ISLA DEL SOL - Parte 3

Pastor

El sol asoma y me levanto a hacer unos mates. Nyx todavía duerme. Voy por el agua que brota de la fuente, que no corre ni se agota, siempre está al mismo nivel. El agua sagrada de los pueblos originarios. Preparo el mate y voy a tomar los primeros a la mesa de los sacrificios, mientras espero a que Nyx despierte.

Me encuentro obnubilado, observando la playa de arena blanca, los pedazos de tierra que asoman de las aguas, el azul profundo del lago Titicaca, las montañas en el fondo. No me percato que alguien se ha acercado, se ha sentado cerca, admira conmigo el mundo, la belleza de la vida. 

- Meeee… - Oigo a mi costado y me sobresalto un poco por el corte repentino de la ensoñación en la que me encontraba.

A mi izquierda la oveja blanca. La cabra pasta por ahí sin prestarme, por suerte, su atención perturbadora.

- ¿Durmieron bien? – Escucho a mi derecha y vuelvo a sobresaltarme.

Es el pastor que se ha sentado junto a mí y mira hacia adelante.

- Hey, muy bien por suerte. – Respondo disimulando la sorpresa y agrego – nos costó un poco pero finalmente lo conseguimos.

El pastor me mira y me pregunta por lo que estoy tomando. Cebo un matesito y se lo doy. Chupa, lo termina y me lo devuelve.

- Y, ¿que tal? – 

- Meeeee… - Interrumpe nuestra amiga y me dan ganas de acariciarla como a un perrito, pero no lo hago.

- Muy rico. – Responde el pastor.

Y sigo cebando mientras la cabra pasta, el sol avanza en el cielo, Nyx sigue durmiendo.

- ¿Vivís acá? – Pregunto como para promover la conversación.

- Si, ahisito. – Y señala atrás nuestro.

- ¿Y que tal la vida por acá? –

- Meeee… -

- Tranquila. Se está bien. – No me mira. Toma el mate que le ofrezco con los ojos fijos en el Titicaca.

Yo tampoco. Sigo cebando con la mirada azul de tanto lago.

- ¿Y la muchacha? – Pregunta por preguntar algo. 

- Sigue durmiendo. – Respondo y veo como los palitos de la yerba comienzan a flotar cuando le echo agua.

- ¿Y vos? ¿Sos solo? – 

- Meeeeeee… - Habla la oveja a mi costado como reclamándome su presencia.

- Jajaja, no. Vivo con ella, – Señala con la cabeza a la izquierda, donde la oveja blanca – y ella. – Y apunta con los ojos a la cabra que pasta más allá.

- ¿Solo ustedes? –

- Sí, solo nosotros. Siempre hemos sido solo nosotros. Mi ovejita blanca que habla y habla. Y la cabra negra, que nunca, pero que siempre está ahí.

- Tengo que admitir que aquella es un poco perturbadora. Ésta me cae bien. – Y la acaricio cediendo al impulso. –

De pronto la cabra deja de pastar y me mira, como si hubiera comprendido lo que dije y comienza a acercarse.

- Sin duda, yo me quedaría solo con ella… - Agrego y la sensación de un escalofrío asoma aunque no llego a temblar.

- Meeeee… - Exclama la ovejita y vuelvo a acariciarla.

- La otra me incomoda. – Digo y observo como la cabra negra se acerca sin dejar de mirarme, sin interrumpir su silencio absoluto.

- A mi también. – Dice el pastor y agrega – Yo no las elegí, ellas vinieron a mí. Yo antes sembraba, desde que ellas llegaron soy pastor. A la negra, al principio, quise echarla, alejarla, quedarme solo con la blanca. Pero no se iba. Se alejaba y pastaba más allá, y yo tranquilo conversando con la otra. Y cuando menos lo esperaba la tenía al lado mío, en silencio, mirándome en silencio.

