ACHACACHI, TIERRA DE CANÍBALES

Tierra de Caníbales

Hacemos dedo y nos llevan, de vuelta hasta Achacachi, en la caja de un camión. Nyx se sienta sobre un bulto de ropa que grita cuando ella deja caer su peso. Es un tipo que viene durmiendo enroscado en su bolsa de dormir.

- ¡¡Perdón, no me di cuenta!! –

- No te preocupes, igual tenía que despertar. – Explica mientras se despereza y se va sentando. - ¿Qué hacen por acá? – Pregunta.

- Fuimos a un paseo en tortuga – responde Nyx mientras me mira y sonríe – y ahora vamos de vuelta para Achacachi.

- ¿¡Achacachi!? – grita aquel hombre enroscado en la bolsa de dormir, sin percatarse de lo del viaje en tortuga milenaria. - ¿Qué hacen ahí? 

- Nos invitó un amigo. – Explico para no entrar en detalles.

- Ustedes saben que esa es tierra de caníbales, ¿no? – Dice y se nos queda viendo, mientras la caja del camión se sacude para todos lados por lo maltratado del camino.

- ¡¿Qué?! – exclamo también por la sorpresa y el desconcierto.

- Claro, Achacachi, tierra de caníbales. – Reafirma ya un poco más tranquilo, seguro de lo que dice.

- ¿Cómo es eso? – Insisto.

- Gente que se come a la gente. Que mastica su carne, chupa sus huesos y hace jugo de sus tripas. Bárbaros. ¡Caníbales! – exagera para sacarme de una vez por todas de la perplejidad que me tiene cautivo como un polluelo. Y continúa – Había una bruja en el pueblo a la que todos le tenían miedo porque decían bebía sangre humana. En antiguos rituales celebrados de noche en la cima del monte, sus acólitos destrozaban la garganta de los capturados con puñales de piedra sobre una mesa de piedra. Y servían en un kero con cabeza de jaguar la sangre que vertía de sus cuellos desgarrados. La bruja la bebía mientras ellos, sus esclavos, con un cuchillo más fino le serruchaban el pecho a los muertos en la piedra y extraían sus aun tibios corazones, que servían en bandeja y sostenían delante de sus ojos, acólito de un lado, acólito de otro, con la cabeza abajo en posición de reverencia. Y ella olía, probaba, elegía. Lo que descartaba era para sus iniciados, sus brujitos menores, que esperaban agachados hasta ese momento. El resto para los acólitos que atacaban los cuerpos con desesperación, mordiendo cada uno de un costado. A las trompadas por una pierna o una costilla. Los más débiles a un costado llorando y aguardando las sobras, las menudencias de los mutilados. –

En ese momento calló. Como nosotros no dijimos nada prosiguió:

- Esa es la fama de tu pueblo, ese es el lugar hacia donde vamos. –

- ¿Vos también te quedás ahí? – pregunta Nyx.

- Ni loco, yo sigo. Ahí solamente se quedan ustedes. –

Preferimos no continuar conversando con ese hombre. El resto del camino fuimos en silencio. En un momento se acomodó y se volvió a dormir. Golpeamos la cabina del chofer cuando hubimos llegado y nos bajamos sin saludar.

Milton limpiaba los costados de la pileta con música a todo volumen por lo que recién nos vio cuando estábamos bien cerca.

- Mmmm – exclamó y dijo - ¿Qué tal les fue en el paseo de tortuga? -

- Una locura Milton como todo en Bolivia. –

- Huimos de la policía a toda velocidad de camino a la isla. – empieza Nyx

- Viajamos en caparazón hasta el centro mismo del Titicaca. – continúo.

- Y nos enteramos que Achacachi es tierra de caníbales. – concluye Nyx que no pudo evitar sacar el tema que preferimos esquivar en el camión.

Pero nadie dice nada. Solo se escucha el reggaeton de los parlantes: En la wawa se quedó el olol de tu pelfume.

- Tonterías. – Proclama finalmente nuestro Couch.

- Lo supusimos. – digo yo, pero Nyx insiste.

- Nos contó de una bruja, de sus esclavos y unos sacrificios… -

Milton baja el volumen de la música, sube las escaleras, lo seguimos, y nos sentamos a la mesa. Yo voy a poner una ollita al fuego para hacer unos mates y cuando vuelvo ya ha comenzado a hablar.

- Esa bruja que te cuentan era mi abuelita, mi bisabuelita. Vivía en el monte, sí. Y era curandera. -

- Cuando la gente enfermaba, y enfermaban bastante, subían a consultarle ella, aquí no había médicos. – 

- Y ella tenía sus secretos. Preparaba sus brebajes con hierbas del bosque y la montaña, humeaba a los enfermos y ofrecía sacrificios. –

En ese punto vi como Nyx se aguantaba las ganas de preguntar “qué tipos de sacrificios” y no pude evitar una sonrisita que por suerte Milton no vio. 

- Con ella vivían algunos aprendices. En algún momento mi abuelita se puso muy viejita y ellos se encargaban de ir en busca de las plantas para sus pociones y de animales para sus sacrificios. Mi abuelita me enseñó que para pedir siempre algo hay que ofrecer. Si la persona que consulta se encuentra grave, o tiene un malestar mortal, es necesario ofrecer algo que esté a la altura, es decir, en estos casos, una vida. Entonces se hacen sacrificios. Lo más común es entregar gallos, gallinas, cabritos, terneros. Una sola vez mi abuelita ofreció un buey.

- Pero cuando ella murió, allá arriba quedaron sus aprendices, sus brujitos menores. Y alguno de ellos tuvo delirios de grandeza.



- En el pueblo empezaron a desaparecer niños y algunas mujeres. Los rumores de sacrificios humanos en lo alto del monte comenzaron a crecer, y un grupo de adolescentes se infiltró en el bosque en busca de respuestas. Esperaron la noche de luna llena. Y subieron. Diez de ellos. Tenían entre trece y diecisiete años. Lo que vieron marcó el destino del pueblo para siempre.

- ¿Qué vieron? – Pregunta Nyx aunque ya sabemos la respuesta.

- Solo supimos lo que nos contó el menor de ellos. El de trece. – Hizo un pausa y continuó – Habló de un niño pequeño sobre una mesa de piedra. De los alaridos de aquellos a los pies del brujo. Del brujo levantando el puñal de piedra. De las bocas llenas de sangre. De los gritos de horror de sus amigos. Del ritual interrumpido. De las corridas por el bosque oscuro. 

- ¿Y qué pasó? – Pregunto sin poder asimilar del todo las cosas que cuenta.

- La gente del pueblo subió y quemó el monte. Nunca más se supo nada y las desapariciones de los niños cesaron. Es una triste historia, pero es una historia real. – Con esa afirmación Milton se levanta y se va a la cocina.

Con Nyx nos miramos y coincidimos que es hora de ir a dormir. Saludamos y subimos. Pero a mitad de camino regreso por un poco de agua. Bajo y voy a la cocina. Milton ya no está y dejó la puerta abierta. Enciendo la luz y encuentro al gato negro haciendo de las suyas. Mordisquea un pedazo de carne cruda que alguien olvidó sobre la mesada. Lo invito a retirarse pero no obedece. Toca levantarlo y sacarlo para afuera. Primero un vaso de agua, luego apagar las luces y trabar la puerta para que no vuelva a entrar. Se lleva su presa chorreando sangre de la boca y solamente se ven sus ojos que brillan cuando apago luz y me voy a acostar.


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