asciende y toca nuestros pies. De un salto nos incorporamos. Gritamos, suplicamos y nos abrazamos. La tortuga ya está bajo el agua. Le pedimos auxilio, le rogamos, lloramos. El Titicaca nos cubre los talones, las pantorrillas, las rodillas. No hay nada que hacer. El agua sube, pasa la cintura, llega al ombligo, al esternón. Tapa nuestros brazos entrelazados y sigue subiendo. Inhalamos profundamente cuando ya estamos sumergidos hasta el cuello y cerramos los ojos cuando ya nos tapa la nariz.
Como si estuviéramos en el cielo, una extraña gravedad nos sujeta al lomo de la tortuga bajo el agua, que desciende hacia las profundidades, como volando hacia lo alto de la noche eterna. Pequeñas luces van apareciendo. Donde reina la oscuridad, siempre un fulgor proclama la revolución. Cientos de peces, lamparitas con aletas, alumbran en el fondo nuestro camino hacia las profundidades. Cuánto más descendemos, más y más aparecen. La vía láctea sumergida que danza y se abre paso a nuestro camino. Las estrellas nadan a nuestro lado mientras continuamos bajando. Cada vez más hondo, cada vez más luz. Los ojos nos arden y precisamos cerrarlos. El resplandor nos ciega. Al abrirlos el sol dibuja una serpiente en la superficie del Titicaca. A mi costado Nyx sentada en posición de Loto. Volvimos. Nunca nos fuimos. Sentados en el caparazón de piedra no necesitamos hablar para confirmar nuestro viaje hacia el centro del lago, hacia lo profundo. Una sonrisa basta.





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