Volteo y allí está, tal cual la describe el pastor. Su presencia me incomoda. Prefiero no mirarla, volver los ojos a la conversación.

- ¿Y decidiste adoptarla? –

- Ellas me adoptaron a mí. Yo solo las acepté. A la blanca fue más fácil. Conversa, me acompaña. A la otra me costó, pero la acepté también. 

- Te felicito. Yo no hubiera podido con la otra.

- Sí hubieras. Más tarde que temprano lo hubieras comprendido. Vinieron juntas. La blanca y la negra. Y aunque la blanca me cae mejor, la negra siempre está ahí. A veces parece que se ha ido, que se fue. Pero siempre está ahí, en silencio. Pastando a lo lejos entre las sombras o mirándome bien cerquita. Mientras la otra se está echada o conversándome.

- Meeeee… - 

- Siempre las dos. Y eso que intenté espantarla de todas las maneras posibles. Hasta le pegué. La maldije. Quise matarla. – Toma una bocanada de aire, da un extenso suspiro y continúa. – No pude. –

- ¿Qué pasó? – Pregunto al ver que no sigue.

- La até a un árbol, lejos, y ahí la dejé. Y me volví para mi rancho. Pero la otra me volvió loco. No paraba de balar. Día y noche escuché su balido insoportable. Hasta cuando logré dormirme soñé con ella que me hablaba. Me pedía que fuera a liberarla, que vaya a desatarla. Desperté al alba, cuando empieza a clarear. Fui hasta el árbol y corté la soga. La cabra no dijo nada. Se quedó allí a pesar de todo. Volvió cuando quiso y no paró de observarme durante tres días. Vine hasta aquí a consultar a los antiguos y comprendí al despuntar el cuarto día, que ambas me acompañarían el resto de mi vida. Entendí que andan juntas., y que debía aceptarlas. Aceptar, aunque no me gustara su presencia. Aceptar tanto a una, la más mansa y compañera, como a la otra, inquietante y perturbadora. Aceptar. – 

- Aceptar. – Repito y me quedo pensando en esa historia, mientras miro a los ojos extraños de la cabra silenciosa. Estiro la mano para acariciarla, pero se aleja lo suficiente como para lograr que no la alcance. Me estiro un poco más seguro de llegar, pero de vuelta, no lo logro. – Aceptar, que difícil.

- Voy a cambiarle la yerba, ahí vengo – Me paro y voy hasta la carpa.

- Meeeee… - se escucha a mis espaldas.

Nyx está despierta. Se despereza fuera de la carpa todavía con los ojos hinchados,

- Hola amor, estamos por allá tomando mate, en la mesa de los sacrificios. – 

- ¿Con quién? – Pregunta y toma un trago de agua.

- Con el pastor, y su cabrita perturbadora. - 

- ¿El chivo negro? ¿El diablo? – 

- Sí, intentando aceptarlo. – digo y sonrío ante la cara de incredulidad de Nyx. Cambio la yerba y me voy mientras ella se termina de despertar. – Vení, allá te espero.

Y me vuelvo hacia la mesa. Para mi sorpresa el pastor ya no está, la ovejita blanca tampoco. Solo se ve a la cabra que pasta por allí más arriba. Vuelvo un tanto desilusionado por las ganas de seguir charlando. Pero al mismo tiempo conmovido por tan peculiar conversación.

- ¿No íbamos para allá? – Pregunta Nyx desconcertada.

- El pastor se fue. Desarmemos la carpa y vamos.

Nyx me mira con una expresión mezcla de confusión y molestia, pero no dice nada. Acepta sin cuestionar mis instrucciones contradictorias. Acepta sin más. Ella no necesita de argumentos y explicaciones. Acepta y ya. Cuánto debo aprender de mi compañera.

Desarmamos la carpa y seguimos con los mates, entregados a la contemplación del lago, allí, sobre la mesa de los sacrificios, a la luz del astro rey que tiñe de dorado las paredes de ésta, su antigua casa.

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