ISLA DEL SOL - Parte 2
Extremo Norte
El sol incendia la carpa, toca despertar. Estamos realmente alto, muy cerca del astro rey que da por nombre a la isla, y se deja sentir. Pero no importa. Hoy llegaremos al final del recorrido, al extremo norte, cueste lo que cueste. Así que alistamos las cosas, desarmamos la carpa y arrancamos de caminar.
Nuestra decisión (equívoca una vez más) es continuar por el camino de abajo, a pesar de que nos habían dicho que el camino de arriba era más fácil.
- ¿Para que subir, si ya estamos a la mitad? – pregunta Nyx mientras desciende por una loma.
- Exacto, no tiene sentido. – Confirmo yo subiendo los hombros y las palmas de las manos hacia arriba, en un gesto de incredulidad confirmatoria de lo obvio.
Pero nos equivocamos otra vez. El camino de abajo sube y baja constantemente las depresiones de la isla cruzando cada uno de los pueblos. En cambio el de arriba, va derechito derechito sin desvío por la cima. Que le vamos a hacer, así somos. Rebeldes sin causa, boludos por decisión propia.
Si bien arrancamos a caminar a las nueve de la mañana, llegamos al extremo norte al atardecer. La poca gente que nos cruzamos, nos regala una sonrisa, y al preguntarles, nos recomiendan que acampemos en las ruinas, que de ahí nace un ojo de agua, que es agua milagrosa, capaz de curar las enfermedades y recomponer a los cansados.
- Vayan vayan, acampen que se va a hacer de noche. Vayan y tomen del agüita. Está en el centro de las ruinas. –
Nos dijo la última de las personas que cruzamos, después de vendernos un sanguche carísimo.
- Vayan vayan. – y cerró su kiosquito en el medio de la nada.
Y nos fuimos. Exhaustos, con el permiso y las recomendaciones de la señora, directo a buscar el agüita milagrosa, a plantar campamento entre las ruinas, después de un día larguísimo de subidas y bajadas, habiendo cargado además de todas nuestras cosas, el solaso en nuestras espaldas.
Llegamos. Finalmente llegamos. Nos despojamos de las mochilas y liberamos por fin nuestras espaldas rotas. Un señor se nos acerca. Alega ser guía y nos prohíbe, sin mediar palabra, acampar allí. Nos instiga a que volvamos por donde veníamos y acampemos a mitad de la isla, donde dormimos la noche anterior.
- No hay chance amigo. – respondo con mi mayor cara de orto.
- La gente del pueblo los va a venir a molestar si acampan acá. – sigue argumentando el guía mientras intercambia unas palabras en portugués con los turistas millonarios con los que vino.
- La gente del pueblo nos invitó a que acampemos acá. – Se mete Nyx con una expresión de odio y disgusto más expresiva que la mía.
- Tengo sus fotos. – Dice el guía y se va como llegó, charlando en portugués, y en yate.
Nosotros nos miramos con desconcierto y hacemos caso omiso a las amenazas. Unos minutos hasta que se nos vaya la mala onda que nos contagió el guía y a disfrutar, que la isla es nuestra.
La costa paradisíaca de arena blanca allá abajo. El sol que se escapa, o tal vez se va a dormir debajo nuestro, en esta isla que es suya. Y nosotros fieles contempladores del mundo, disfrutando de un día más de la dicha de estar vivos y ser los conquistadores de nuestro destino.
Las estrellas comienzan a asomarse y armamos la carpa entre la ruinas, refugiados del viento implacable.
Es hora de hacer uso de nuestro invento. Un calentador casero para cocinar, armado con dos medias latas de cerveza invertidas y agujereadas, y un litro de alcohol para recargar. Un invento de mierda, peligroso y que consume alcohol a lo pavote. Lo desecharemos mañana y tendremos que comprar uno como la gente. Pero para hoy está bien, cuidando de no incendiar todo, cocinamos sopita de verdura mientras contamos historias de terror.
¿Será la sugestión? No sé, pero se escuchan ruidos a nuestro alrededor. Como de seres (no podemos asegurar que sean personas) que merodean secretamente cerca nuestro. De pronto una cabeza de chivo que se asoma tras un muro. Gritamos por la sorpresa y reímos por los nervios. Pero la cabra no se espanta. Sigue observándonos sin pudor alguno. Solo su cabeza negra se asoma de costado tras el muro. De pronto se eleva, como si se hubiese parado sobre las patas traseras y nos mira desde arriba. No vemos su cuerpo pero si sus ojos horizontales al brillo de la linterna, su chiva negra, sus orejas que cuelgan inmóviles. Desesperados por el miedo volvemos a gritar y en un esfuerzo de valentía, me incorporo y la espanto. Por suerte se va. Voy detrás de las ruinas porque la curiosidad me puede pero ya se ha ido. No hay rastros de cabra alguna.
Movilizado por las historias, pregunto a Nyx, (cómo si ella fuera a tener la respuesta).
