COPACABANA - LA DESPEDIDA
La Despedida
De vuelta en Tierra, y con mayúscula porque la Isla del Sol fue una experiencia de otro mundo. Fue como haber detenido el tiempo y atravesado el espacio. Una delgada malla hecha de polvo cuántico, invisible a los ojos pero perceptible con el corazón. Donde el tiempo se congela, y en un pestañar, en un respiro, en un solo latido del pecho, se está de vuelta en Copacabana.
Quizás fue un sueño. Quizás fuimos allá mientras dormíamos. Quizás el azul profundo que navegamos fue el cielo que cruzamos volando con los ojos cerrados. Quizás, quizás, estuvimos tan solo una noche en el paraíso y para nosotros fueron tres días, y al despertar, todavía un poco dormidos, desarmamos la carpa, armamos nuestras mochilas, mientras recordábamos en silencio cada pedacito de sueño, cada rincón de la isla. Y ahora que caminamos atolondrados, todavía anestesiados por las sensaciones de aquel sueño divino a orillas del lago Titicaca, mientras buscamos un camping que nos reciba por una noche, recién estamos volviendo a la vigilia, recién despertamos.
Da igual, tres días despiertos, una noche dormidos, fue mágico. De vuelta aquí, con los pies en la tierra y sobretodo consientes de ello, caminando por la costa que tal vez nunca dejamos, buscando un camping que nos dicen queda allá al fondo, donde termina todo.
Llegamos y lo primero que vemos es a un muchacho meditando cruzado de piernas con ambos pies descansando en el muslo contrario y las manos en el aire, una palma hacia arriba y otra hacia abajo. Y otro muchacho también meditando pero en una postura más relajada, cruzado de piernas pero con los pies tocando el suelo, y sus manos enterradas en la tierra.
Los observamos un rato hasta que nos recibe una chica muy amable, Noe, la que nos muestra las instalaciones, nos cobra y nos convida un pancito que acaba de hacer.
Armamos la carpa. Cuando terminamos, encontramos a los chicos que antes meditaban. Se presentan, Chi, el de las palmas invertidas, aprendiz a mago de aire. Gusa, el de las manos enterradas, aprendiz a mago de tierra. Ambos son Argentinos, aunque con acentos distintos. Nos cuentan de Kiro, aprendiz a mago de fuego, que anda ensayando por ahí, y de la bruja roja, la que descubrió sus elementos esenciales y los instruye hace unos días en la práctica de la magia. Prometió legarles una hoja con escritura sagrada y varias runas de poder, que ambos esperan ansiosamente, pero primero deben instruirse en la práctica de la meditación.
Aceptamos todo lo que oímos como aceptamos todo en este viaje.
Nos cuentan que ayer entre los tres, junto a la mirada atenta de la testigo, Noe, hicieron levitar uno de los botes que descansan en la orilla del lago y lo movieron por el aire mas o menos un kilómetro, hasta dejarlo estacionado en las inmediaciones del lago.
Esta noche intentarán de vuelta, pero esta vez probaran transportarlo por el agua. Que según ellos es más difícil, porque el agua se les resiste a los tres, pero que lo intentarán.
Chi nos enseña un signo sagrado dibujado en el aire con las manos, que practicamos hasta quedarnos dormidos sobre la mesa de la cocina. No por el cansancio, sino porque aquel signo para eso sirve, para adormilar los sentidos, el cuerpo, por ultimo la conciencia.
Sueño con ellos tres que dibujan runas en el aire y comienzan a levitar hasta hundirse en el cielo oscuro y fulgurar en la oscuridad inmensa como tres estrellas que reconozco al instante. El cinturón de Orión, las Tres Marías.
Me levanto todo babeado y despierto a Nyx para ir a la carpa. Vamos mientras repaso el sueño. Otra vez el cinturón de Orión, otra vez las Tres Marías. Miro al cielo antes de entrar a la carpa pero las nubes tapan todo. Se viene la tormenta.
Por suerte ni nos enteramos. La carpa resultó buena. Nos levantamos, desarmamos y alistamos las mochis. Hoy nos despedimos de Bolivia. Hoy dejamos Copacabana, rumbo a Perú. Otra vez a cruzar la frontera, camino a lo desconocido.
Chi nos cuenta que les costó pero lo lograron. Trajeron el bote nuevamente hasta la orilla del camping. Ésta vez por agua. Que se tuvo que meter al lago hasta la cintura para así recibir la energía sagrada del Titicaca. Está contento, dice que si siguen así, pronto la bruja que los instruye les legará la hoja con los símbolos sagrados y los secretos de antaño. A Chi le brillan los ojos, está realmente muy feliz.
Nos despedimos con un abrazo y partimos. En la puerta está Gusa, con las manos en la tierra y los ojos cerrados. Nos vamos sin saludar, para no interrumpir su meditación. Pero, aun sin abrir los ojos, desentierra una de sus manos, y dibuja un símbolo en el aire. Lo imitamos y sentimos como la energía sube desde nuestros pies hasta nuestra coronilla. Gusa vuelve a enterrar su mano, y nosotros nos reverenciamos en señal de despedida y nos vamos, a tomar el trufi que nos lleve a la frontera.
Andamos en silencio todavía conmovidos por semejantes encuentros. ¿Faltará algo más? Seguramente sí. Este viaje está lleno de sorpresas.
Nos acercamos a la trufi y oímos la más bella melodía que suena proveniente de un instrumento que reconozco al instante, por haberlo escuchado tantas veces de las manos de Santaolalla. El ronroco. Llegamos a la trufi y nos damos cuenta que la música suena para nosotros, nos llama, nos espera. Es un músico viajero, deseoso que lleguemos para poder completar los dos asientos que faltan en la trufi para que pueda arrancar, llevarnos a nosotros y a él, finalmente a la frontera. Sus manos son una obra de arte, arañando y arrebatándole al instrumento los más bellos sonidos, armonía, melodía, ritmo. Gracias Bolivia por esta hermosa despedida. Si alguna vez la hubiera imaginado, nunca podría haber pensado en una tan linda como esta. Siempre la realidad supera las más grandes expectativas. Y aquí estamos, en la trufi que va llena y a toda marcha, al ritmo del ronroco, con la sonrisa inmensa en nuestras caras, y los ojos cerrados, en viaje por el aire, subidos a la melodía de colores, atravesando la galaxia, dejando atrás para siempre este hermoso planeta, en plena ráfaga de sinestesia mientras saboreamos cada nota, cada color en el viento. Nos despedimos para siempre de este bello mundo dentro del mundo, fuera del tiempo, fuera de todo, de sí y para sí. Nos vamos flotando por el aire mientras la melodía de las cuerdas del ronroco ruge su canto tan hermoso, y decimos chau Bolivia, pero de nuestras gargantas solo se oye un “gracias”.
Gracias Bolivia por tanta magia. Por tu tierra, tus montañas y tu gente. Gracias.
El ronroco calla, el trufi frena, el músico sonríe. Llegamos a la frontera.



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