ISLA DEL SOL - Parte 4
Templo
Esta vuelta no habrá errores. Ya estamos arriba de todo, en lo más alto; retornaremos por aquí. De vuelta al sur, por el lomo de la isla. Pasamos por la pisada del sol, la huella de un gigante, que dicen fue dorado como el oro. Más registros de un misterio, cómo si a este lugar le hiciera falta alguno más. El oro abunda en este isla, lo vemos a cada paso que damos. El suelo brilla por su esplendor. Pepitas, arena dorada, algunas cuantas rocas que enceguecen con su resplandor de sol. Y aunque la codicia nos tienta no tomamos nada que no nos pertenezca. Este lugar es sagrado. Toca respetarlo. No somos españoles de conquista, somos tan solo visitantes, huéspedes respetuosos de este milagro antiguo. Nyx levanta una piedrita de oro, la mira, me mira, y vuelve a mirarla. La piedra brilla en su mano abierta. No me toca a mi regañarla, ni indicarle que es lo que debe o no debe hacer. Somos seres humanos independientes, autónomos. Cada uno sabe.
Nyx no puede parar de observarla, y yo a ella, atento a su decisión. Finalmente toma impulso y la revolea al lago distante. El Titicaca la recibe allá lejos con un sonido acuoso que no oímos pero suponemos. Luego me mira, hace una mueca de tristeza y sin decir nada, comienza a andar. La sigo, contemplando sus hermosas piernas que caminan por la espina dorsal de la Isla del Sol.
Lo que antes nos costó dos días, hoy lo hacemos en tres horas. Ya estamos en el extremo sur, cansados pero victoriosos. Hoy se descansará, mañana tocará volver. Así que armamos la carpa, recolectamos leña y nos vamos un poco más allá, alejados de todo y de todos, a contemplar el último atardecer, desde éste, su bellísimo hogar.
El fuego nos invita a contar historias, mientras combatimos el frío de la noche en su cercanía. El agua corre cerca por los canales y las fuentes que los antiguos nos legaron, regando la isla de agua sagrada para sus cultivos, para la vida. La oímos andar incesante camino al lago, brotando desde lo profundo de la isla hacia sus cumbres, cómo si la gravedad allí no funcionara, y encauzándose por los caminos que los primeros servidores hicieron para su traslado, perfectamente calculados, logrando que la cantidad de agua que vierten tres fuentes distintas sea exactamente la misma. Matemáticas de los hombres y mujeres del sol. Secretos que hasta el día de hoy nadie ha podido develar.
Nuestra tercera noche durmiendo aquí, que tipos afortunados.
Al siguiente día nos levantamos temprano, a recibir y a bendecir al sol que sale por la parte de atrás a iluminarnos una vez más. Desarmamos todo y lo dejamos al cuidado de la dueña de un hostel. Y nos vamos al Templo del Sol, que queda ahisito nomás.
Nadie anda por ese camino más que los lugareños. Las hordas de turistas llegan en lanchas, a sacarse unas selfies y ya. No hay tiempo más que para validar la vida a través de las redes sociales. En el camino nos cruzamos con un niño de unos tres años y su hermanita de nueve, y nos dicen que están perdidos. Su madre los ha mandado que vayan solitos para lo de su tía que vive en la isla, pero ellos no recuerdan el camino. A pesar de todo están calmados y me sorprendo recordando como si a la edad del niño, o inclusive a la de la niña, que es la mayor, me hubiera pasado lo mismo, estaría llorando desconsolado hecho un bollito en el suelo. Pero ellos no, van tranquilitos, a pesar que no tienen la menor idea en donde está su mamá. Los acompañamos y les conversamos para que sigan así, sosegados, aunque nos notamos un poco intranquilos, mucho más que ellos, que conversan animadamente. Sin saber muy bien que hacer los invitamos a que vengan con nosotros, a ver si en el camino cruzamos a su familia. Y efectivamente, por suerte para todos, allá vienen, cargados con bolsas pesadísimas llenas de víveres que traen desde el continente. Los regañan, nos agradecen con una seña y siguen su camino. Nosotros también, ya estamos cerquita.
Al llegar al templo vemos unos cuántos albañiles rompiendo a mazazos una de las paredes y reconstruyéndola con pedazos de roca que moldean a su antojo, mientras las acomodan con cemento, siguiendo el diseño que a su parecer era el original. Nos horrorizamos ante semejante sacrilegio, pero pronto nos sosegamos al recordar en el país en el que estamos. Bolivia, un pedacito de mundo dentro del mundo pero con reglas muy distintas a todos lo demás. Bolivia, un planeta aparte.
Así que rodeamos y entramos a la parte del templo que todavía no han destruido. O quizás sí, y ya lo han reconstruido eligiendo el diseño que mas les ha apetecido. Aun así, lo disfrutamos igual. Cómo si estuviéramos en días de Manco Capac y Mamá Ocllo. Cómo si fuésemos hijos de barro de Huiracocha, a los cuáles soplaron con el aire de la vida y despertaron allí, a sus pies de oro en su casa de piedra. El sueño es hermoso y dura poco. Pronto llegan los turistas mirando el templo a través de sus pantallas negras. Hablando a los gritos y chocándose atolondrados, sin saber que golpearon a otro ser humano, sin mirar más allá de sus pequeños mundos negros rectangulares y de bolsillo. Nos despedimos del templo y de sus albañiles y volvemos al puerto.
Allí una lancha nos espera. Nos subimos y saludamos, nostálgicos y apesadumbrados, sabedores de haber pasado tres días y tres noches, durante el equinoccio de primavera, en uno de los sitios más sagrados de la Tierra. En el primer pedacito de mundo. Con la dicha de haber pisado suelo bendito, bebido agüita milagrosa, al calor del sol que nos alumbró los pasos, de cara al viento que limpió nuestro espíritu.
Cruzamos el lago azul profundo de vuelta al continente, a nuestra América querida, sabiendo que no somos los mismos que se fueron hace tres días. Con la carne tostada, la espalda cansada, los pies con yagas. Pero con la mente despierta, el alma más pura, la mirada en el horizonte.
Gracias Titicaca por tan bellos milagros.

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