- ¿Habrá sido ese el diablo? – y un escalofrío me recorre la columna vertebral.
- El diablo se fue hace un rato, en yate y hablando en portugués. – Responde Nyx evitando ahondar en el tema.
Reímos y tomados de las manos, nos vamos a recorrer las ruinas. Un laberinto de piedra. Hay que agacharse por momentos, esquivar telarañas, doblar a la derecha, a la izquierda. La luz de la linterna alumbra poco y nos avisa justo a tiempo cuando agacharse, cuando viene el escalón, cuando retroceder y volver sobre nuestros pasos.
Después de unas cuantas vueltas salimos del recinto. Apagamos la luz y miramos hacia el cielo. La cantidad de estrellas es abrumadora. Testigos de nuestro paso por el mundo confirman con su titilar incesante lo que sentimos: La isla es nuestra.
Prendemos nuevamente la linterna satisfechos como reyes de sabernos dueños del mundo y sus misterios. Pero la altanería dura poco, se corta con la sorpresa de ver al chivo negro frente a nosotros, que nos mira con sus ojos llanos como horizontes de noche. No está solo. A su costado una oveja blanca, también inmóvil, que también nos mira. Nos recuerdan con su templanza, que la isla y la noche, antes de ser nuestra, es suya, y que nosotros somos solo huéspedes, turistas de paso, en ésta, su casa de piedra.
La oveja abre la boca emitiendo un balar grave que interpretamos como un saludo y saludamos.
- Hola ovejita hermosa. –
- Hola cabrita negra. –
La cabra no emite sonido alguno, solo nos mira. La oveja blanca vuelve a balar.
- Vinimos a acampar, solo por esta noche, mañana nos vamos. – Explico sonriendo.
- Meeeee. – responde nuestra nueva amiga.
- Gracias igualmente. – contesta Nyx
- Meeeee. – vuelve a decir.
Y la cabra negra que no nos para de mirar.
De pronto se escucha un ruido y un viejo con sombrero y un cayado se acerca hasta donde estamos. Pronuncia unas palabras en aymara dirigidas a los animales y la oveja blanca le responde, esta vez con un balido más largo. El hombre se agacha y le vuelve a hablar. La oveja bala de nuevo y ambos nos miran. El viejo sonríe y se incorpora.
- Hola. – digo y agrego – estamos aquí, conversando con sus amigas. Bah, con ella nomás – y señalo a la blanca – porque ella no quiere hablar. – y señalo a la negra que no nos ha quitado la vista en lo que va del encuentro.
- Ella es silencio, como la noche. Solo sabe observar. Testigo cuando el sol se oculta, vigila que nadie se atreva a profanar su hogar. – Hace una pausa y continúa.
- En cambio a ella le gusta conversar. Dice que solo por hoy se van a quedar y que mañana se irán. Está bien. Dice que le han caído bien. Que se pueden quedar –
Sospechamos que el viejo estuvo escondido todo este tiempo y nos oyó hablar y por eso sabe lo que dijimos hace unos momentos. Sonreímos y agradecemos.
- Meeeee. – dice la ovejita y se va.
El hombre golpea la piedra con el cayado y dice unas palabras en Aymara. Saluda con la cabeza y también se va.
La cabra no. Sigue observándonos sin pestañar.
Un fuerte viento se levanta y decidimos que es buena señal para ir a dormir. Nos despedimos del animal y nos vamos, un tanto perturbados por tan singular encuentro.
- ¿Qué onda? – dice Nyx mientras nos acercamos a la carpa.
- ¿Qué on-da? – repito mientras abro el cierre de la puerta.
- Muy raro todo. – agrega Nyx mientras se saca las zapatillas y entra a refugiarse del fuerte viento que se ha levantado.
- Muy. – confirmo y entro también.
Era de esperarse que algo extraño sucediera, pienso para mis adentros mientras me acomodo en la bolsa de dormir. Estamos en la Isla del Sol, el primer cachito de tierra que existió en el mundo, inclusive antes de que el mundo sea mundo.
Demasiado por hoy, es hora de dormir, y apago la linterna que colgamos del techito. Pero la noche no opina lo mismo. El viento sacude las paredes de la carpa y es difícil conciliar el sueño. Y justo cuando estoy a punto de quedarme dormido, oímos (porque Nyx también está despierta) un perro que llora.
- ¿Qué es eso? – pregunto cuando el quejido se acerca lo suficiente como para no poder disimular que no lo oímos.
- Un perro. – responde Nyx con la voz entrecortada.
- ¿Y por qué llora? –
La pregunta quedará sin respuesta. Porque no hay gruñido que confirme un ataque, ni asomaremos la cabeza para contestarla.
¿Por qué llora? Continúa resonando la pregunta aun después de que se haya ido. Mientras el viento sacude la carpa y nosotros damos vueltas y vueltas buscando el sueño que se ha ido y tardará en volver.
¿Por qué llora? Sigo preguntando hasta que por fin me quedo dormido.








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