COPACABANA

Copacabana

Un último zambullón a la pileta y a desayunar con Milton antes de irnos. Buscamos al gato para despedirnos y sacarnos unas fotos los cuatro, pero no lo encontramos. Su presencia caprichosa en este plano responde únicamente a sus necesidades frugales. Satisfechas, el gato transita sin humildad y con elegancia, el resto de dimensiones a su paso, traspasando los muros que los hombres construyen con sus palabras. Sin palabras, el mundo muere como realidad y nace de momento a momento como posibilidad. El gato lo sabe y en silencio deambula por las cornisas de los muros que los hombres han sabido construir. No está ni de un lado ni del otro, sin dudas y sin miedos, en equilibrio por la cornisa, sabiendo que si tropieza, caerá de pie. 

Milton nos desea suerte mientras cargamos las mochilas y nos vamos.

- Mmmm… - se escucha detrás nuestro y volteamos con una sonrisa para dar un último saludo a la distancia a nuestro amigo Milton, que nos ha hecho reír tanto desde que llegamos, siempre con buena energía y buen ánimo.

- Chau Milt… - alcanzo a pronunciar mientras giro lentamente la cabeza por la incomodidad de llevar dos mochilas bien pesadas.

Pero cuando doy la vuelta Milton ya no está. El que sí está y vuelve con hambre, luego de pasarse la noche deambulando por las oscuras calles de este, quizás, nuestro mundo; es el gato, que pasa sin mirar a los singulares humanos que lo saludan con alegría a la distancia, agitando sus brazos con esfuerzo. 

Y así también nos vamos, cargando el peso de nuestras casas en la espaldaa y en el pecho. Un poco de mamá y papá, un poco de nuestras abuelas. Un tanto más de los hermanos, y el resto nuestro, cositas que fuimos guardando de pequeños por si acaso nos servían. Y aunque muchas se oxidaron y otras se rompieron y rompieron la mochila, cuesta abandonarlas o tirarlas a la basura. 

Como la corbata que guardo en el botiquín de primeros auxilios. La que me dio mi abuela para curar el empacho. Esa misma que no uso ni en el estómago ni en el cogote porque cada navidad que paso a los tumbos, entre la glotonería y la ebriedad, me olvido de aprender las palabras justas indicadas para la sanación de los malestares estomacales. Y ahí sigue, enrolladita entre el pervinox y el ibuprofeno, sosteniendo en el centro de la espiral una caja de curitas. Una corbata en el botiquín, un pedacito de mi abuela.

De mi padre cargo con algunos libros y unos cuántos pensamientos. Si bien no son muchos, son de lectura continua, de consulta constante, y me niego a abandonarlos. De mi madre en cambio, me llevo los ojos y la belleza de las flores y de los pájaros. Antes de despedirnos, me dio su antigua cámara de fotos. Es un poco pesada pero funciona muy bien. Y con ella cargo en la mochila pequeña todo el tiempo, junto a los libros que me dio mi padre, cada vez que salgo a caminar. El peso muchas veces me obliga a detenerme. Y aprovecho para sacar fotos a las hojas secas en otoño o a las montañas. O tal vez leer recostado en un prado al lado de un río bajo la sombra de un árbol que inventaré en el camino.

Y entre tantas otras cosas que cargo en la mochila, y recuerdo ahora por el calor del sol que me parte la nuca mientras busco un trufi que me lleve a mi destino, traigo el espejo roto que me dio mi hermana. Me lo dio cuando éramos chicos porque dijo ya no lo necesitaba. Este espejo, dijo también, sabe reflejar la vida. Y aquí lo traigo aunque no lo uso demasiado. Cada vez que miro, mi silueta se deforma. La nariz curvada, los pómulos demasiado tensos, los ojos que se repiten. Las cosas también aparecen deformadas. El espejo muestra árboles cuyas raíces nacen de las copas, gallos de doce patas y unas cuántas crestas, casas destechadas al paso de las nubes que tanto en el cielo como en el reflejo dibujan a nuestro antojo y no al suyo figuras conocidas archivadas en la memoria.

Nunca nada se refleja igual en el espejo. El rostro partido que veo, a veces me da miedo. Otras me da gracia y hace que me ría. Otras me enfurece, cuando necesito verme y el espejo me deforma, me muestra roto. Y ahí lo vuelvo a guardar, hasta que me lo pida Nyx que se divierte siempre que lo usa. La última vez se encontró un lunar que no sabía que tenía y yo tampoco. Rio a carcajadas cuando lo usó para hacerse unas trencitas y le quedó una más arriba que la otra. Y dejó de llorar cuando se quedó viendo como las lágrimas que caían de sus ojos desaparecían a mitad del pómulo.

Con todo eso cargo pero por suerte ya no más. Ahora todo eso viaja en el techo del trufi rumbo a Copacabana.

Entre lo que veo y lo que pienso, el mundo. Verde o de ladrillo o azul oscuro como el lago Titicaca. Frenamos en Tiquina, toca cruzar en bote. De ahí a esperar a que algún bus se digne a llevarnos a Copacabana.

Esperamos y esperamos hasta que por fin nos subimos a un taxi que regateamos y nos lleva a nuestro destino. El atardecer se aproxima y toca buscar un lugar para acampar. Nuestro primer acampe. A estrenar la carpa que compramos en el Alto. 

Le consultamos a un pescador que nos recomienda acampemos del otro lado, donde está el sapo. No tenemos ni idea de que nos habla pero le hacemos caso. Trepamos a la loma y cruzamos. El camino rodeado de alambre de púas protege la base militar, no solo con vallado, sino con miles y miles de arañas que tejen sus trampas entre las púas y los postes. Las olas que impactan contra la costa nos traen el murmullo de millones de copas de cristal rompiéndose al unísono. Nos miramos extrañados y soltamos las mochilas para ver que carajos es lo que está pasando. El sonido nos lleva hasta el sapo. Una piedra enorme con forma de anfibio, dónde nos percatamos que la orilla, la arena, toda la costa del lago es de vidrio. Trozos de botellas de todos los colores alrededor del sapo y mas allá. Un lago de cristal hecho añicos. Son las ofrendas que la gente hace. Ofrendas para el sapo, que recibe sin que se lo pidan, las botellas de singani, de vodka, de cerveza, en su honor manchado por la imbecilidad del hombre, una vez más.

Armamos la carpa mientras observamos uno de los atardeceres más hermosos, con el sol escapándose allá en fondo del lago Titicaca. Fueguito, sopita de verduras y a dormir, que mañana nos espera un gran día, ya que nos embarcaremos y navegaremos por el lago más hermoso del mundo, rumbo a la Isla del Sol.

Comentarios

Entradas populares